Honestamente, lo que más me sorprende del mundo moderno no es que hayamos aprendido a volar al espacio ni a llevar supercomputadoras en el bolsillo. No. Me asombra que, junto a esos logros, hayamos logrado inventar tantos modos de autodestrucción que haría falta crear una categoría especial en el premio Darwin —para planetas enteros.
En los últimos años me he dedicado a investigar los riesgos existenciales. ¿Saben qué es eso? Son las amenazas que pueden o bien borrarnos por completo de la faz de la Tierra, o bien aplastarnos tanto que de nuestro nivel de vida actual sólo queden recuerdos en tablillas de piedra. Y la lista, se los aseguro, resultó formidable.
Hoy quiero compartir mi top personal de los diez principales candidatos a ser "la gota final". Algunos los hemos creado nosotros mismos —ya saben, de lo bueno se busca más. Otros nos los regaló generosamente el Universo, que, como resulta, no es precisamente un lugar amigable. Pero los une algo: todos son capaces de convertir nuestro planeta azul en otra roca sin vida flotando en el espacio.
Para empezar — ¿qué son los riesgos existenciales?
Antes de sumergirnos en la clasificación, aclaremos los términos. Un riesgo existencial no es sólo otra catástrofe más tras la que nos rascaremos la cabeza y seguiremos adelante. No, es una amenaza de otra magnitud.
Se trata de eventos que pueden o bien destruir por completo la civilización humana, o bien —lo que a veces es peor— privarnos para siempre de la capacidad de seguir desarrollándonos. Imaginen que retrocedemos a la Edad de Piedra y quedamos atrapados allí para siempre. ¿Divertida perspectiva, verdad?
Estas cuestiones las tratan en serio centros especializados —por ejemplo, en el Instituto para el Futuro de la Humanidad en Oxford o en el Centro para el Riesgo Existencial en Cambridge. Y créanme, esa gente no trabaja por ocio. Las estadísticas muestran: algunas de las amenazas de mi lista tienen posibilidades reales de materializarse ya en este siglo.
¿Por qué pensar en esto? Primero, estar advertido es estar preparado. Segundo, muchos riesgos pueden reducirse sustancialmente si se actúa ahora, y no cuando sea demasiado tarde. Y tercero —confieso— el tema es fascinante, siempre que no lo tomes demasiado a pecho.
Cómo elaboré este ranking
Antes de entrar en la lista, adelanto —esto es mi opinión personal, no el resultado de un estudio revisado por pares. Aunque se basa en el análisis de muchos datos y en evaluaciones de expertos.
Consideré tres factores principales: qué tan probable es el evento en los próximos cien años, qué daño potencial podría causar y —importante— si podemos hacer algo al respecto. Las amenazas con alta probabilidad y consecuencias catastróficas suben a la cima del ranking, aunque teóricamente tengamos formas de enfrentarlas.
Por cierto, deliberadamente excluí escenarios muy exóticos como una invasión extraterrestre o el despertar de dioses antiguos. No porque los considere imposibles, sino porque evaluarlos seriamente es impracticable.
10.º lugar: Cuando el espacio decide castigarnos
Empecemos con algo realmente impresionante: catástrofes cósmicas contra las que somos absolutamente impotentes. Una explosión de rayos gamma procedente de una estrella relativamente cercana puede destruir la capa de ozono de la Tierra en cuestión de segundos. ¿Resultado? Toda la vida asada por la radiación ultravioleta, como carne en la parrilla.
Buenas noticias: esos eventos son extremadamente raros y las probabilidades de "recibir" uno en los próximos miles de años son mínimas. Malas noticias: si ocurre, ni siquiera entenderíamos qué pasó. Un día, simplemente, dejaríamos de existir.
También entran en esta categoría choques con planetas errantes, explosiones de supernovas cercanas y otras "sorpresas" cósmicas. La probabilidad es ínfima, pero si ocurre —es definitivo. Por eso esta amenaza cerró la lista, aunque ocupe el último puesto.
9.º lugar: Yellowstone y sus colegas
La caldera de Yellowstone ha permanecido tranquila durante unos 640 mil años. Pero eso no significa que esté muerta; más bien acumula energía. Y la erupción de un súpervolcán no es lo que muestran las películas de Hollywood con espectaculares ríos de lava.
