El experimento de Stanley Milgram, realizado por primera vez en la década de 1960, sigue siendo uno de los estudios más famosos y a la vez controvertidos en el campo de la psicología social. Su objetivo principal fue comprender hasta qué punto una persona común está dispuesta a obedecer las órdenes de una figura de autoridad, incluso cuando esas órdenes contradicen directamente sus convicciones morales. Los resultados conmocionaron a la comunidad científica y llevaron a muchos a replantearse lo fácil que es sucumbir a la influencia de la autoridad.
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En este artículo analizaremos los orígenes del experimento, su contenido y metodología, detallaremos las conclusiones principales y discutiremos por qué los resultados de Milgram siguen siendo relevantes más de medio siglo después. También abordaremos las críticas más importantes al trabajo de Milgram, la aplicabilidad de su experimento en la vida moderna y, sobre todo, intentaremos entender qué nos dice esta historia sobre nuestra disposición a obedecer órdenes incluso cuando la voz interior dice “¡Alto!”.
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<h2>Antecedentes y motivación del estudio</h2>
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Un breve recorrido histórico permite entender que la motivación para realizar este estudio estuvo en parte condicionada por los acontecimientos recientes de la Segunda Guerra Mundial. Al descubrirse la magnitud y el carácter monstruoso de los crímenes del régimen nazi, muchas personas se preguntaron por qué tantos individuos participaron en esas acciones. Con frecuencia la respuesta recurrente de ejecutores de represiones y de trabajadores de campos de concentración era: “Solo cumplía órdenes”.
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Esa contradicción —entre la moral humana y la obediencia ciega— fue el punto de partida para Stanley Milgram. Quiso comprender el mecanismo psicológico que lleva a las personas a someterse a la autoridad incluso cuando ello implica el sufrimiento y el dolor de otros. Nació así la idea de un experimento que se volvió célebre y objeto de debate en todo el mundo.
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Milgram suponía que muchas personas estarían dispuestas a realizar actos duros e incluso crueles si estos formaban parte de sus “deberes” y si detrás había una figura de autoridad consolidada —un científico, un policía, un superior en el trabajo. En resumen, si la persona cree que la responsabilidad por las consecuencias recae en alguien “superior”, es más probable que deje de lado sus principios morales.
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<h2>Esencia del experimento: del “maestro” al “alumno”</h2>
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La idea principal del experimento era bastante simple pero brillantemente diseñada. Milgram invitaba a voluntarios a participar en un estudio sobre “memoria y aprendizaje”. A los participantes se les decía que desempeñarían el papel de “maestro”, mientras que otra persona (en realidad un actor, aunque esto no se le revelaba al voluntario) sería el “alumno”.
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Se pedía a los “maestros” que formularan preguntas al “alumno” y que, si éste respondía mal, lo castigaran con una descarga eléctrica (en realidad no se aplicaban descargas, pero el “alumno” fingía sentir dolor y malestar). Al participante se le mostraba un aparato con botones que indicaban la intensidad de la “corriente”, desde niveles leves hasta un voltaje supuestamente mortal. Con cada respuesta incorrecta, el “alumno” recibía un “choque” más intenso (según el guion del experimento).
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El elemento clave era la presencia junto al voluntario de una persona presentada como investigador o asistente. Esa figura actuaba como autoridad y exigía continuar con el experimento a pesar de las evidentes señales de sufrimiento del “alumno” en la habitación contigua. De este modo se evaluaban los límites de la obediencia: hasta dónde llegará el voluntario cuando se le ordena causar dolor a otra persona.
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<h3>Esquema típico del experimento</h3>
- <strong>Instrucción:</strong> al voluntario se le comunica que participa en un estudio sobre aprendizaje y memoria.
- <strong>Distribución de roles:</strong> “maestro” (el sujeto real), “alumno” (actor, miembro del experimento).
- <strong>Uso de la “silla eléctrica”:</strong> el “alumno” supuestamente se sujeta con correas y se conecta a electrodos, simulando futuros dolores.
