Imaginen un cargo que existe desde hace casi dos mil años. Un cargo cuyas personas han sido testigos de la caída del Imperio Romano, del auge y declive de la Edad Media, del Renacimiento, de la revolución industrial y de dos guerras mundiales. Increíble, ¿verdad? Así es la institución del papado: quizá la más antigua institución de autoridad continua en el mundo. Mientras unos gobernantes iban y venían, las coronas se heredaban o eran tomadas por golpes de Estado, la tiara papal seguía coronando las cabezas de los líderes espirituales de la Iglesia católica, cuyo influjo en ocasiones superó el poder de los emperadores.
¿Qué puede resultar más sorprendente que estudiar una institución que ha tenido a más de 260 líderes sucesivos y que influye en la vida de más de mil millones de personas en todo el mundo? Quizá solo el hecho de cómo esta antigua institución continúa adaptándose al mundo moderno, manteniendo sus tradiciones centenarias. Acompañemos este fascinante viaje por la historia del papado, entendamos el papel del Papa en la Iglesia contemporánea y descifremos los símbolos de su autoridad.
Del pescador al jefe de Estado: evolución histórica del papado
La tradición católica considera al apóstol Pedro, un pescador de Galilea, como el primer Papa de Roma; según el Evangelio de Mateo, Jesús le dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». De Pedro (Petros en griego significa «piedra») se traza la línea ininterrumpida de sucesión de los pontífices romanos. Aunque, seamos sinceros, las pruebas históricas sobre los primeros Papas son bastante nebulosas, lo cual no sorprende dado que el cristianismo en esos tiempos era una religión perseguida. Curiosamente, algunos de los primeros Papas terminaron su vida como mártires —no el comienzo más atractivo para una carrera, ¿no?
Todo cambió en el año 313, cuando el emperador Constantino promulgó el famoso Edicto de Milán, legalizando el cristianismo. De pronto, los obispos de Roma pasaron de ser líderes perseguidos de una religión clandestina a autoridades espirituales respetadas. Y cuando a finales del siglo IV el cristianismo se convirtió en la religión oficial del imperio, los Papas empezaron a adquirir peso político. Imaginen el rápido cambio: de reuniones secretas en las catacumbas a tronos dorados y audiencias imperiales en apenas un par de generaciones.
Tras la caída del Imperio Romano de Occidente en 476 se abrió quizá el periodo más interesante en la historia del papado. Ante la ausencia de una autoridad secular fuerte, los Papas llenaron gradualmente el vacío, asumiendo no solo el liderazgo espiritual sino también el político. En el siglo VIII surgió el Estado Pontificio: territorios en la Italia central gobernados directamente por el Papa. Imaginen que su párroco local se convirtiera de repente también en alcalde de la ciudad: algo parecido, pero a escala estatal.
El apogeo del poder político papal llegó en la Edad Media. En el año 800 el Papa León III coronó a Carlomagno como emperador, creando un precedente: el Papa tenía ahora el derecho de determinar quién merecía la corona imperial. En el siglo XI, el Papa Gregorio VII llegó a obligar al emperador Enrique IV a quedarse descalzo en la nieve durante tres días antes de aceptar levantar su excomunión. Imaginen la escena: un emperador poderoso, señor de vastos territorios, temblando de frío ante los portones de un castillo en espera del perdón de alguien cuyo «reino no es de este mundo».
El Renacimiento trajo el periodo de las llamadas «dinastías papales»: familias italianas influyentes como los Borgia y los Medici convirtieron al papado en otro recurso más en la lucha por el poder. Si creían que la política moderna es turbia, las intrigas medievales en torno al trono papal harían sonrojar hasta a los estrategas políticos más cínicos de hoy. El Papa Alejandro VI, de la familia Borgia, por ejemplo, fue célebre no tanto por su piedad como por su nepotismo sin disimulo y su escandalosa vida personal.
El papado moderno comenzó después de la Primera Guerra Mundial, cuando los Pactos de Letrán de 1929 crearon el Estado de la Ciudad del Vaticano: un enclave soberano diminuto en el centro de Roma. Curioso que el estado reconocido más pequeño del mundo (con apenas 44 hectáreas) tenga, quizá, la mayor autoridad moral. Y aunque el poder político del Papa se redujo a algo más simbólico, su influencia espiritual solo creció.
