Memoria del agua, efecto placebo y número de Avogadro: ¿qué sabemos realmente sobre la homeopatía?

Memoria del agua, efecto placebo y número de Avogadro: ¿qué sabemos realmente sobre la homeopatía?

Recuerdo tener veinte años: estoy en una farmacia, mirando los estantes con esas enigmáticas bolitas blancas en frascos. Leo las instrucciones y pienso: "¿Y si de verdad ayuda?" La lógica era simple: lo venden en la farmacia, así que debe funcionar, ¿no? De alguna manera tenía que hacer efecto. Pasaron los años, me sumergí en la medicina, estudié el método científico y poco a poco comprendí: con la homeopatía todo es mucho más complicado e interesante de lo que me parecía entonces.

Hoy quiero hablar de esto con calma, sin calor excesivo. Simplemente analizaremos los hechos: qué sabemos realmente sobre la homeopatía desde el punto de vista científico. No pretendo convencer a nadie ni burlarme de las creencias de otros. Los hechos son hechos, y que cada uno saque sus propias conclusiones.

Cómo empezó todo: la historia de una idea

Y todo comenzó a finales del siglo XVIII con Samuel Hahnemann, un médico alemán bastante poco convencional. Era, hay que decirlo, una persona de carácter. Criticaba la medicina de su tiempo (y no era para menos: sangrías, mercurio a raudales y procedimientos terribles). Hahnemann buscaba algo más humano y menos agresivo. En el curso de sus investigaciones formuló tres pilares básicos de la homeopatía.

El primero: el famoso "lo similar cura lo similar". Es decir, si una sustancia en dosis altas provoca ciertos síntomas, en dosis diminutas debería curarlos. Suena curioso, claro. Pero aquí ya aparecen los primeros peros.

El segundo principio: la ley de la dosis mínima. Hahnemann estaba convencido de que cuanto menor era la dosis, mayor era el efecto. De ahí surgió todo el sistema de diluciones increíbles: la sustancia original se diluye 1 a 10 o 1 a 100, y así repetidamente muchísimas veces.

Y el tercer punto: la dinamización. Después de cada dilución hay que agitar enérgicamente la mezcla para potenciar su fuerza curativa. Honestamente, me imagino a Hahnemann de pie agitando un tubo de ensayo y murmurando algo sobre la activación de las moléculas de agua.

El problema es este: todos esos principios chocan con lo que hoy sabemos sobre cómo funcionan los fármacos. En la farmacología normal rige la ley opuesta: cuanto mayor la cantidad de principio activo (dentro de límites razonables), mayor la respuesta del organismo. La relación dosis‑efecto es la base fundamental y funciona para casi todos los medicamentos.

Un poco de aritmética: adónde van las moléculas

Ahora veamos los números, porque ahí ocurre lo más interesante. En homeopatía existe un sistema de notación: la letra D (o X) indica una dilución 1 a 10, y la C indica 1 a 100. El número muestra cuántas veces se repitió el procedimiento.

Por ejemplo, un preparado 30C significa que la sustancia inicial se diluyó 1 a 100 treinta veces. ¿Cuál es la concentración final? Prepárense para cifras mareantes: 1 en 10 elevado a la 60. ¡Es un uno seguido de sesenta ceros!

Para hacerse una idea: imaginen que disuelven una aspirina en una cantidad de agua mil millones de veces mayor que todos los océanos del planeta juntos. Y aun así esa solución sería más concentrada que un remedio homeopático 30C.

Existe algo llamado número de Avogadro, que es la cantidad de moléculas en un mol de cualquier sustancia (aproximadamente 6 por 10 a la 23). Pues bien, cuando la dilución supera 12C, las probabilidades de encontrar en el preparado siquiera una molécula de la sustancia original se vuelven prácticamente nulas. Resulta que en la farmacia se venden... agua. Sí, agua bastante cara y con un embalaje atractivo.

