¿Por qué el agua no tiene memoria? Un análisis científico del mito central de la homeopatía

¿Por qué el agua no tiene memoria? Un análisis científico del mito central de la homeopatía

Hace unos tres años mi vecina Sveta, una mujer encantadora en general, de repente se interesó por la homeopatía. Contaba cosas sobre unas bolitas "mágicas" para la migraña: ¡los ojos le brillaban de entusiasmo! Yo me sentaba, asentía y pensaba para mis adentros: señor, ya vivimos en el siglo XXI, tenemos resonancia magnética, los antibióticos funcionan, hemos aprendido a manipular genes... ¡y aún así la gente cree que el agua recuerda moléculas!

Así que decidí analizar esta historia de la homeopatía con calma. Sin ataques ni snobismo, simplemente con los hechos en la mano. Porque, ya saben, cuando se trata de la salud, mejor dejar las emociones en casa.

De dónde vinieron esas bolitas

Todo empezó con un alemán llamado Samuel Hahnemann. Finales del siglo XVIII; ¿se imaginan la medicina de entonces? Los médicos practicaban sangrías por doquier, no había anestesia y los pacientes se desmayaban del dolor. En ese contexto las ideas de Hahnemann parecían realmente revolucionarias.

Tenía dos principios. El primero: "lo similar cura lo similar". La lógica es sencilla: si tienes fiebre, debes tomar algo que en una persona sana provoque esa misma fiebre. Algo así como el que se cura la resaca con más alcohol.

Y el segundo principio es un verdadero genio, si se quiere. ¡Cuanto más diluyes el medicamento, más potente es! Hahnemann llamaba a eso "potenciación". Los homeópatas toman una gota de algo y la diluyen en 99 gotas de agua. Luego de esa solución toman otra gota y la diluyen de nuevo en 99 gotas. Y repiten el proceso treinta veces seguidas.

¿Quieren entender la magnitud? Con una dilución 12C (eso significa repetir el procedimiento 12 veces) la probabilidad de encontrar siquiera una molécula de la sustancia original es similar a encontrar un grano de arena concreto entre todas las playas del planeta. ¡Y siguen hasta 200C!

Francamente, las matemáticas aquí son simples, pero el resultado asombra.

Por qué el agua no recuerda

Los homeópatas afirman que el agua recuerda las sustancias disueltas en ella. Me resulta hasta embarazoso discutirlo seriamente, porque contradice... bueno, todo lo que sabemos sobre el mundo.

Piénsenlo: si el agua realmente recordara, cada sorbo del grifo sería un cóctel de recuerdos: dinosaurios, vertidos industriales y... eh... productos de desecho de distintas épocas. Las moléculas de agua están constantemente moviéndose, chocando, uniéndose y separándose. ¿Dónde estaría esa memoria?

Pero los partidarios de la homeopatía no se rinden. Hablan de un "agitado" especial: dicen que si se sacude vigorosamente la solución, la memoria se activa. ¿Significa eso que el barista que remueve un capuchino crea un medicamento? ¿Y que cada ola del mar es una farmacia natural?

Por cierto, hubo intentos de encontrar una explicación científica a esa "memoria del agua". El caso más sonado fue el de los experimentos del francés Jacques Benveniste en 1988. Él juraba que soluciones extremadamente diluidas de anticuerpos conservaban actividad. Cuando otros científicos intentaron reproducir sus experimentos en condiciones normales, el resultado fue negativo. Resultó que el "efecto" aparecía solo cuando el experimentador sabía qué estaba probando.

Qué dicen las investigaciones

En los últimos treinta años la homeopatía se estudió una y otra vez. El resultado, en realidad, era previsible: en ensayos bien diseñados estos preparados no funcionan mejor que un placebo.

Los australianos en 2015 realizaron el análisis más amplio. Revisaron 176 estudios sobre 68 enfermedades distintas. La conclusión fue contundente: "No hay pruebas confiables de que la homeopatía sea efectiva para tratar cualquier afección".

Los médicos británicos llegaron a la misma conclusión. Además señalaron que muchos estudios que supuestamente demostraban la utilidad de la homeopatía estaban hechos con errores metodológicos.

Es curioso observar cómo razonan los seguidores de la homeopatía. Se aferran a trabajos aislados y dudosos e ignoran por completo decenas de estudios de calidad. Es como buscar pruebas de que la Tierra es plana: con suficiente empeño se "encuentran" evidencias de cualquier idea.

Especialmente reveladores son los experimentos a doble ciego. Cuando ni pacientes ni médicos sabían qué se administraba, el efecto desaparecía. En cuanto alguien se enteraba del medicamento, ¡la magia volvía!

Por qué la gente sigue creyendo

Lo más interesante no es si la homeopatía funciona o no (spoiler: no funciona). Es por qué millones de personas continúan creyendo en ella. Actúa todo un conjunto de trucos psicológicos.