- <strong>Descargas crecientes:</strong> tras cada error del “alumno” aumenta la intensidad de la supuesta corriente y el “alumno” intensifica sus gritos y quejas.
- <strong>Presión de la autoridad:</strong> el asistente o “investigador” exige continuar citando la importancia de los datos científicos.
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La esencia es simple: el “maestro” formula preguntas — el “alumno” comete errores a propósito (así está planeado) — se pide al “maestro” aplicar “descargas” cada vez más fuertes.
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<h2>Resultados que conmocionaron al mundo</h2>
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Cuando la gente oye hablar por primera vez de este experimento, suele afirmar con seguridad: “Yo nunca llegaría a girar la perilla hasta límites peligrosos”. Pero los resultados fueron mucho más impactantes: la mayoría de los participantes llegó al nivel más alto de la escala, pese a los gritos del “alumno”.
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De manera más concreta, alrededor de dos tercios (aproximadamente el 65%) de los sujetos pulsaron el botón que representaba la “descarga” máxima —ese nivel considerado “peligrosamente mortal”. En otras palabras, el 65% llegó hasta el final, aunque ello supusiera, según su creencia, infligir un dolor insoportable a otra persona.
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Este hallazgo fue una señal de alarma. Si un psicólogo competente, con autoridad suficiente, puede inducir a gente normal, sana y con valores morales a cometer actos semejantes, cabe imaginar cómo opera este mecanismo en la vida real, donde la “autoridad” puede ser el Estado, las fuerzas armadas, una corporación o un líder carismático.
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<h3>Las cifras hablan por sí mismas</h3>
- <strong>65%:</strong> de los participantes llegaron a la “tortura” eléctrica más alta.
- <strong>100%:</strong> todos alcanzaron al menos valores “medios” en la escala.
- <strong>Influencia del entorno:</strong> al realizarse el experimento en la Universidad de Yale, los participantes confiaban aún más en la situación.
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La eficacia de la “manipulación de la autoridad” resultó mucho mayor de lo que Milgram esperaba. Él suponía que el porcentaje que llegaría a la “marca fatal” sería insignificante. Sin embargo la realidad lo sorprendió.
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<h2>La naturaleza de la obediencia: mirada del psicólogo y del ciudadano común</h2>
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Al investigar por qué ocurre esto, surgen varias explicaciones que se entrelazan en lo científico y en lo cotidiano.
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Por un lado, la persona sometida a la presión de la autoridad experimenta un estrés enorme y trata de “trasladar” la responsabilidad al que ordena. Por otro lado, la cultura, la sociedad y la educación nos enseñan desde niños a obedecer a los mayores, superiores, maestros y demás “mandos”. El respeto a la autoridad se considera una virtud, mientras que la “desobediencia no autorizada” se percibe como una transgresión.
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Así, frente a un conflicto entre la propia moral y la indicación de una “figura autoritaria”, la persona puede encontrar una justificación interna: “Me lo mandaron, así que debo hacerlo. No puedo negarme, es parte del experimento (o del trabajo, o del servicio)”. Y si detrás de la acción hay una institución prestigiosa —una universidad, el ejército o una gran empresa— las dudas internas se acallan con la idea de que “ellos saben lo que hacen”.
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<h3>Mecanismos psicológicos importantes</h3>
- <strong>Transferencia de responsabilidad:</strong> “Solo ejecuto, alguien más tomó la decisión”.
- <strong>Dinámica de grupo:</strong> muchos sienten la presión de “hacer lo que hacen los demás” para no destacarse.
- <strong>Miedo al castigo:</strong> temor a ser juzgado o sancionado por disentir con el líder o la institución.
- <strong>Norma social de obediencia:</strong> en la mayoría de las sociedades la obediencia a la autoridad es un patrón habitual de conducta.
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Vemos que la obediencia no siempre provoca un conflicto interno. Frecuentemente la mente racionaliza las acciones y la persona actúa de forma automática.