Los partidarios de la homeopatía explican esto con la "memoria del agua": dicen que H2O recuerda lo que en su día estuvo disuelto en ella. Suena bonito, no lo negaré. Pero hay un matiz: si el agua realmente recordara todo con lo que ha estado en contacto, cada sorbo del grifo sería un cóctel infernal de recuerdos de alcantarillas, vertidos industriales y... bueno, restos de la vida de dinosaurios. No resulta muy apetecible, ¿verdad?

Qué dicen las investigaciones

La medicina moderna se basa en la evidencia. ¿Quieres que un método terapéutico sea reconocido como eficaz? Haz estudios clínicos de calidad. Lo ideal son ensayos aleatorizados, doble ciego y controlados con placebo. Ese es el estándar de oro de la ciencia médica.

En las últimas décadas se han acumulado muchos de esos estudios sobre homeopatía. Los resultados, por decirlo suavemente, no impresionan. Grandes metaanálisis (cuando los científicos toman datos de decenas de estudios y los analizan en conjunto) muestran que la homeopatía funciona exactamente igual que el placebo. Es decir, no funciona.

De forma especialmente ilustrativa está un amplio informe de 2015 del consejo australiano de salud. Los investigadores revisaron 176 estudios sobre 68 enfermedades diferentes. La conclusión fue categórica: "No hay pruebas fiables de la eficacia de la homeopatía en ninguna enfermedad".

Llegaron a conclusiones similares la Asociación Médica Británica, la Asociación Médica Estadounidense y muchas otras organizaciones serias. Incluso en los raros casos en que estudios individuales parecían mostrar un efecto positivo, una revisión más detallada revelaba fallos metodológicos o falta de reproducibilidad.

Y hay una pauta interesante: cuanto mejor es la calidad del estudio, peor le va a la homeopatía. Cuanto más estricto el control y mejor el diseño experimental, menos diferencia hay entre los remedios homeopáticos y la pastilla inerte. Es un signo clásico de que no es el tratamiento lo que funciona, sino la psicología.

Lamentablemente, el problema de los trabajos científicos falsos en medicina se está volviendo cada vez más serio, lo que complica la tarea de separar los hechos científicos de las afirmaciones pseudocientíficas.

Efecto placebo: cuando la fe obra milagros

No se puede hablar de homeopatía sin tocar el tema del placebo. Es una de las cuestiones más fascinantes de la medicina: cuando una persona realmente mejora por una "falsa" medicina en la que cree sinceramente.

El placebo no es una invención ni un mero autoengaño. Es un fenómeno fisiológico real que puede medirse objetivamente. Cuando alguien toma un placebo, en su cerebro se liberan endorfinas (analgésicos naturales), se activan determinadas redes neuronales y puede disminuir el nivel de hormonas del estrés.

El placebo funciona especialmente bien con síntomas subjetivos: dolor, náuseas, depresión, ansiedad. Y son precisamente esos síntomas por los que con más frecuencia acuden a homeópatas. La persona toma las bolitas dulces, realmente se siente mejor y concluye lógicamente: el medicamento funcionó.

La potencia del placebo depende de muchos factores. Cuanto más caro parece el "medicamento", más eficaz es. Las inyecciones suelen ser más efectivas que las pastillas; las tabletas grandes causan mayor efecto que las pequeñas. Importan el color del envase, la autoridad del médico, el tiempo dedicado en la consulta e incluso la decoración de la clínica.

Hay que reconocer que los homeópatas saben explotar todo esto. Largas consultas, escuchar con atención todas las quejas, seleccionar un remedio "a la medida", nombres latinos bonitos: todo ello refuerza la creencia del paciente en el tratamiento y, por tanto, potencia el efecto placebo.

Pero el placebo tiene dos caras

Se podría pensar: perfecto, el placebo es útil porque al final lo importante es el resultado y al paciente le va mejor. Lamentablemente, no es tan sencillo. El efecto placebo tiene límites serios y efectos secundarios nada agradables.