Imaginen: se expulsan a la atmósfera tanto polvo y gases que se desata un invierno volcánico prolongado. Puede durar años. La temperatura global bajaría varios grados, la luz solar quedaría bloqueada por las cenizas, la agricultura colapsaría y comenzaría una hambruna masiva.
Una erupción similar del volcán Toba hace unos 74 mil años casi acabó con nuestros antepasados: la población humana se redujo a unos pocos miles de individuos. Estuvimos al borde del abismo.
La probabilidad de una erupción de súpervolcán en los próximos cien años se estima en torno al 0,1%. Parece poco, pero las consecuencias serían catastróficas. Y lo peor es que aún no podemos prevenirlo, aunque sistemas de vigilancia como el Observatorio del Volcán Yellowstone trabajan sin descanso.
8.º lugar: Las rocas espaciales no descansan
Un asteroide de un kilómetro de diámetro ya puede arruinarnos la vida. Y si hablamos de uno de diez kilómetros, del tipo que mató a los dinosaurios, estamos ante prácticamente la garantía del final de nuestra civilización tal como la conocemos.
Por un lado, monitoreamos bastante bien la mayoría de los objetos potencialmente peligrosos gracias a programas como el Centro de Estudios de Objetos Cercanos a la Tierra de la NASA. Por otro lado, los asteroides pueden venir del cinturón de Kuiper o de la nube de Oort; en ese caso tendríamos muy poco tiempo para reaccionar.
La probabilidad de impacto de un "asesino de civilizaciones" en los próximos cien años es extremadamente baja —alrededor de 0,01%. Lo alentador es que las tecnologías de defensa planetaria progresan. Recientemente la NASA probó con éxito la misión DART, desviando la trayectoria del asteroide Dimorphos. Eso ofrece esperanza, aunque aún estamos lejos de un sistema de protección completo.
7.º lugar: Cuando la naturaleza se cansa de nosotros
¿Sabían que vivimos en la época de la sexta extinción masiva? La velocidad de pérdida de especies es ahora entre 100 y 1000 veces superior a la tasa natural. Y el responsable de este desastre se mira al espejo cada mañana.
La pérdida de biodiversidad no es sólo una mala noticia para los amantes de la naturaleza. Los ecosistemas funcionan como una gigantesca máquina de soporte vital: polinizan cultivos, purifican el agua, estabilizan el clima y prestan decenas de "servicios ecosistémicos". Sin ellos, nuestra civilización no podría funcionar.
Un ejemplo concreto: imaginen el colapso de poblaciones de abejas y otros polinizadores. Los rendimientos de muchos cultivos caerían drásticamente. Súmenle la degradación del suelo, la acidificación de los océanos y la destrucción de los arrecifes de coral —y el panorama se vuelve bastante sombrío.
Este proceso ya está en marcha y frenarlo será extremadamente difícil. Iniciativas internacionales como la Convención sobre la Diversidad Biológica intentan ralentizar las extinciones, pero por ahora no se observan grandes avances.
6.º lugar: Cuando la sociedad se desmorona como un castillo de naipes
A veces para el colapso de la civilización no hacen falta asteroides ni súpervolcanes: basta con que las personas dejen de entenderse. La historia está llena de sociedades desarrolladas que se derrumbaron desde dentro: el Imperio romano, la civilización maya, la Isla de Pascua... La lista es larga y aleccionadora.
Nuestro mundo moderno es increíblemente complejo y está tejido con miles de conexiones. Una falla grave en internet, en los sistemas financieros o en las cadenas de suministro globales puede desencadenar una reacción en cadena de colapso. Como fichas de dominó: cae una, luego la otra, y así sucesivamente.
Son especialmente peligrosos los escenarios de "tormenta perfecta", cuando varios crisis se superponen. Pandemia más crisis económica más desastres climáticos más inestabilidad política. ¿Suena familiar? Algo parecido vivimos entre 2020 y 2022, aunque no en su totalidad.
Es difícil estimar la probabilidad de un colapso social total en las próximas décadas, pero muchos investigadores la consideran significativa. Y lo especialmente inquietante es que predecir esos eventos es casi imposible.
5.º lugar: Cuando las biotecnologías se salen de control
Las biotecnologías avanzan a un ritmo aterrador. Lo que antes requería laboratorios con presupuestos millonarios hoy lo puede hacer un estudiante de biología con equipo de unos pocos miles de dólares. CRISPR, biología sintética, terapias génicas —todo ello ofrece oportunidades fantásticas, pero también nuevos riesgos.
