Imagine que tiene en las manos un manuscrito antiguo, o un fragmento de tela de una tumba egipcia, o una máscara de madera de una civilización desconocida. ¿Cómo conocer su antigüedad? La ciencia moderna nos ofrece una herramienta sorprendente: el análisis por radiocarbono, un método que permite mirar al pasado con una precisión de varias décadas.
¿Cómo funciona?
En la base del método está un fenómeno natural sorprendente. En la alta atmósfera, bajo la acción de los rayos cósmicos, se forma constantemente un tipo de carbono radiactivo: el carbono‑14. Se mezcla con el carbono normal en el aire, entra en las plantas mediante la fotosíntesis y, a través de la cadena alimentaria, llega a todos los organismos vivos. Mientras un organismo está vivo, la proporción entre el carbono ordinario y el carbono‑14 se mantiene constante. Pero en cuanto la vida cesa, el carbono‑14 empieza a desintegrarse a una velocidad muy estable: su cantidad se reduce a la mitad cada 5730 años.
Midiendo la cantidad de carbono‑14 que queda en materiales orgánicos antiguos, los científicos pueden determinar cuánto tiempo ha pasado desde la muerte del organismo. Esto funciona con madera y tejidos, así como con pergamino, huesos, carbones de antiguas hogueras y cualquier material que en algún momento formara parte de un ser vivo.
Entre la ciencia y la fe
El análisis por radiocarbono se ha visto a menudo en el centro de acalorados debates, especialmente cuando se trata de datar objetos religiosos. El ejemplo más conocido es la investigación de la Sábana Santa de Turín, la tela en la que, según la tradición, quedó impresa la faz de Jesucristo. En 1988, tres laboratorios independientes determinaron que la tela había sido confeccionada entre 1260 y 1390 de nuestra era, lo que provocó un intenso debate en comunidades religiosas.
Para algunos creyentes, los resultados del análisis por radiocarbono suponen un desafío, sobre todo cuando se utilizan para datar artefactos bíblicos o para establecer la antigüedad de asentamientos antiguos mencionados en textos sagrados. Sin embargo, muchos teólogos y estudiosos religiosos no ven en este método una amenaza para la fe, sino una herramienta para comprender mejor el contexto histórico de los textos sagrados.
Por supuesto, el método tiene sus limitaciones. Solo trabaja con materiales orgánicos y ofrece resultados fiables para objetos que no sean más antiguos de aproximadamente 50.000 años. La precisión puede verse afectada por diversos factores: contaminación de las muestras, cambios en el contenido de carbono‑14 en la atmósfera en el pasado y la influencia de las pruebas nucleares en el siglo XX. Pero los científicos han aprendido a tener en cuenta estos factores mediante complejos sistemas de calibración.
El análisis por radiocarbono ha dado varias sorpresas a historiadores y arqueólogos. Gracias a él supimos que algunas pirámides egipcias son más antiguas de lo que se pensaba y que los primeros asentamientos de agricultores en Europa aparecieron antes de lo estimado. También permitió datar con mayor precisión manuscritos antiguos, incluidos los famosos rollos del Mar Muerto.
Este método es más que una herramienta científica: es un puente que nos conecta con el pasado y nos permite escuchar las voces de civilizaciones desaparecidas. Ayuda a comprender mejor la historia de la humanidad, el desarrollo de culturas y religiones y la evolución de la sociedad. Para las personas religiosas puede ser una vía para profundizar en la comprensión de textos y artefactos sagrados. El conocimiento científico no tiene por qué contradecir la fe; puede enriquecerla al ofrecer nuevas perspectivas para interpretar verdades antiguas.
En última instancia, el análisis por radiocarbono nos recuerda que en la propia naturaleza, en los átomos que componen todo lo vivo, está escrita la historia de nuestro mundo. Y la ciencia nos da la posibilidad de leer esa historia, página a página, átomo a átomo.