Para ser sincero, al principio no entendía qué estaba pasando. Trabajo como periodista, investigo tendencias de consumo, y de pronto apareció esta historia. Observé desde lejos hasta que por casualidad entré en una tienda de Pop Mart en Hong Kong.
Y vaya espectáculo. Lo que vi allí merece un capítulo aparte. Me obligó a reconsiderar mis ideas sobre el marketing y sobre cómo funciona la psicología humana.
Verán, Labubu no es una simple juguete. Es un código cultural que descifra una nueva era del consumo asiático. Una era en la que lo feo de repente se vuelve bello y la aleatoriedad se convierte en el principal motor de venta. Ese pequeño monstruo, con sus colmillos y su mirada ausente, se volvió símbolo de toda una generación que busca emociones en los objetos y está dispuesta a pagar por la imprevisibilidad.
Por qué nos enamoramos de lo feo — anatomía de la obsesión
¿Saben qué es lo primero que llama la atención al ver a Labubu? Está deliberadamente diseñado para no ser bonito. A diferencia de Hello Kitty o de Pokémon, Labubu parece sospechoso: los dientes sobresalen, la mirada está vacía y da la sensación de que trama algo.
Y es precisamente eso lo que lo hace irresistible. Una paradoja, ¿no?
Hablé con psicólogos que estudian la cultura kawaii. Me explicaron algo interesante: nuestro cerebro está programado para encontrar adorables ciertos rasgos —ojos grandes, formas redondeadas, proporciones infantiles—, el conjunto estándar. Labubu rompe esas reglas. Crea una nueva categoría: lo "lindo-feo". Suena extraño, pero funciona.
El diseñador de este personaje se llama Kan Kan y contó en una entrevista que se inspiró en trolls escandinavos y en los yokai japoneses. Quería crear una criatura que repeliera y atrajera a la vez. Lo logró: hace que la gente se detenga y piense: "¿Qué tiene de especial?"
Aquí hay una psicología profunda. Cuando algo es demasiado perfecto, perdemos interés rápido. Aburre. Pero cuando el objeto es un poco "erróneo", el cerebro trabaja más para encontrar sentido. Labubu aprovecha ese principio: lo bastante raro para ser memorable, lo bastante tierno para no asustar del todo.
Cómo las cajas ciegas cambiaron las reglas del juego — economía de la aleatoriedad
Pero el diseño es solo una parte. La otra mitad del éxito de Labubu está en un modelo de venta revolucionario: las cajas ciegas. Compras una caja cerrada sin saber qué figura contiene. Es una lotería, solo que en vez de dinero obtienes un pequeño monstruo.
La primera vez que oí hablar de este concepto pensé: "¿Quién comprará un cerdo en un saco?" Resultó que millones de personas en todo el mundo. Y no es solo por la emoción, aunque esta tenga un papel enorme.
Las cajas ciegas convierten una compra común en un evento, en una pequeña celebración de la apertura, ¿entienden?
Los psicólogos llaman a esto "refuerzo variable": una de las formas más potentes de crear hábito. Cuando no sabes si vas a obtener la recompensa ni cuál será, el cerebro libera más dopamina que con un resultado garantizado. Por eso la gente juega a las tragamonedas durante horas. Y por eso los coleccionistas de Labubu compran decenas de cajas buscando una figura rara.
Pop Mart perfeccionó esta mecánica. Lanza series de 12 figuras comunes más una secreta. Esa figura secreta aparece en promedio en una de cada 144 cajas. La matemática es cruel, pero funciona — para completar la colección con la figura secreta, en promedio hay que comprar entre 80 y 100 cajas. ¿Se imaginan?
Poder blando a través de los juguetes — cómo China exporta su cultura
Lo que más me sorprendió de Labubu fue cómo una marca china logró crear un producto cultural global. Hace apenas una década, muchas empresas chinas copiaban tendencias occidentales o japonesas, ¿no es así? Pero Pop Mart siguió otro camino: creó una estética propia y logró que el mundo la aceptara.
Labubu fue el primer personaje chino que obtuvo reconocimiento internacional no como imitación sino como original. En Singapur, Tailandia, incluso en Estados Unidos y Europa la gente hace filas por las nuevas series.
Esto es poder blando en acción — cuando influyes en otras culturas a través del atractivo de tus productos culturales.
Vi con mis propios ojos a adolescentes japoneses en Shibuya, Tokio, llevando llaveros de Labubu. ¡En Japón! En el país que dio al mundo a Hello Kitty y a Pokémon. En Seúl, estudiantes coreanos intercambian duplicados de figuras en chats especiales. La cultura pop china por fin encontró su voz. Y resultó ser la voz de un pequeño monstruo dentudo — quién lo habría imaginado.