El placebo es algo real, no una invención. Cuando creemos sinceramente que tomamos un medicamento, el cerebro puede activar procesos que alivian el dolor o mejoran el ánimo. El problema es que ese efecto es temporal y actúa sobre sensaciones subjetivas.

La homeopatía funciona muy bien como placebo: hay todo un ritual a su alrededor. Larga conversación con el "médico" que escucha cada queja. Selección individual del preparado. Envase vistoso. Todo eso refuerza la creencia.

Además, muchas dolencias se curan solas: un resfriado, un dolor de cabeza, una gripe leve. Se toma una bolita al inicio de la enfermedad y, cuando llega la curación natural, ya está: ¡milagro!

También hay desconfianza hacia la medicina "oficial". Y es entendible. El médico de la clínica en cinco minutos receta un antibiótico, mientras el homeópata dedica una hora a preguntar por traumas infantiles. ¿Quién parece más atento?

Y claro, todos buscamos confirmaciones de nuestras creencias. Recordamos los casos en que la homeopatía ayudó y olvidamos los fracasos. Si no funcionó, siempre se puede alegar: "se eligió el remedio equivocado" o "la dosis no era adecuada".

En qué consiste el peligro

Los defensores suelen decir: "No hará daño". ¡Un engaño peligroso! El daño puede ser indirecto pero serio.

El mayor peligro es que una persona con una enfermedad grave pierda tiempo con bolitas en lugar de recibir tratamiento adecuado. El cáncer no se detiene con árnica diluida. La diabetes no desaparece por tomar gránulos azucarados.

El segundo problema es que se fomenta el pensamiento mágico. Si crees en la eficacia del agua vacía, es más fácil creer otras tonterías. Hoy la homeopatía; mañana los antivacunas o teorías conspirativas.

También puede haber daño directo. En preparados homeopáticos a veces se han encontrado sustancias activas en dosis apreciables, probablemente por fallos en la producción. Esas "sorpresas" pueden causar reacciones impredecibles.

Y el dinero, por supuesto. La industria homeopática gana miles de millones vendiendo agua al precio de medicamentos. Ese dinero podría destinarse a tratamientos reales.

Cómo no caer

Protegerse de un engaño homeopático es más fácil de lo que parece. Unas cuantas reglas sencillas y estarán a salvo.

Exijan siempre pruebas. Les ofrecen un método revolucionario: que muestren estudios. Los verdaderos se publican en revistas serias y se encuentran en PubMed. Comentarios en internet y relatos de amigas no son pruebas.

Revisen las composiciones. En los envases de remedios homeopáticos suelen aparecer D6, C30 o 200CH. Es una señal de alarma: significa que prácticamente no hay sustancia activa.

Desconfíen si apelan a las emociones. Si hablan de "naturalidad", "sabiduría ancestral" y "conspiración de las farmacéuticas", es momento de marcharse. La ciencia se basa en hechos, no en emociones.

Hagan preguntas incómodas. ¿Por qué la homeopatía no funciona en cuidados intensivos? ¿Por qué los hospitales homeopáticos no tratan infartos? ¿Por qué la esperanza de vida aumentó con el desarrollo de la medicina "oficial"?

En resumen

No les pido creer ciegamente en lo que dicen los médicos. La medicina moderna no es perfecta: a veces se equivoca, puede ser exageradamente agresiva y no siempre tiene en cuenta el confort psicológico del paciente.

Pero entre la ciencia imperfecta y el charlatanismo hay un abismo. La medicina progresa, aprende de los errores y abandona métodos obsoletos. La homeopatía quedó estancada en el siglo XVIII y sigue ignorando las evidencias de su inutilidad.

Quizá dentro de cien años nuestra medicina nos parezca tan primitiva como hoy nos parece la sangría. Pero eso significará que la ciencia avanzó, acumuló conocimiento y mejoró los métodos. La pseudociencia seguirá siendo un monumento a nuestra inclinación a creer en milagros.

Cuando recuerdo la historia de mi vecina Sveta sobre la curación milagrosa, me entristezco. No porque ella creyera en un cuento, sino porque esa creencia refleja una necesidad humana profunda: cuidado, comprensión, esperanza. Sería deseable que la medicina real aprendiera a responder mejor a esas necesidades. Sin engaños ni falsas promesas.

El mejor remedio contra la pseudociencia no es la crítica, sino una alternativa de calidad. Una medicina que no solo cure el cuerpo, sino también el alma. Médicos que no solo diagnostiquen, sino que sepan escuchar.

Y mientras eso no exista, seguirán prosperando charlatanes de todo tipo que venden esperanza en un envase bonito. Es importante desarrollar pensamiento crítico y no creer en bulos. Qué se le va a hacer.

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