¿Con qué frecuencia ha escuchado la frase: «Bueno, actuó así porque otro hizo algo peor»? O tal vez se sorprendió justificando sus propias acciones por los errores de otros. Yo, como muchas personas, me he encontrado con esto en la vida cotidiana. Este fenómeno es tan común que a veces parece normal. Pero ¿realmente es así? ¿Por qué justificamos con tanta facilidad nuestras acciones a partir de las de otros, y a qué puede conducir eso?
Raíces psicológicas de las justificaciones: mecanismos de defensa y autoengaño
En primer lugar, vale la pena pensar en los mecanismos psicológicos que están detrás de las justificaciones. La psicología hace tiempo que estudia cómo las personas usan mecanismos de defensa para evitar emociones desagradables y el sentimiento de culpa. Las justificaciones son uno de esos mecanismos. La racionalización, la proyección y la negación nos permiten desviar el foco de nuestras propias acciones hacia las acciones de otros. Por ejemplo, la racionalización es el intento de explicar nuestras acciones lógicamente, aunque en el fondo haya motivos puramente emocionales o irracionales. Podemos decir: «Actué así porque él hizo algo peor» para calmar la conciencia, pero en realidad esto es solo una forma de evitar reconocer la propia culpa.
La proyección funciona de otro modo: atribuimos a otras personas cualidades o actos negativos que en realidad son nuestros. Esto permite esquivar el reconocimiento de la propia responsabilidad. Por ejemplo, si alguien incumplió una promesa, podemos justificar nuestro propio incumplimiento pensando que «otros también lo hacen».
La negación es otro mecanismo poderoso, por el que la persona se niega a reconocer la realidad de sus actos. Por ejemplo, alguien puede convencerse de que sus acciones no fueron tan malas porque «fue una medida forzada» o «todos lo hacen así».
La educación desempeña un papel importante en la formación de la inclinación a justificar. En la familia y en la sociedad absorbemos patrones de conducta que luego proyectamos en nuestra vida. Si en la infancia vemos que padres o figuras de autoridad justifican sus actos apelando a las acciones de otros, lo aceptamos como norma. Al crecer, adoptamos esos modelos de conducta y empezamos a usarlos en nuestra vida sin pensar en las consecuencias.
El miedo a la responsabilidad es otro factor que nos empuja a buscar justificaciones. Admitir un error o una conducta indebida requiere fuerza de voluntad y valor. Muchas personas temen las consecuencias, por lo que es más fácil encontrar una excusa y echar la culpa a otros que asumir la responsabilidad. Este miedo está relacionado con el temor a ser juzgado o castigado, así como con el conflicto interno entre el yo ideal y el yo real.
Aspectos sociales del problema: influencia de la sociedad en la conducta individual
La presión de grupo es otro aspecto importante que influye en nuestra propensión a justificar. Cuando estamos en un colectivo donde cierta conducta se considera normal, sentimos la presión de ajustarnos a esa norma. Por ejemplo, en algunos entornos laborales puede ser habitual eludir normas o infringir normas éticas. En tales condiciones, justificar nuestras acciones se convierte en una manera de «encajar» en el grupo y evitar el conflicto con los demás.
Las particularidades culturales también influyen en la tendencia a justificar. En diferentes culturas se perciben de manera distinta conceptos como la responsabilidad personal, la culpa colectiva y el individualismo. En culturas con valores colectivistas, las personas pueden justificar sus acciones con más frecuencia apelando a los intereses colectivos o a las acciones del grupo. En culturas individualistas, en cambio, puede haber mayor énfasis en la responsabilidad personal, aunque allí también se usan las justificaciones para preservar el estatus social o evitar críticas.
La política es otro ámbito donde las justificaciones tienen un papel importante. Líderes y actores políticos a menudo utilizan justificaciones para lograr sus objetivos. Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial los dirigentes nazis alegaron la necesidad de defenderse de amenazas externas y de «fuerzas hostiles». Esas justificaciones se usaron para legitimar crímenes masivos y genocidio, con consecuencias trágicas para millones de personas. En política, las justificaciones suelen buscar manipular la opinión pública y legitimar actos que en otras circunstancias serían condenados.
Literatura y cine: reflejo del tema de las justificaciones en la cultura
La literatura y el cine suelen abordar el tema de justificar malos actos y muestran a qué puede conducir eso. Un ejemplo destacado es la novela de Fiódor Dostoievski «Crimen y castigo». El protagonista, Rodión Raskólnikov, justifica el asesinato de la vieja usurera con la idea de una «justicia superior». Está convencido de que su acto está justificado porque persigue un bien mayor. Sin embargo, sus justificaciones no le traen paz interior, sino que aumentan su sufrimiento moral y conducen a una catástrofe personal.
La literatura contemporánea también toca este tema. En la novela de George Orwell «1984», los personajes viven en un mundo donde las justificaciones se vuelven norma. El Partido justifica sus represiones y el control sobre la sociedad apelando a la necesidad de protección frente a enemigos, lo que conduce a la total deshumanización y a la pérdida de referencias morales.
El cine no queda atrás en el estudio de este tema. En la película «El abogado del diablo» el protagonista, el abogado Kevin Lomax, justifica sus acciones inmorales diciendo que simplemente realiza su trabajo. Al final, eso lo conduce a su caída moral y a la destrucción de su vida. La película muestra lo fácil que es deslizarse hacia la justificación de los propios actos si no se reflexiona sobre sus consecuencias.
Ejemplos históricos: lecciones del pasado sobre las consecuencias de las justificaciones
La historia está llena de ejemplos en que las justificaciones condujeron a consecuencias catastróficas. La Segunda Guerra Mundial y las justificaciones empleadas por los dirigentes nazis en los procesos de Núremberg son un ejemplo evidente de lo peligroso que es atribuir la culpa a otros y justificar los propios crímenes. Esas justificaciones no solo no eximieron de culpa a los responsables, sino que mostraron al mundo lo destructivas que pueden ser esas trampas lógicas.
Durante la Guerra Fría, ambas superpotencias justificaron la carrera armamentista y la intervención en asuntos de otros países alegando la necesidad de defensa ante un enemigo. Esa justificación produjo décadas de miedo, inestabilidad y conflictos en todo el mundo.
Conclusión: camino hacia la responsabilidad personal y el crecimiento moral
Cuando justificamos nuestros actos culpando a otros, no solo perdemos nuestras referencias morales, sino que contribuimos a la difusión de esa práctica destructiva en la sociedad. Los mecanismos psicológicos, los factores sociales y las características culturales desempeñan un papel importante en por qué las personas recurren con tanta frecuencia a las justificaciones. La literatura, el cine y la historia demuestran con claridad que las justificaciones basadas en las faltas ajenas suelen llevar a consecuencias negativas, ya sea degradación personal o catástrofes globales.
En lugar de buscar excusas en los errores de otros, es preferible asumir la responsabilidad por nuestras acciones y aspirar a estándares más elevados. Al fin y al cabo, cada uno de nosotros es responsable únicamente de sus propios actos, y solo nosotros decidimos cómo serán. Las justificaciones son una forma de escapar de la verdad, pero es la aceptación de la responsabilidad la que nos da la oportunidad de crecer y desarrollarnos como personas.