En primer lugar, el placebo enmascara síntomas pero no cura la enfermedad. La persona se siente mejor mientras la enfermedad sigue avanzando. Esto es especialmente peligroso en diagnósticos graves: cáncer, problemas cardíacos, infecciones.

En segundo lugar, existe la otra cara: el efecto nocebo. Las expectativas negativas pueden empeorar de verdad el estado del paciente. Si la homeopatía no ayuda, la persona puede perder la esperanza de recuperarse.

En tercer lugar, se pierde tiempo valioso. Mientras el paciente se trata con "agua con memoria", la enfermedad progresa y luego puede requerirse una intervención mucho más seria y costosa.

Por qué la gente cree en la alternativa

Queda la pregunta: si no hay pruebas de eficacia, ¿por qué millones de personas en todo el mundo siguen comprando remedios homeopáticos? Y no se trata solo de gente poco informada: entre los seguidores de la medicina alternativa hay muchas personas inteligentes y formadas.

La primera razón es la desconfianza hacia la "gran industria farmacéutica" y la medicina oficial en general. Y es comprensible: escándalos por ocultación de efectos adversos, precios astronómicos de medicamentos, la actitud fría de algunos médicos empujan a buscar alternativas. La homeopatía se presenta como algo natural, seguro e individualizado, todo lo que a veces falta en la medicina convencional.

La segunda razón es la inclinación al pensamiento mágico. A mucha gente le atrae la idea de que la naturaleza es más sabia que la ciencia, que los saberes antiguos superan a la tecnología moderna. Dosis ultrabajas, memoria del agua, campos energéticos: todo suena misterioso y seductor frente a la apagada bioquímica con su estadística.

Como muestran estudios sobre la pseudociencia, la gente cree en estas teorías por varias razones: el impacto emocional es enorme y las concepciones pseudocientíficas suelen ofrecer respuestas reconfortantes a preguntas complejas.

La tercera razón es la atención personalizada. El médico corriente suele ir con el tiempo justo, sigue protocolos estrictos y no puede dedicar a cada paciente todo el tiempo que desearía. El homeópata, en cambio, hace consultas largas, pregunta detalladamente sobre síntomas, hábitos de vida y preocupaciones. La persona se siente escuchada y comprendida.

La cuarta razón es el temor a los efectos adversos. Los fármacos convencionales pueden causar reacciones no deseadas, mientras que los remedios homeopáticos parecen totalmente inocuos. Y formalmente es cierto: es difícil intoxicarse con agua.

Quién se beneficia

Conviene mencionar también el trasfondo económico. El mercado mundial de productos homeopáticos se valora en miles de millones de dólares. Producirlos sale barato —el ingrediente principal es gratuito (agua corriente)— y, sin embargo, los márgenes pueden ser enormes.

Además, las exigencias regulatorias para los productos homeopáticos suelen ser mucho más laxas que para los fármacos convencionales. No hace falta invertir en caros ensayos clínicos que prueben eficacia y seguridad. Basta demostrar que no hay componentes dañinos, lo cual es fácil cuando en la composición prácticamente no hay nada.

Muchas grandes farmacéuticas no desdeñan este negocio rentable. Incluso si la dirección sabe que vende placebos, la tentación de beneficio fácil puede superar consideraciones éticas. Formalmente no engañan a nadie: en el envase suele indicarse la composición y el grado de dilución.

Lamentablemente, los estafadores también explotan el sector sanitario. Como muestra la práctica, el fraude telefónico en el ámbito médico es un problema real: delincuentes se hacen pasar por médicos y tratan de vender medicamentos caros.

¿Tiene la homeopatía un lugar hoy?

Tras todo lo dicho, podría pensarse que soy un feroz opositor de la homeopatía. En realidad no es tan simple. Estoy en contra de usar la homeopatía en lugar de métodos probados ante enfermedades graves. Pero como complemento al tratamiento principal, como forma de potenciar el efecto placebo y mejorar la calidad de vida, ¿por qué no?