La creación accidental de un patógeno altamente transmisible y letal ya no es ciencia ficción, sino una amenaza real. Estudios de "aumento de funciones" en virus se realizan oficialmente en decenas de laboratorios en todo el mundo. La intención es noble: entender mejor las pandemias para combatirlas. Pero ¿y si algo sale mal?
Los escenarios aún más aterradores implican la creación deliberada de armas biológicas. Un grupo terrorista o incluso un individuo fanático podría, en teoría, diseñar un patógeno capaz de aniquilar a una parte significativa de la humanidad. Instrucciones están parcialmente accesibles en fuentes abiertas, y el equipo necesario se abarata cada año.
Acuerdos internacionales como la Convención sobre Armas Biológicas intentan mantener la situación bajo control, pero en la era de la "biotecnología de garaje" su eficacia plantea serias dudas.
4.º lugar: Pandemias que nos podrían "aniquilar"
El COVID-19 demostró claramente que la humanidad sigue siendo vulnerable a las pandemias, a pesar de los avances médicos. Pero imaginen un virus con la transmisibilidad del sarampión y la letalidad del ébola: obtendrán un escenario capaz de derribar nuestra civilización.
Las pandemias naturales han acompañado a la humanidad a lo largo de su historia. La peste negra del siglo XIV mató a un tercio de la población europea. La gripe española de 1918 causó entre 50 y 100 millones de muertes. Y eso en tiempos con mucha menor conectividad y densidad poblacional.
Hoy las condiciones para la propagación de pandemias son aún más favorables: megaciudades con millones de habitantes, vuelos internacionales que pueden transportar una infección alrededor del mundo en un día, creciente resistencia a los antibióticos... Todo ello crea la tormenta perfecta para una catástrofe global.
Son especialmente peligrosas las infecciones zoonóticas, las que saltan de animales a humanos. Según expertos, en la naturaleza circulan entre 631 mil y 827 mil virus desconocidos con potencial de infectar a humanos. Y sólo hemos estudiado una fracción diminuta.
Organizaciones como la OMS y CEPI trabajan en sistemas de alerta temprana y en el desarrollo de vacunas universales, pero aún estamos lejos de contar con una protección verdaderamente fiable.
3.º lugar: El clima decide asarnos
Sí, sé que el tema climático ya cansa a muchos. Pero dejemos de lado las charlas sobre coches eléctricos y veamos el potencial colapso de la civilización tal como la conocemos.
Los modelos climáticos modernos contemplan escenarios con un calentamiento de 3 a 5 grados para finales de siglo. Eso no es solo "veranos más calurosos". Significa aumento del nivel del mar por metros, desertificación de vastas áreas, colapso de los monzones de los que dependen miles de millones de personas.
Pero lo verdaderamente aterrador son los escenarios de "bombas climáticas de tiempo retardado": realimentaciones positivas que pueden desencadenar un calentamiento descontrolado. El deshielo del permafrost libera metano. La pérdida de hielo ártico reduce la capacidad del planeta para reflejar la luz solar. La Amazonia pasa de sumidero de carbono a fuente emisora.
Si esos procesos se inician simultáneamente, podríamos obtener una "Tierra invernadero" con temperaturas incompatibles con la existencia de una civilización avanzada. Algunos investigadores creen que el punto de no retorno podría alcanzarse con solo 2 grados de calentamiento. Y vamos rápidamente hacia ese umbral.
Los esfuerzos internacionales contra el cambio climático, incluido el Acuerdo de París, aún están lejos de lo necesario. Y el tiempo, como suele decirse, no espera.
2.º lugar: IA que supera a sus creadores
Según encuestas entre expertos en inteligencia artificial, la probabilidad de crear una AGI (inteligencia artificial general) para 2030 es de alrededor del 10%, y para 2050 sube al 50%. Aquí es donde las cosas se ponen interesantes: ¿qué pasará cuando construyamos un sistema que supere al ser humano en todas las tareas intelectuales?
El problema no es que la IA se vuelva malvada y quiera destruirnos —eso es un cliché de Hollywood. El peligro real es que la IA sea indiferente a los valores humanos. Imaginen un sistema encargado de maximizar la producción de clips y que decide reciclar toda la materia del planeta en clips, incluyéndonos a nosotros. Desde su punto de vista, ¡es lógico!