Más que un trabajo: el papel del Papa en la Iglesia católica
Si piensan que ser Papa consiste solo en vestir atuendos llamativos y bendecir a los fieles desde un balcón, están muy equivocados. El cargo de Papa de Roma es quizá uno de los más complejos y responsables del mundo. En primer lugar, el Papa es el Sumo Pontífice, cabeza de la Iglesia católica y sucesor del apóstol Pedro. Según la doctrina católica, posee «plenitud, suprema y universal autoridad» sobre la Iglesia. Imaginen al director general de una corporación transnacional con 1.300 millones de «accionistas» en todo el mundo, y tendrán una idea aproximada de la magnitud de la responsabilidad.
El liderazgo espiritual es la base de la misión papal. El Papa es considerado el representante de Cristo en la tierra, lo que le confiere una enorme autoridad moral no solo entre los católicos sino en el mundo entero. Formula la enseñanza de la Iglesia, interpreta los textos sagrados y define la dirección del catolicismo. Y no es solo un teórico: interactúa activamente con los fieles mediante homilías, cartas apostólicas y encíclicas (cartas oficiales sobre asuntos religiosos, morales o sociales importantes).
Las funciones administrativas del Papa también impresionan. Dirige una vasta burocracia —la Curia Romana— que le ayuda a gobernar la Iglesia. El Papa nombra cardenales y obispos, crea nuevas diócesis, aprueba la fundación de órdenes religiosas y mucho más. En esencia, es a la vez director ejecutivo y presidente del consejo de una organización mundial con una estructura extremadamente compleja.
La autoridad dogmática del Papa ocupa un lugar especial. Según la doctrina de la infalibilidad papal, adoptada en el Primer Concilio Vaticano en 1870, cuando el Papa habla ex cathedra (desde la cátedra) sobre cuestiones de fe y moral, su enseñanza se considera sin error. Suena impresionante, ¿no? Sin embargo, en la práctica los Papas usan esta prerrogativa muy rara vez: en los últimos 150 años hubo solo dos casos. Parece que con la infalibilidad, como con las armas nucleares, es mejor tenerla y no usarla.
Además, el Papa es jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano, lo que lo convierte simultáneamente en gobernante secular, aunque de un territorio minúsculo. Recibe a jefes de Estado, firma acuerdos internacionales y cuenta con diplomáticos propios (nuncios) en casi 180 países. Curiosamente, la Santa Sede tiene estatus de observador permanente en la ONU y participa en numerosas organizaciones internacionales. No está nada mal para un estado del tamaño de un campo de golf.
En el mundo contemporáneo, el Papa también actúa como una suerte de «brújula moral», pronunciándose sobre asuntos críticos —desde la guerra y la paz hasta el cambio climático y la desigualdad económica. Y aunque no todos coinciden con la postura de la Santa Sede en muchos temas, su voz siempre se escucha y se toma en cuenta en la arena internacional.
Corona, anillo y zapatos rojos: símbolos del poder papal
Si pensaban que la moda de trajes con accesorios es un invento moderno, la iconografía papal les hará reconsiderarlo. La simbología que rodea la figura del Papa se fue formando durante siglos y es una mezcla fascinante de tradiciones antiguas, simbolismo profundo y, seamos sinceros, un lujo palpable.
Empecemos por la vestimenta papal. El color asociado al Papa es el blanco, símbolo de pureza y santidad. La sotana blanca es la tarjeta de presentación del pontífice. Curiosamente, la tradición de vestir la sotana blanca es relativamente reciente: la introdujo el Papa Pío V en el siglo XVI, quien, siendo fraile dominico, mantuvo la vestimenta blanca de su orden incluso después de su elección papal. Al parecer, los hábitos viejos son difíciles de abandonar, incluso para los pontífices.
Sobre la sotana, el Papa puede llevar la mozeta: una capa corta cuyo color cambia según la temporada litúrgica. En celebraciones solemnes se usa el palio de rico tejido dorado —una banda adornada con cruces que simboliza la autoridad y la unión con Cristo—. En ocasiones especiales el Papa viste el fanón, una capa con franjas doradas y rojas que simboliza el escudo de la fe.
Durante mucho tiempo, una de las insignias más reconocibles fue la tiara: una triple corona que simbolizaba el triple poder del Papa como maestro, legislador y sacerdote. Sin embargo, desde 1963, cuando Pablo VI renunció a usarla como gesto de modestia, la tiara dejó de emplearse en las coronaciones. En su lugar, los Papas modernos reciben el palio: una banda de lana que simboliza las ovejas guiadas por el pastor (alusión a las palabras de Cristo: «Apacienta mis corderos»).