El éxito de Labubu muestra que la influencia cultural ya no se restringe a películas, música o moda. Los juguetes, que durante mucho tiempo se consideraron frívolos, se han vuelto portadores de códigos culturales. Si antes esos códigos pertenecían a Estados Unidos y Japón, ahora China se ha unido a ellos. Es simbólico, si se piensa.
Cuando los juguetes se convierten en activos — inversiones en emociones
Lo más impresionante de esta historia es cómo las figuras coleccionables se han transformado en activos de inversión. ¡En serio! Las figuras raras se venden en el mercado secundario por montos que multiplican su precio inicial.
Hablé con coleccionistas que contaron historias increíbles. Una figura secreta comprada por 15 dólares se vendió un año después por 500 dólares. Es un caso extremo, pero incluso las variantes raras habituales duplican o triplican su precio.
Han surgido plataformas de comercio especializadas en la reventa de figuras. Analistas hacen pronósticos de precios. Coleccionistas llevan hojas de cálculo con el valor de sus colecciones, como si fueran inversores de verdad.
Esta transformación de los juguetes en instrumentos financieros refleja una tendencia más amplia: la financiarización de todos los ámbitos de la vida. Hoy la gente invierte en zapatillas, en cartas de Pokémon, en NFT y, por supuesto, en figuras de colección. El límite entre hobby e inversión se difumina.
Y el valor emocional de un objeto se convierte en su valor financiero.
Pero hay otra cara de la moneda. Cuando un hobby se convierte en inversión, a menudo pierde su magia original. Conocí coleccionistas que admitían que ya no disfrutan comprar nuevas figuras: simplemente siguen las tendencias del mercado. La espontaneidad y la alegría del descubrimiento se reemplazan por el cálculo frío. Triste, pero cierto.
La generación de dopamina — por qué necesitamos estas emociones
Reflexionando sobre el fenómeno Labubu, entendí algo importante. Refleja una necesidad profunda de la sociedad contemporánea: la necesidad de emociones intensas y rápidas.
Piénsenlo: vivimos en una era en la que la mayoría de los placeres son digitales e instantáneos. Likes en redes, streaming, compras online: todo da una descarga rápida de dopamina, pero no proporciona una satisfacción profunda. Queda una sensación de vacío.
Coleccionar figuras nos devuelve a placeres más sencillos. Son objetos físicos: se pueden tocar, colocar en una estantería, mostrar a amigos. Son la materialización de un logro: "¡Miren, conseguí una figura rara!" En un mundo donde la mayoría de nuestros logros existen solo en lo digital, esa materialidad parece especialmente valiosa.
Además, Labubu y personajes similares funcionan como reguladores emocionales. Su intencional "imperfección" permite expresar partes de uno mismo que no encajan en las normas sociales. Se puede ser un poco extraño, un poco aterrador, un poco impredecible — a través de nuestros avatares en forma de juguetes.
Esto es especialmente relevante en sociedades asiáticas donde la presión social a menudo reprime la individualidad. Coleccionar se convierte en una forma de rebelión silenciosa, una manera de decir: "Sí, soy un adulto serio, pero tengo derecho a rarezas y a las alegrías infantiles".
El futuro de los monstruos adorables
Mirando el éxito de Labubu, queda claro que estamos al borde de una nueva era en la industria del juguete. Gigantes tradicionales como Mattel y Hasbro siguen apostando por franquicias conocidas y fórmulas probadas. Es seguro, predecible.
Pero el futuro pertenece a las empresas que entienden la psicología del consumidor moderno y saben crear no solo juguetes, sino ecosistemas emocionales completos.
Pop Mart ya amplía su imperio: abre parques temáticos basados en sus personajes, lanza juegos móviles, crea series animadas. Labubu pasa de ser un juguete a convertirse en una franquicia mediática completa. Y esto es solo el comienzo, créanme.
Creo que en los próximos años veremos más fenómenos similares. Otras empresas chinas ya intentan repetir el éxito de Pop Mart creando sus propios "monstruos lindos". Las marcas japonesas y coreanas tampoco se quedan quietas. El mercado de figuras coleccionables crece como masa madre, y no parece que vaya a parar.
Quizá dentro de una década recordemos a Labubu como la primera señal de una nueva era cultural. Una era en la que la frontera entre la infancia y la adultez se diluye, en la que la inversión se convierte en una forma de autoexpresión y los juguetes se usan como herramienta diplomática.
Y la verdad, me gusta este mundo. Un mundo donde incluso los adultos más serios pueden alegrarse como niños al abrir otra caja sorpresa.
Al fin y al cabo, quizás Labubu haya vencido al capitalismo no destruyéndolo, sino humanizándolo, volviéndolo más emocional y, por así decirlo, más comprensible. Si es así, este pequeño monstruo dentudo merece nuestro respeto.