Esto se llama "el problema del alineamiento": ¿cómo garantizar que los objetivos de una IA superinteligente coincidan con los humanos? Y, de momento, nadie sabe cómo resolverlo correctamente. Además, muchos investigadores opinan que tenemos una sola oportunidad para hacerlo bien: si la primera AGI resulta incontrolable, corregir el error será imposible.
Preocupa especialmente la velocidad del avance tecnológico. Hace cinco años las capacidades de los modelos de lenguaje actuales parecían pura fantasía. Si ese ritmo continúa, la AGI puede estar más cerca de lo que pensamos.
Centros de investigación como el Centro de Investigación sobre Alineamiento y la empresa Anthropic trabajan en la seguridad de la IA, pero los recursos destinados a esta área son mucho menores que los invertidos en desarrollar sistemas aún más potentes. Lo que, admitámoslo, inquieta.
1.º lugar: Las buenas y viejas armas nucleares
Y llegamos al vencedor de mi lúgubre lista: la guerra nuclear. Tal vez algunos se sorprendan: ¿por qué esta amenaza "anticuada" de la Guerra Fría ocupa el primer puesto? Ahora lo explico.
Primero, las armas nucleares no han desaparecido. Hoy existen en el mundo unas 13 mil ojivas nucleares —más que suficientes para destruir la civilización varias veces. Segundo, el número de potencias nucleares sigue aumentando: a los cinco "tradicionales" se han sumado India, Pakistán y Corea del Norte, y Irán trabaja activamente en su propio programa.
Pero lo más importante es que una guerra nuclear puede empezar en cualquier momento por un simple error, una falla técnica o una cadena desafortunada de circunstancias. La historia registra decenas de episodios en los que el mundo estuvo literalmente colgando de un hilo: desde el acto heroico de Vasili Arkhipov durante la Crisis de los Misiles en Cuba hasta la falsa alarma en el sistema de alerta soviético en 1983.
Investigaciones modernas muestran algo aterrador: incluso una guerra nuclear "limitada" entre India y Pakistán produciría una nube nuclear global, colapsos agrícolas y hambruna que podrían matar hasta dos mil millones de personas. Un intercambio a gran escala entre EE. UU. y Rusia significaría, de hecho, el fin de la civilización humana. Punto.
Al mismo tiempo, el riesgo de guerra nuclear crece constantemente. El desmantelamiento de los sistemas de control de armamentos, la aparición de armas hipersónicas, ciberataques contra sistemas de alerta temprana y la creciente tensión entre potencias nucleares —todo ello hace que lo "impensable" sea cada vez más probable.
Según estimaciones de expertos, la probabilidad de una guerra nuclear en las próximas décadas oscila entre el 1% y el 10%. Puede parecer una cifra pequeña, pero cuando está en juego la supervivencia de toda la civilización, incluso un 1% es catastrófico.
¿Y ahora qué — hay esperanza?
Tras un listado tan sombrío apetece cerrar con una nota positiva, pero, sinceramente, motivos para el optimismo hay pocos. La mayoría de las amenazas de mi lista o bien aumentan con el tiempo o se mantienen en niveles peligrosos. Y lo que más desanima es que muchas las hemos creado con nuestras propias manos.
Pero también hay momentos de luz. La humanidad ya ha demostrado su capacidad para afrontar desafíos globales: erradicamos la viruela, evitamos la destrucción de la capa de ozono y durante la Guerra Fría logramos evitar una guerra nuclear. Quizá podamos enfrentar también estas nuevas amenazas. Al menos, vale la pena creerlo.
La clave está en comprender los riesgos y en trabajar para reducirlos desde hoy, no cuando truene. Invertir en investigación sobre seguridad de la IA, desarrollar sistemas de alerta temprana para pandemias y fortalecer la cooperación internacional en el control de armamentos —todo ello puede reducir significativamente la probabilidad de catástrofe.
Y recuerden: conocer estos riesgos no es motivo para entrar en pánico, sino la base para actuar con sensatez. Al fin y al cabo, llevamos 75 años conviviendo con armas nucleares, sobrevivimos a la pandemia de COVID-19 durante varios años y la humanidad aún está aquí. Tal vez nuestra especie sea más resistente de lo que creemos.
Pero por si acaso, vale la pena apresurarse a resolver estos problemas. Porque, a diferencia de los héroes de los videojuegos, no tenemos vidas extra.