Por qué el término «persona espiritual» puede tener connotaciones negativas

Por qué el término «persona espiritual» puede tener connotaciones negativas
La concepción de la espiritualidad se asocia inicialmente con algo luminoso y elevado: es la búsqueda de la verdad, la armonía y la paz interior. Pero en el mundo moderno, donde las palabras con facilidad pierden su profundidad por repetición infinita, el término "persona espiritual" puede implicar no solo connotaciones positivas, sino también peligros ocultos para nuestra percepción de la realidad.

En primer lugar, conviene señalar que la espiritualidad es un proceso íntimo relacionado con el autoconocimiento, el descubrimiento de contradicciones internas y la búsqueda de sentido en la vida. Es único para cada persona, ya que se apoya en su experiencia personal, sus convicciones y su interpretación del mundo. No obstante, cuando alguien se define como espiritual, puede, sin darse cuenta, devaluar el propio proceso de búsqueda, transformándolo en una etiqueta o incluso en una máscara. Si la espiritualidad se convierte en un distintivo social, pierde autenticidad y pasa a ser un gesto ostentoso.

Además, al identificarse como "persona espiritual", alguien puede caer en la trampa del autoengaño y del egoísmo. Surge la paradoja: la aspiración a la espiritualidad, que en esencia debería disolver el egocentrismo y la ambición de superioridad, con frecuencia los refuerza. El deseo subconsciente de ser "mejor", "superior" o "más consciente" hace que la espiritualidad se convierta en una herramienta para afirmar la propia superioridad sobre los demás. Esa persona puede usar prácticas y conocimientos espirituales para distanciarse de su entorno, considerándolo "menos iluminado" o "poco consciente".

Aquí se halla el problema clave: la sustitución de conceptos. La espiritualidad no es un estatus ni un punto final que se pueda alcanzar, sino un movimiento continuo, un proceso de conciencia de los propios conflictos internos y de búsqueda de armonía con el mundo. Cuando el término "persona espiritual" se usa como marcador social o moral, pierde su valor esencial. Dejamos de ver la espiritualidad como un camino y empezamos a percibirla como algo que se puede "obtener" y llevar como insignia.

Además, el uso de este término suele ir acompañado de estereotipos y expectativas. Se tiende a pensar que la persona espiritual debe ser dócil, tolerante, siempre equilibrada y en armonía consigo misma. Sin embargo, en la práctica, eso puede ser solo una máscara que oculta la realidad: la espiritualidad suele implicar lucha interna, reconocimiento de las propias deficiencias y enfrentamiento con verdades difíciles sobre uno mismo. La verdadera espiritualidad supone admitir la imperfección, tanto propia como del mundo circundante, y eso no siempre resulta bello ni sereno.

En consecuencia, el término "persona espiritual" puede distorsionar la comprensión real de lo que es la espiritualidad. Crea la ilusión de que el desarrollo espiritual es un atributo externo que se puede exhibir, en lugar de un proceso íntimo que exige trabajo, autoanálisis y, a veces, cambios dolorosos. Es un recordatorio más de que las palabras tienen poder para unir, pero también para separar, sobre todo cuando pierden su hondura y autenticidad.

La verdadera espiritualidad no es un título ni un estatus que uno se pueda atribuir. Es un movimiento incesante en la búsqueda de uno mismo, una humildad ante la propia complejidad y la capacidad de percibir el mundo tal como es, sin máscaras ni ilusiones.
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