Confieso honestamente: cuando por primera vez pensé en la historia de Alaska me imaginaba algo aburrido sobre comerciantes de pieles y duros pioneros. Resultó ser una de las historias más apasionantes de la ocupación del continente, llena de giros inesperados, intrigas políticas y dramas humanos. Desde los antiguos cazadores de mamuts hasta los modernos magnates del petróleo, cada página de esta historia se lee como una novela de aventuras.
Los primeros habitantes y la antigüedad
La historia de Alaska comenzó mucho antes de la llegada de los europeos. Hace unos 14 000 años las primeras personas cruzaron desde el territorio de la actual Chukotka hacia Norteamérica por el llamado puente terrestre de Beringia. Este puente se formó por la bajada del nivel del mar durante la glaciación y unía Chukotka con el oeste de Alaska. Estas nuevas tierras se convirtieron en hogar de los antepasados de los aleutianos, los inuit y los tlingit. Cazaban, pescaban, construían asentamientos y se adaptaban al clima riguroso.
Lo que me impresiona de esta parte de la historia es la increíble resistencia de las personas que se atrevieron a emprender tal viaje. Imagínese: avanzar en lo desconocido por un puente helado sin saber qué hay más allá del horizonte. Y, sin embargo, no solo sobrevivieron, sino que crearon culturas únicas, perfectamente adaptadas a las condiciones árticas. Los aleutianos desarrollaron kayaks impermeables, los inuit aprendieron a construir iglús y a cazar ballenas, y los tlingit crearon un complejo sistema social con potlatch —ceremonias de intercambio de regalos que reforzaban los lazos comunitarios.
Colonización rusa
En el siglo XVIII llegaron a Alaska exploradores y empresarios rusos. En 1741 la expedición de Vitus Bering y Aleksei Chirikov abrió las costas de Alaska para el Imperio ruso. El interés principal eran las pieles y los mamíferos marinos: las pieles tenían una enorme demanda en Europa y China. En 1799 se creó la Compañía rusoamericana, que recibió el derecho monopólico para el comercio y la explotación de esas tierras.
El centro principal fue Novo-Arkhangelsk (hoy Sitka). Sin embargo, la colonización avanzó lentamente: el clima riguroso, la lejanía de la metrópoli y los conflictos con los pueblos indígenas dificultaban el asentamiento. Además, el Imperio británico expandía activamente la colonización del litoral del Pacífico, lo que amenazaba con la pérdida del territorio.
El periodo ruso en la historia de Alaska es un ejemplo clásico de cómo las ambiciones pueden chocar con la realidad. Por un lado, los rusos introdujeron nuevas tecnologías, la escritura y la ortodoxia. Por otro, sus métodos fueron con frecuencia brutales. Los aleutianos quedaron prácticamente convertidos en cazadores sometidos para la obtención de pieles marinas. Muchos asentamientos indígenas fueron arrasados por enfermedades traídas por los europeos. Es una página oscura que no se debe silenciar al estudiar la historia de la región.
Venta de Alaska a Estados Unidos
Tras la Guerra de Crimea, Rusia comprendió que sería difícil defender esas tierras remotas y que los ingresos que generaban eran modestos. Se tomó la decisión de vender Alaska a Estados Unidos. El 30 de marzo de 1867 en Washington se firmó el tratado de venta por 7,2 millones de dólares. La prensa estadounidense de la época recibió la operación con burlas, llamándola la “locura de Seward”, por el secretario de Estado William Seward. Sin embargo, con el tiempo esa compra aportó enormes beneficios a Estados Unidos.
El 18 de octubre de 1867 se izó la bandera estadounidense sobre Sitka y Alaska pasó a formar oficialmente parte de Estados Unidos.
La ironía histórica es que los críticos llamaron a la compra “el congelador de Seward” y “el jardín del oso polar”. Los periodistas escribían que los estadounidenses habían pagado una suma enorme por una tierra donde nada crece y donde solo viven osos polares. ¡Qué equivocados estaban! Por esos 7,2 millones de dólares (unos 125 millones en precios actuales) Estados Unidos obtuvo un territorio del tamaño de dos Texas, lleno de oro, petróleo, peces y otras riquezas naturales. Es una de las operaciones más ventajosas de la historia.