La condición principal es la honestidad. El paciente debe comprender que compra un placebo y no una pastilla mágica. El médico tiene la obligación de explicar que la homeopatía puede aliviar síntomas subjetivos pero no curar la enfermedad. Y bajo ninguna circunstancia se debe abandonar un tratamiento eficaz por una alternativa.

Curiosamente, en algunos países se adoptan enfoques pragmáticos. Por ejemplo, en el Reino Unido, tras estudios oficiales que mostraron la inutilidad de la homeopatía, muchas clínicas dejaron de ofrecerla con fondos públicos. Pero nadie impide que la gente compre productos homeopáticos con su propio dinero si así lo desea.

Hay otro aspecto. Estudiar la homeopatía podría ayudar a comprender mejor el efecto placebo y aprender a emplearlo de forma ética. Si logramos potenciar ese efecto con métodos honestos —mejorando la comunicación entre médico y paciente, creando un ambiente más acogedor en los hospitales y personalizando el enfoque— eso aportará un beneficio real.

Cómo no caer en las redes de la pseudociencia

La homeopatía es solo un ejemplo de cómo términos que suenan científicos pueden ocultar la falta de evidencia. Memoria del agua, efectos cuánticos, campos energéticos: son palabras de moda que impresionan a quienes están lejos de la ciencia.

¿Cómo protegerse de esas trampas? Hay reglas sencillas. Si le ofrecen un método "revolucionario" que por alguna razón es ignorado por la medicina oficial, conviene desconfiar. Los verdaderos avances no pasan inadvertidos para la comunidad científica.

Fíjese en cómo se presentan las "pruebas". Referencias a saberes antiguos, casos aislados de curación, teorías que contradicen principios básicos de la física o la biología: son señales de alarma. Las pruebas auténticas son ensayos clínicos robustos publicados en revistas revisadas por pares.

Extreme las precauciones si le aconsejan abandonar un tratamiento comprobado en favor de una alternativa. Complementar una terapia principal con métodos relativamente seguros es una cosa; sustituirla por completo es otra muy distinta.

Y recuerde: el escepticismo sano no es cinismo. Exigir pruebas de la eficacia de un tratamiento es su derecho y su deber. La medicina es un campo demasiado importante como para depender de la fe en lugar de los hechos.

Es importante tener en cuenta que los defraudadores emplean técnicas psicológicas cada vez más sofisticadas, por lo que el pensamiento crítico sigue siendo su mejor defensa contra el engaño.

En conclusión: ciencia contra fe

Volviendo al principio: ¿me arrepiento de haber comprado remedios homeopáticos en su día? No, no me arrepiento. Fue una lección útil: una lección de pensamiento crítico y de cuán fácil es engañarse cuando se desea creer en soluciones sencillas para problemas complejos.

La homeopatía es una especie de papel tornasol de la alfabetización científica de una sociedad. Mientras la gente esté dispuesta a pagar por agua creyendo en sus propiedades milagrosas, tendremos un problema con la comprensión del enfoque científico. Pero eso no es motivo para burlarse de quienes usan medicina alternativa ni para juzgarlos. Es mucho más importante explicar, mostrar y educar.

La medicina moderna, por supuesto, está lejos de ser perfecta. Tiene muchos problemas: precios altos, efectos adversos y, a veces, una actitud fría hacia los enfermos. Pero cuenta con una ventaja colosal: funciona. Los antibióticos vencen infecciones, las vacunas detienen epidemias, los cirujanos salvan vidas. No es magia; es el resultado de siglos de estudio riguroso del organismo humano.

Cada persona tiene derecho a elegir cómo tratarse. Pero esa elección debe ser consciente, basada en el entendimiento de los hechos reales y no en promesas hermosas. La salud es demasiado valiosa como para confiarla al azar o a la fe ciega. Confíe en la ciencia, no tema hacer preguntas y exija pruebas. Su salud lo merece.

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