Premio Nobel de Literatura 2025: por qué se le otorgó a László Krasznahorkai

Premio Nobel de Literatura 2025: por qué se le otorgó a László Krasznahorkai

En 2025, el Premio Nobel de Literatura fue concedido al escritor húngaro László Krasznahorkai —autor de potentes, casi hipnóticos novelas sobre personas y comunidades al borde del colapso. La formulación de la Academia Sueca dice: «por una obra convincente y visionaria que, en medio del horror apocalíptico, afirma la fuerza del arte». Si desea comprobar los detalles o ver el anuncio oficial, todo está disponible en el sitio del Comité Nobel.

Krasznahorkai no es de esos autores que se leen en el metro entre paradas. Sus frases se extienden media página, la atmósfera se condensa lentamente como la niebla, y a veces la trama parece secundaria frente a la manera en que todo se cuenta. Pero si se encuentra el ritmo, esa lectura atrapa —como un acorde musical prolongado que sostiene y no suelta.

Quién es Krasznahorkai y por qué esta decisión tiene sentido

László Krasznahorkai es un novelista húngaro, nacido en 1954, que vivió largo tiempo entre Hungría y Alemania y viajó mucho por Asia. Su prosa es una mezcla de ópticas europeas y orientales: por un lado, la tradición del modernismo centroeuropeo con su inquietud e ironía; por otro, la influencia de la filosofía china y japonesa, que se percibe en la disciplina, la contemplación y la atención al detalle. Una biografía detallada puede consultarse en la ficha oficial del galardonado.

Libros emblemáticos: Sátántangó, Melancolía de la resistencia, El regreso del barón Wenckheim. No son solo historias sombrías sobre descomposición: tras el tono severo se siente la compasión por quienes todo les cruje, y una esperanza cautelosa que no puede arrancarse. Krasznahorkai sabe convertir la ansiedad de una época en oraciones largas y respiradas sin puntuación innecesaria —y eso suena como música.

¿Por qué ahora? Vivimos en una tormenta informativa donde es fácil perder el sentido y el lenguaje común. Krasznahorkai no ofrece respuestas prefabricadas, pero sabe dar forma al caos: observa con atención, lleva el pensamiento hasta el límite y muestra dónde se nos ha roto la conexión. Esa es la «fuerza del arte» a la que alude la Academia. No es un ánimo optimista del tipo «todo saldrá bien», sino una mirada honesta sobre cómo hablar del mundo cuando las palabras habituales dejan de funcionar.

Su elección no es solo un premio a un autor. Es una señal: la literatura puede ser compleja, lenta y exigente —y al mismo tiempo humana y necesaria. En la era en que todo quiere ser instantáneo y comprensible a primera vista, el comité del Premio Nobel recuerda que hay cosas para las que la prisa está contraindicada.

Los temas de sus libros en lenguaje humano

Detrás de la palabra «visionario» en Krasznahorkai hay cosas concretas: pequeños pueblos y aldeas al borde del derrumbe, comunidades fatigadas, rumores y miedos que se convierten en personajes por derecho propio. Muestra cómo se agrieta la confianza cívica, cómo política y vida cotidiana se mezclan en una grisura pegajosa, y cómo aun así la gente sigue buscando apoyo —en la música, la memoria, la amistad, una extraña fe en el orden.

Una escena típica en Krasznahorkai es cuando «no pasa nada», pero la tensión zumbra en el aire. El autor estira el momento como una cuerda: el viento golpea las contraventanas, alguien murmura media frase, la lluvia golpea el techo, y de pronto uno se siente inquieto. No es una novela de acción ni un policial. Es una lectura lenta que exige sintonía —como la música de cámara o el cine de autor. Pero si se encuentra el ritmo, el texto actúa casi físicamente.

A pesar de la oscuridad, en estos libros hay una ética serena: no ceder a la histeria, mirar las cosas de frente y hablar con franqueza. Sin esperanzas pancartas ni poses proféticas. Por esa honestidad —y por la capacidad de mantener el tono incluso donde todo se derrumba— fue reconocido.

Y sí, tiene un humor seco. Donde la situación roza el esperpento, no guiña el ojo, sino que deja que los hechos se ordenen —y se vuelve simultáneamente gracioso y aterrador. Es un trabajo sutil que no tolera la lectura apresurada. Hace falta tiempo para captar la entonación, atrapar las pausas y ver cómo el autor coloca los acentos.

Por qué la elección tocó el nervio de la época

La palabra «apocalíptico» en la formulación de la Academia no trata de jinetes ni cometas. Habla de la cotidianidad que se resquebraja sin aviso: las instituciones dicen las palabras correctas pero dejan de funcionar, los vecinos viven junto a usted pero no se escuchan, y rumores y realidad marchan a la par. ¿Reconocible? Por eso este Nobel no es un galardón para estetas en una torre de marfil, sino una conversación sobre nosotros.