El anillo del pescador (Annulus Piscatoris) es otro símbolo importante. Es un anillo de oro con la imagen del apóstol Pedro pescando desde una barca y con el nombre del Papa reinante. Se usa para sellar documentos papales oficiales. Tras la muerte del Papa, el cardenal camarlengo rompe simbólicamente el anillo con un martillo de plata para que nadie pueda usarlo para falsificar documentos. Práctico y dramático a la vez.
El báculo papal (la férula) es otro símbolo de autoridad: una cruz sobre un largo bastón. A diferencia del báculo episcopal con la parte superior curvada, la férula papal es recta, lo que simboliza su autoridad directa y procedente de Cristo. Los Papas modernos usan diseños variados de férula: por ejemplo, Juan Pablo II llevó un báculo con un crucifijo, y Benedicto XVI uno con cruz de estilo bizantino.
No pueden faltar los famosos zapatos rojos del Papa. Este elemento del atuendo tiene una profunda simbología: el color rojo remite a la sangre de los mártires y a la de Cristo mismo. Cabe señalar que el Papa Francisco renunció a esta tradición y prefirió usar zapatos ortopédicos negros comunes. ¡Quién hubiera pensado que el calzado podría ser un símbolo tan visible de un enfoque reformista!
Y, por último, el escudo: cada Papa tiene su propio escudo heráldico, que refleja su origen, su trayectoria espiritual o el programa de su pontificado. En el escudo no faltan los símbolos de la autoridad papal: la tiara (o la mitra) y las llaves cruzadas, aludiendo a las palabras de Cristo sobre las «llaves del Reino de los Cielos» entregadas a Pedro.
Del humo a los tuits: cómo cambia el papado contemporáneo
Si creen que una institución de dos mil años no puede cambiar, el papado del siglo XXI puede sorprenderles. Los Papas modernos afrontan retos sin precedentes —desde la globalización y la secularización hasta la revolución digital— y deben adaptarse sin perder la esencia de su misión.
El pontificado de Juan Pablo II (1978-2005) supuso una verdadera revolución en la forma de relacionarse del Papa con el mundo. El Papa polaco realizó 104 viajes al extranjero, visitando 129 países y recorriendo distancias equivalentes a tres viajes a la Luna y de regreso. Imaginen al viajero más activo entre sus amigos, multipliquen su entusiasmo por diez, y tendrán una idea del ritmo de Juan Pablo II. Él transformó el papado de una institución cerrada en Roma a un fenómeno global, elevó el diálogo interreligioso y jugó un papel significativo en la caída de regímenes comunistas.
Benedicto XVI (2005-2013), teólogo y académico, continuó la modernización del papado desde una óptica intelectual. Sus encíclicas se distinguieron por su profundidad y erudición, y sus libros sobre Jesús fueron bestsellers. Pero quizá su gesto más revolucionario fue la renuncia en 2013: la primera renuncia voluntaria al papado en casi 600 años. Esa decisión demostró que incluso una institución tan tradicional como el papado puede revisar costumbres ancestrales. La situación de tener dos Papas vivos (uno retirado y otro reinante) planteó varios rompecabezas canónicos: por ejemplo, cómo denominar a Benedicto tras su renuncia y qué protocolo seguir cuando aparece en público.
El Papa Francisco (2013-2025) continuó la línea de renovación del papado. Primer Papa procedente del Nuevo Mundo y primer jesuita en la sede de San Pedro, aportó una mirada fresca a muchos aspectos de la vida eclesial. Conocido por su estilo austero (renunció a vivir en el Palacio Apostólico y prefirió la residencia modesta de la Casa de Santa Marta), Francisco intentó reformar la burocracia de la Curia y hacer la Iglesia más abierta y sensible a las necesidades de la sociedad moderna. Su pontificado concluyó en abril de 2025.
Es significativo su acercamiento a las tecnologías modernas. En 2012 Benedicto XVI abrió una cuenta en Twitter —@Pontifex—. Francisco continuó la tradición y utilizó activamente las redes sociales para difundir su mensaje. Su cuenta en Twitter llegó a superar los 18 millones de seguidores en distintos idiomas, y en 2016 el Papa creó una cuenta en Instagram, @franciscus. Imaginen: la persona que ocupa un cargo creado en el siglo I comparte sus reflexiones en forma de mensajes cortos y publicaciones con fotografías.