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<h2>Réplicas del experimento: comprobación con el tiempo</h2>
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Años después del experimento original, investigadores de distintos países intentaron reproducirlo con condiciones ligeramente distintas. Algunos hicieron versiones en formato en línea (irónicamente, hubo intentos de recrear una versión virtual), otros variaron la edad, el género y el estatus de los participantes, o cambiaron el entorno —en lugar de una universidad, un despacho de oficina, por ejemplo.
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En general, los resultados convergieron en la idea de que la gente sigue dispuesta a obedecer a una figura de autoridad si esta asume la responsabilidad por las consecuencias. Los porcentajes variaron —a veces algo menores, a veces mayores— pero la conclusión fue la misma: la psique humana reacciona fuertemente a la presión de quien está “por encima” y la mayoría prefiere seguir instrucciones antes que resistir.
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Es interesante que, si había un “colega” que protestaba y se negaba a continuar, los participantes con más frecuencia dejaban de participar en la “tortura”. Esto evidencia la importancia del apoyo social y de una opinión alternativa. Cuando no se está solo frente a la autoridad, es más fácil decir “no”.
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<h2>Críticas al experimento: ética y validez</h2>
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No faltaron preguntas serias sobre los aspectos científicos y éticos del experimento. En primer lugar, el hecho de someter a los sujetos a una situación tan estresante provocó indignación entre muchos colegas de Milgram. Se inducía a las personas a creer que estaban causando dolor a otro, lo que podía llevarles a considerarse “crueles”. Esto pudo tener consecuencias para su salud mental. Tras la publicación de los resultados, muchos participantes reconocieron que les resultó muy difícil aceptar lo fácilmente que podían llegar “demasiado lejos”.
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En segundo lugar, algunos científicos dudaron de que los voluntarios realmente creyeran en la autenticidad de las “descargas”. Señalaron que varios participantes podrían haber sospechado el montaje y simplemente seguir el juego. Existe también la versión de que, en un contexto experimental, las personas tienden a considerar a la “ciencia” como algo más importante que el sentido común, por lo que actúan de manera distinta a la que tendrían en la vida cotidiana.
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No obstante, a pesar de las controversias, el fenómeno que identificó Milgram se confirmó en numerosos estudios posteriores. Quedan sin duda preguntas sobre detalles, metodología y normas éticas, pero la lección principal —que las personas tienden a obedecer a la autoridad incluso cuando esto trasciende la moral— no se discute.
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<h3>Puntos principales de la crítica</h3>
- <strong>Lado ético:</strong> engañar a los sujetos y exponerlos a una situación potencialmente traumática.
- <strong>Credibilidad del escenario:</strong> dudas sobre si los participantes creían realmente en la realidad de los castigos.
- <strong>Generalización de los resultados:</strong> los críticos sostienen que no se puede extrapolar plenamente a todas las culturas y contextos sociales.
<h2>Lecciones para la sociedad actual</h2>
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Hoy, con jerarquías más “planas” en muchas organizaciones y conceptos de liderazgo cada vez más ligados a la colaboración y al trabajo en equipo, podría parecer que el problema de la obediencia ciega pierde fuerza. Pero la práctica muestra que en todos los ámbitos siguen apareciendo figuras de autoridad: jefes en el trabajo, políticos, líderes religiosos, médicos, profesores, celebridades o influencers con audiencias masivas. ¿Estamos preparados para cuestionar críticamente sus recomendaciones? ¿O simplemente seguiremos al “guía” por miedo a desviarnos?
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El experimento de Milgram nos enseña una habilidad esencial: cuestionar órdenes que parecen equivocadas y asumir la responsabilidad de nuestras decisiones. Nos recuerda que la frase “solo seguía instrucciones” no exime de obligaciones morales. Hoy, en un entorno saturado de información y opiniones, es crucial distinguir entre autoridad que merece confianza y autoridad que manipula emociones y valores.
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Las redes sociales, las plataformas informativas y los medios influyen también en el comportamiento. A veces la autoridad proviene no de la pericia, sino de un nombre famoso, del número de seguidores o de una reputación impuesta. En ese contexto, conocer el fenómeno descrito por Milgram es especialmente útil: ante una publicidad dudosa o llamados a la agresión en internet, podemos convertirnos en ejecutores de la voluntad ajena si no aprendemos a hacer preguntas y a decir “no” cuando algo contraviene nuestras convicciones.
