De los zoológicos humanos a las jaulas digitales: la transformación del control socia

De los zoológicos humanos a las jaulas digitales: la transformación del control socia

Ayer hojeaba fotos antiguas en internet y me encontré con una fotografía de 1906 del zoológico del Bronx. En ella una persona está sentada en una jaula junto a los monos. Para ser honesto, al principio pensé que era un montaje o una puesta en escena. Pero no: fue real.

La imagen se me quedó en la cabeza durante varios días. Y entonces se me ocurrió: ¿y si no estamos tan lejos de aquella época? Claro, hoy no se encierra a nadie en jaulas para exhibición pública. Pero los principios siguen siendo los mismos: solo que los métodos se han vuelto más sofisticados.

Vale, puede parecer exagerado comparar los zoológicos humanos con las tecnologías modernas. Pero cuanto más investigo este tema, más clara veo la conexión. Solo que ahora las jaulas son invisibles y los espectadores son algoritmos.

Cuando las personas eran atracciones

Es difícil imaginar una época en la que a la gente la llevaban a exposiciones como si fueran animales exóticos. Finales del siglo XIX y principios del XX. Exposiciones coloniales, espectáculos etnográficos: toda una industria del entretenimiento basada en la humillación humana.

La Exposición Colonial de París de 1889. Imagínense: ¡32 millones de visitantes! Eso es más de lo que vivía en toda Francia en esa época. La gente acudía en masa a ver a los “salvajes” de África, América y Asia, como hoy van al circo o a un concierto.

Al principio me costó entender cómo pudo ser posible. ¿Acaso las personas de entonces eran tan crueles? Luego comprendí: no se trataba de crueldad aislada. Era un sistema bien afinado que dividía a la humanidad en “nosotros” y “ellos”. En civilizados y salvajes. En los que miran y los que son observados.

¿Y saben qué es lo peor? Los organizadores de esas exposiciones se creían realmente ilustradores. Hablaban de una “misión científica” y de un “valor educativo”, como si ayudaran a la sociedad a estudiar la “diversidad de las razas humanas”. Igual que ahora las grandes empresas tecnológicas hablan de “personalización” y de “mejorar la experiencia del usuario” cuando comparten nuestros datos a diestro y siniestro.

Cómo el control se volvió imperceptible

Tras la guerra, por suerte, los zoológicos humanos quedaron en el pasado. Pero no crean que el deseo de controlar a las personas desapareció; simplemente el sistema se volvió más inteligente y más astuto.

Si antes había que mostrar físicamente a los “otros” en jaulas, ahora sus imágenes se construyen a través de la televisión. Mi abuelo contaba el impacto que causaban los primeros reportajes televisivos. La gente creía cualquier cosa, porque “la cámara no miente”, ¿no?

Esa ingenuidad se explotó al máximo. Ahora los “otros” ya no son solo personas de otras razas, sino quienes sostienen ideologías, estilos de vida o hábitos de consumo “incorrectos”. La Guerra Fría agregó combustible al fuego: la CIA y la KGB competían por quién espiaba mejor a sus propios ciudadanos.

Y aquí vi algo interesante: muchas de las tecnologías que usamos a diario se crearon originalmente para vigilancia. Internet surgió de un proyecto militar. El GPS se diseñó para guiar misiles. Los algoritmos de aprendizaje automático se perfeccionaron analizando conversaciones interceptadas. Como dicen, lo que crece, crece.

Nosotros mismos construimos nuestras prisiones

Aquí empieza lo realmente inquietante. La etapa moderna del control es algo fuera de serie. Nosotros mismos construimos nuestras jaulas y además las pagamos. Cada aplicación nueva significa aceptar condiciones que nadie, para ser sincero, lee.

Por cierto, hice un experimento. Conté cuántas veces al día se rastrean mis acciones. El resultado me sorprendió. El smartphone registra dónde estoy cada pocos minutos. El navegador recuerda todos los sitios. Las tarjetas bancarias registran las compras. El altavoz inteligente en casa escucha conversaciones (aunque supuestamente solo después de “Ok Google”).

Al final del día recopilé más de dos mil puntos de recolección de datos. ¡Dos mil, en serio!