El premio ilumina la experiencia centroeuropea, donde inquietud e ironía conviven. Krasznahorkai registra ese nervio con cuidado: no romantiza ni lo convierte en meme, deja hablar a los detalles. Sus personajes no son superhéroes ni víctimas, sino gente corriente en situaciones donde la lógica habitual deja de funcionar. Y cómo intentan conservar la dignidad o al menos el sentido común se vuelve el drama central.

Es también un recordatorio de que la literatura no tiene la obligación de complacer. Puede ser compleja pero hospitalaria; lenta pero precisa; sombría pero humana. Exactamente como la hace Krasznahorkai. En un mundo en que los algoritmos nos sugieren gustos y los libros a menudo se escriben según una fórmula de éxito, la elección de la Academia apuesta a que los lectores todavía están dispuestos al esfuerzo. Y que ese esfuerzo vale la pena. El texto íntegro del comunicado de prensa explica esta lógica con más detalle.

Por dónde empezar a leer: una breve hoja de ruta

Sátántangó es una novela sobre el desmoronamiento de una comunidad y la manipulación de la esperanza. Marca el ritmo y el método del autor: escenas largas, atmósfera densa, moral difusa. Si se aguantan las primeras treinta o cuarenta páginas, luego será más fácil. Es como entrar en agua fría: al principio incómodo, luego uno se acostumbra y ya no quiere salir.

Melancolía de la resistencia: la ciudad deja entrar el miedo como la niebla, la confianza cívica resulta más frágil de lo que parecía. Se lee «dolorosamente dulce»: la tensión crece casi físicamente. Es un libro sobre cómo los rumores se vuelven realidad y la realidad se transforma en pesadilla despierta. Y, aun así, contiene momentos de sorprendente ternura.

El regreso del barón Wenckheim pertenece a un periodo tardío, con más autoironía, dolor más sutil e intención más clara. Buen punto de entrada si se busca una óptica más suave sin perder profundidad. Aquí Krasznahorkai ya no solo muestra la descomposición, sino que reflexiona sobre qué significa intentar sostener algo.

El cine con Béla Tarr es otra historia. Las películas Sátántangó y La armonía de Werckmeister (adaptación de Melancolía de la resistencia) no facilitan la tarea, pero ayudan a afinar el oído: planos largos, monocromo, combustión lenta. Tras verlas, la prosa se lee con más claridad, porque uno ya comprende el tempo del mundo de Krasznahorkai. Más sobre su obra y traducciones puede encontrarse en la página de biobibliografía.

Cómo leer para no abandonar

Intente leer las primeras páginas en voz alta. Ayuda a captar la respiración de las frases. Krasznahorkai escribe de modo que sus oraciones se parecen a frases musicales —con subidas, bajadas y pausas. En cuanto el ritmo «encaja», la resistencia baja.

Deténgase por sentido y no por puntos. Con este autor es normal «atascarse» en medio de una oración. Si pierde el hilo, vuelva al párrafo anterior y empiece de nuevo. No es necesario avanzar heroicamente si ya no entiende; mejor retroceder y seguir más despacio.

No persiga la trama. Aquí importa más la atmósfera y el movimiento del pensamiento —como en la música. Renuncie a esperar persecuciones y desenlaces, y será más llevadero. Krasznahorkai no construye intriga en el sentido habitual: sumerge en un estado, y ese estado es el contenido principal.

Alterne las cargas. Tenga a mano un libro más ligero para cambiar de registro, en vez de caer en la procrastinación. Krasznahorkai no es una maratón de resistencia, sino más bien una serie de sprints con descansos. Lean un capítulo y tómense una pausa; vuelvan después.

Póngase acuerdos consigo mismo. Microobjetivos de quince a veinte páginas ayudan a no agotarse ni perder el hilo. Es preferible leer poco pero con regularidad que intentar tragarse todo de una y abandonar a mitad.

Por qué esto importa para todos nosotros

El Premio Nobel no trata de la obra más popular, sino de qué conversación le resulta más importante a la literatura hoy. La elección de 2025 invita a la lectura pausada y al habla reflexiva en una época que busca lo inmediato. Lo complejo no equivale a cerrado. Lo sombrío no equivale a desesperanzado.

Krasznahorkai fue premiado por la búsqueda honesta y tenaz de un lenguaje para describir momentos en que el mundo parece al borde. Por no simplificar, no consolar con baratijas y no convertir la tragedia en espectáculo. Porque su prosa exige esfuerzo —pero ese esfuerzo se justifica, ya que al final uno ve con más claridad y oye con más sutileza.

En pocas palabras: ese lenguaje existe, y se puede escuchar si uno se permite leer despacio. Sin prisa, sin esperar un catarsis rápido, sin exigir que la obra «enganche» de inmediato. Simplemente darle tiempo —y darnos tiempo a nosotros. En un mundo que se acelera, eso es casi un acto revolucionario.

Para quienes quieran saber más sobre el galardonado, en el sitio oficial del Premio Nobel hay un resumen detallado, entrevistas grabadas e información sobre la ceremonia. Mientras tanto, nosotros elegimos un libro, servimos té y probamos ese modo lujoso de leer sin prisa.

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