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<h2>Cómo resistir la obediencia ciega</h2>
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A muchos nos cuesta creer que “yo nunca haría algo así”, pero la evidencia muestra lo contrario. Por ello conviene practicar de antemano el pensamiento crítico y la resistencia consciente frente a presiones excesivas.
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<h3>Consejos prácticos</h3>
- <strong>Haz preguntas:</strong> si una orden o petición parece dudosa, pide aclaraciones y procura conocer la motivación.
- <strong>Selecciona las fuentes de autoridad:</strong> no todos los “títulos” merecen la misma confianza. Investiga la reputación de quien da instrucciones.
- <strong>Busca aliados:</strong> cuando no estás solo, resulta más fácil oponerse a una decisión equivocada.
- <strong>Valora las consecuencias:</strong> si tu acción puede causar daño, pregúntate si estás dispuesto a asumir la responsabilidad.
- <strong>Entrena decir “no”:</strong> al principio puede resultar incómodo, pero con la práctica se convierte en un hábito.
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Conviene recordar que la obediencia a la autoridad no es siempre negativa. En sociedad debemos confiar en maestros, médicos o ingenieros para que las instituciones funcionen. Pero comprender los límites y evaluar críticamente las órdenes es la clave para no convertirnos en un “mecanismo” desprovisto de orientación moral.
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<h2>Relación con otros experimentos e investigaciones</h2>
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El experimento de Milgram se relaciona estrechamente con otros trabajos clásicos de la psicología social. Por ejemplo, el experimento de Philip Zimbardo, conocido como el “experimento de la prisión de Stanford”, también muestra cómo rápidamente una persona puede cambiar su conducta bajo la influencia de un rol impuesto y del entorno social. Juntos, estos estudios demuestran la enorme fuerza de los factores situacionales, que pueden derivar en consecuencias terribles bajo ciertas condiciones.
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El tema de la obediencia y la conformidad también fue explorado por Solomon Asch, quien estudió cómo las personas se ajustan a una opinión grupal evidente y errónea. Todas estas investigaciones indican que a veces nuestro comportamiento está guiado no por un “yo” racional, sino por mecanismos sociales y psicológicos arraigados en el subconsciente.
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<h3>Materiales adicionales</h3>
- Sitio oficial de la Universidad de Yale: ];[/url]
- Descripción del experimento en Verywell Mind:
- Información sobre Philip Zimbardo: ];[/url]
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Esos enlaces están en inglés, pero se pueden encontrar materiales similares en español, por ejemplo traducciones de artículos o descripciones detalladas en sitios de comunidades de psicología y bibliotecas académicas.
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<h2>Conclusión: qué significa hoy el experimento de Milgram para nosotros</h2>
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El experimento de Milgram no es solo un momento histórico de la psicología científica. Es un recordatorio vivo de lo frágiles que pueden ser a veces nuestros principios morales y de lo fácil que pueden ceder ante la presión de las circunstancias y de la autoridad. En una realidad moderna donde la autoridad puede formarse en cuestión de publicaciones virales, es clave no olvidar las lecciones que ofrece el trabajo de Milgram.
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Al final, cada persona es responsable de sus actos. Ni un título, ni un cargo, ni un letrero en la puerta pueden justificar acciones contrarias a los valores humanos. Si queremos vivir en una sociedad donde la justicia y la moral no sean palabras vacías, debemos fomentar el escepticismo sano, el respeto a los límites personales y la disposición a plantear preguntas incómodas.
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Los resultados del experimento muestran que no siempre somos tan inquebrantables como creemos. Pero, conociendo nuestras debilidades, podemos aprender a resistirlas. Esa es la mayor aportación de Milgram: ofrece una clave para comprender nuestra naturaleza y para construir una sociedad en la que la verdadera autoridad no sea el miedo ni la coacción, sino la confianza respaldada por la transparencia y la buena voluntad.
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