Pero lo más inquietante no es la cantidad de información, sino la manera en que se utiliza. Los algoritmos analizan nuestro comportamiento y predicen lo que haremos después, con una precisión que supera nuestra propia capacidad de autoconocimiento. Facebook puede detectar el inicio de una depresión antes que nosotros mismos. Google puede prever un divorcio a partir de las consultas de búsqueda. Amazon envía productos a los almacenes antes de que los pidamos.

Lo que resulta especialmente preocupante es cómo estos datos influyen en nuestras decisiones. Los algoritmos de recomendación crean burbujas de información en las que solo vemos aquello que confirma nuestras creencias. El resultado es una sociedad fragmentada y cada vez más difícil de formar una opinión objetiva.

En China implementaron un sistema de puntuación social. Los ciudadanos reciben puntos por un comportamiento “correcto” y los pierden por el “incorrecto”. Un puntaje bajo puede impedir que viajes en avión, consigas un buen empleo o alquiles un piso. Esto ya no es metáfora; son restricciones reales basadas en algoritmos.

Cuando la transparencia es una ilusión

¿Saben qué es lo que más molesta del control moderno? Parece abierto. A diferencia de los servicios secretos secretos del pasado, las tecnologías actuales operan a la vista de todos. Google publica informes sobre privacidad, las redes sociales explican cómo funcionan sus algoritmos, los gobiernos promulgan leyes bonitas sobre protección de datos.

Pero esa transparencia de escaparate genera la falsa sensación de que entendemos y controlamos todo. En realidad, hay tanta información y los sistemas son tan complejos que solo especialistas pueden entenderlos. Y aun así no siempre.

Tomen los acuerdos de usuario. Investigaciones indican que leer todos los acuerdos que enfrenta una persona promedio en un año llevaría unas 200 horas. ¿Quién se va a ocupar de eso? Al final aceptamos cosas que no comprendemos y cedemos derechos sin saberlo.

La lucha continúa

Tal vez me ponga demasiado pesimista. La historia muestra que frente a cualquier control tarde o temprano surge un antídoto. Ya existen servicios VPN, navegadores que bloquean rastreadores y mensajería con cifrado. Se desarrolla un movimiento por los derechos digitales; en Europa aprobaron el RGPD.

Claro, hay un matiz: la resistencia genera contrarresistencia. Las empresas inventan nuevas formas de eludir las protecciones, los gobiernos restringen el cifrado y los algoritmos se vuelven aún más sofisticados.

He observado una pauta interesante: cada nueva generación de tecnologías promete más libertad y acaba creando nuevas formas de control. Internet debía hacer la información libre y terminó en la hegemonía de motores de búsqueda. Las redes sociales prometían democratizar la comunicación y generaron cámaras de eco y manipulación. La cadena de bloques promete descentralización, pero consume una enorme cantidad de energía y crea nuevas formas de desigualdad.

Como dice el refrán: por mucho que se intente, todo va a mejorar. Pero, ¿para quién mejora realmente?

¿Qué nos espera?

Reflexionando sobre todo esto llego a una conclusión: las tecnologías por sí mismas son neutrales. Lo importante es quién las usa y cómo. Las mismas herramientas que pueden oprimir también pueden liberar. La IA puede intensificar la vigilancia, pero también ayudar a detectarla. Los grandes datos sirven para manipular, pero pueden servir para un análisis objetivo.

La cuestión no es detener el progreso —eso sería inútil—, sino hacerlo más democrático. Hay que aumentar la alfabetización digital para que la gente entienda lo que sucede. Hacen falta normas internacionales que impidan a corporaciones o estados abusar del poder.

Quizá la lección más importante de la historia de los zoológicos humanos es que no desaparecieron por sí solos. Los mató un cambio en la conciencia colectiva. La gente comprendió que la división entre “civilizados” y “salvajes” era una ficción al servicio de los intereses de los poderosos.

Hoy necesitamos un despertar similar respecto al control digital. Del zoológico humano a las jaulas digitales el camino es largo, pero la lógica es la misma: unos controlan a otros presentándolo como el orden natural de las cosas.

La diferencia es que las jaulas modernas son más cómodas y atractivas y crean la ilusión de libertad. Pero siguen siendo jaulas, aunque estén hechas de píxeles y algoritmos.

Aunque, ¿saben qué? Tal vez soy demasiado paranoico. Tal vez no sea tan terrible y realmente avancemos hacia algo mejor. Al fin y al cabo, puedo escribir este texto y publicarlo sin censura. Eso significa algo, ¿no?

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