Fiebre del oro y estatus territorial
A finales del siglo XIX llegó una oleada de aventureros. El descubrimiento de oro en el Klondike y otras zonas provocó una verdadera fiebre del oro. Miles de buscadores pasaron por Alaska rumbo al interior de Canadá. En 1912 Alaska obtuvo el estatus de territorio de Estados Unidos, y el 3 de enero de 1959 se convirtió en el 49.º estado.
La fiebre del oro cambió Alaska para siempre. A menudo imagino la atmósfera de entonces: gente dejando la vida cotidiana, vendiendo sus casas y viajando miles de kilómetros en busca de fortuna. La mayoría no encontró más que decepción, pero los pocos que se enriquecieron fundaron ciudades y crearon infraestructura. Anchorage, la ciudad más grande del estado, surgió precisamente gracias a la construcción del ferrocarril para atender a los mineros.
Segunda Guerra Mundial y significado estratégico
Durante la Segunda Guerra Mundial Alaska se convirtió en un importante punto estratégico. En 1942 las fuerzas japonesas ocuparon las islas Attu y Kiska en el arco de las Aleutianas. El ejército estadounidense llevó a cabo la operación para recuperarlas, siendo este el único caso de ocupación de territorio estadounidense durante la guerra.
Pocos saben que en Alaska se llevaron a cabo combates reales. La campaña de las Aleutianas fue dura y sangrienta: la niebla, los vientos helados y la tundra pantanosa convertían cada paso en una prueba. Los estadounidenses sufrieron más pérdidas por el clima que por las balas japonesas. Pero fue precisamente esta guerra la que evidenció de forma decisiva la importancia estratégica de Alaska. Se convirtió en un “puente” entre América y Asia, un punto clave en el sistema de defensa aérea de Norteamérica.
El auge petrolero y la catástrofe del Exxon Valdez
En 1968 en el norte del estado se descubrió el mayor yacimiento petrolero de Norteamérica, Prudhoe Bay. En 1977 se construyó el oleoducto Trans-Alaska, que aportó al estado miles de millones de dólares en ingresos. No obstante, el desarrollo petrolero también trajo problemas ecológicos. En 1989 el petrolero Exxon Valdez naufragó, vertiendo cientos de miles de barriles de petróleo en la bahía de Prince William y causando un daño colosal al ecosistema.
El auge petrolero convirtió a Alaska en un caso singular: es el único estado de Estados Unidos que no solo no recauda impuesto sobre la renta de sus ciudadanos, sino que además les paga dividendos anuales procedentes de los ingresos petroleros. Cada residente recibe un cheque por un monto que va desde mil hasta varios miles de dólares al año. Suena a utopía, ¿no es así? Pero todo tiene un precio. La catástrofe del Exxon Valdez mostró el coste real de la riqueza petrolera: miles de aves muertas, zonas de pesca envenenadas y ecosistemas destruidos cuya recuperación tardó décadas.
La actualidad y los retos del siglo XXI
Hoy Alaska sigue siendo una región estadounidense rica en recursos, que combina abundantes reservas naturales con una cultura e historia únicas. Aquí se plantean con intensidad cuestiones sobre ecología, derechos de los pueblos indígenas y el papel del estado en la política energética del país.
La Alaska contemporánea está en una encrucijada. El cambio climático afecta al estado con más intensidad que a muchas otras regiones: los glaciares se derriten, el permafrost se descongela y cambian las rutas migratorias de los animales. Los pueblos indígenas, cuyas tradiciones se han formado durante milenios, se ven obligados a adaptarse a nuevas condiciones. Al mismo tiempo, crece el reconocimiento del valor de sus conocimientos y su cultura. Muchas localidades ahora conservan nombres originarios junto a los europeos, y los métodos tradicionales de caza y pesca se estudian por los científicos como modelos de uso sostenible de los recursos.
La historia de Alaska es la historia de cómo las personas se adaptan a una naturaleza dura y de cómo la naturaleza moldea el carácter de la gente. Desde los antiguos cazadores hasta los ecologistas modernos, desde los empresarios rusos hasta los petroleros estadounidenses, cada generación ha dejado su huella en esta tierra. Y aunque el futuro del estado sea incierto, hay una cosa segura: Alaska seguirá sorprendiendo al mundo con su belleza, su riqueza y su capacidad única de convertir a la gente en héroes y soñadores.