Sin embargo, adaptarse al mundo moderno no significa abandonar las tradiciones. Muchas ceremonias antiguas se mantienen, aunque a veces con modificaciones. Por ejemplo, el cónclave —la reunión de cardenales para elegir a un nuevo Papa— sigue celebrándose a puerta cerrada en la Capilla Sixtina, y el mundo sigue enterándose del resultado por el color del humo que sale de la chimenea (negro: la elección continúa; blanco: se ha elegido Papa). Al mismo tiempo, los espacios ahora se revisan para detectar dispositivos de escucha y los cardenales se privan temporalmente de sus teléfonos inteligentes para evitar filtraciones. Fue precisamente un cónclave así, en mayo de 2025, el que eligió al nuevo Papa León XIV, el primer estadounidense en la silla de San Pedro.
La tarea del papado contemporáneo es encontrar un equilibrio entre la fidelidad a la tradición y la apertura al cambio. Y, hay que decirlo, pese a todas las dificultades y contradicciones, esta antigua institución demuestra una notable vitalidad y capacidad de adaptación. Probablemente ahí resida el secreto de su longevidad.
¿Y después? El papado en un mundo cambiante
Al reflexionar sobre el futuro del papado, cabe preguntarse: ¿cómo logra esta antigua institución mantenerse relevante en una época en la que las autoridades tradicionales se cuestionan y las tecnologías transforman la propia naturaleza de la comunicación humana? ¿Qué desafíos afrontarán el nuevo Papa León XIV y sus futuros sucesores?
El cambio demográfico en el catolicismo es evidente. Si históricamente el centro de la fe católica fue Europa, hoy la mayoría de los católicos vive en África, Asia y América Latina. Ese desplazamiento ya se reflejó en la elección del Papa Francisco —argentino de raíces italianas— y ahora en la elección del estadounidense Robert Prevost, que tomó el nombre de León XIV. El cardenal Prevost, que antes de su elección dirigía una importante Dicastiería para asuntos de obispos, se convirtió en el primer Papa de Estados Unidos en los dos mil años de historia de la Iglesia. Es muy posible que en el futuro veamos Papas de África o Asia, lo que reflejaría aún más el carácter global de la Iglesia moderna.
También están los retos de la sociedad secular. En un mundo donde los valores religiosos ya no se dan por sentados, los Papas deberán encontrar un nuevo lenguaje para dialogar con la sociedad. A la vez, tendrán que equilibrar la fidelidad a la enseñanza tradicional con la necesidad de diálogo con el mundo contemporáneo. Resulta especialmente complejo hallar compromisos en temas como la bioética, los valores familiares y las cuestiones de género.
La crisis ecológica se ha vuelto asimismo un tema central en las intervenciones papales. La encíclica del Papa Francisco «Laudato Si» (2015) aborda los problemas ambientales y conecta la ecología con la justicia social. Es probable que en el futuro este asunto ocupe un lugar cada vez más importante en la enseñanza papal.
También resulta interesante observar cómo el papado adopta tecnologías digitales. Desde retransmisiones en directo de la misa hasta audiencias virtuales durante la pandemia, la Iglesia ha mostrado disposición a usar nuevos canales de comunicación. Se puede imaginar que en el futuro surgirán nuevas formas de servicio papal adaptadas a la era digital. ¿Peregrinaciones virtuales? ¿NFT papales? ¿Bendiciones por videollamada? Veremos.
Y, aun con todos los cambios y adaptaciones, la esencia del ministerio papal permanece: ser un centro de unidad para los católicos del mundo, testimoniar la fe y representar una autoridad moral en un mundo a menudo falto de referencias claras. En ello quizá radique la principal paradoja del papado: su capacidad de cambiar sin dejar de ser fiel a su esencia.
Así que, del pescador de Galilea al líder espiritual global, de las catacumbas a Twitter, de una secta perseguida a una religión de enorme influencia mundial: el camino del papado refleja la asombrosa historia del cristianismo. ¿Qué otras transformaciones aguardarán a esta antigua institución en el futuro? Una cosa es casi segura: mientras el mundo necesite referentes espirituales y autoridades morales, los herederos del apóstol Pedro seguirán su misión, adaptándose a nuevas realidades y manteniendo la fidelidad a valores perennes.
Quizá el principal aprendizaje que la institución del papado ofrece a nuestro mundo que cambia rápidamente sea precisamente esa capacidad de combinar antigüedad y novedad, tradición y reforma, inmutabilidad y adaptabilidad.