Cómo Darwin y Dickinson cambiaron el mundo: cuando la ciencia y la poesía se unen

Cómo Darwin y Dickinson cambiaron el mundo: cuando la ciencia y la poesía se unen


Doscientos años atrás existían fuertes prejuicios de género en la educación. Se animaba a las niñas a estudiar las ciencias naturales, consideradas apropiadas para ellas, mientras que a los niños se les orientaba hacia las lenguas clásicas y las carreras profesionales. Charles Darwin en la Universidad de Cambridge estudió teología para obtener las órdenes clericales, no biología, porque la universidad entonces no ofrecía un grado en disciplinas científicas. Su familia y sus profesores consideraban las aficiones de Darwin —los insectos, los experimentos químicos caseros y la botánica— como signos de conducta indisciplinada y de descuido de la gramática latina. Curiosamente, Emily Dickinson, la poetisa conocida de la época, tuvo mayor acceso a la educación científica que Darwin, ya que en Massachusetts se alentaba activamente a las niñas a estudiar materias como geología, química, astronomía y botánica.

Hoy la situación ha cambiado radicalmente. La ciencia, especialmente las áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), suele presentarse como un ámbito frío y meramente racional, más adecuado para los hombres. Al mismo tiempo, el arte a menudo se percibe como un ámbito más emocional y "femenino". Esta visión contemporánea es tan errónea y sesgada como los estereotipos de género del siglo XIX sobre la división de los campos del conocimiento.  

En 1833, en una reunión de la British Association for the Advancement of Science, el poeta romántico Samuel Taylor Coleridge criticó el naciente método científico por ser demasiado mecanicista y carente de sensibilidad. En respuesta, William Whewell, joven profesor de Cambridge, propuso usar el nuevo término "científico" en lugar del anticuado "filósofo natural", ya que muchas personas que investigaban la naturaleza en ese tiempo eran mujeres, por ejemplo Mary Somerville, cuya obra "On the Connection of the Physical Sciences" fue el libro científico de mayor venta desde su publicación en 1834 hasta la aparición de "El origen de las especies" de Darwin en 1859.

Con el tiempo, cuando los historiadores miraron atrás al proceso de separación del arte y la ciencia en dos culturas supuestamente opuestas, los valores y la percepción de esos ámbitos cambiaron de forma significativa. Hoy puede resultar sorprendente que fueran precisamente figuras del arte las que inicialmente promovieron esa separación, considerándolo degradante estar vinculadas con quienes entonces se percibían como aficionados y diletantes de la ciencia.

El sociólogo Max Weber describió el "desencanto" como la creencia de que todo en el mundo natural puede ser comprendido y sometido racionalmente al control humano, y que los misterios, las maravillas y las emociones no tienen cabida en el pensamiento científico. Sin embargo, la historia real del desarrollo de la ciencia fue mucho más compleja y plural. Hace doscientos años artistas, poetas e incluso clérigos tenían que estudiar profundamente el mundo natural, incluidas áreas como la historia natural, la filosofía natural, la teología natural y la magia natural. No obstante, conforme el arte y la ciencia se separaron cada vez más, el pensamiento religioso fue perdiendo gradualmente su influencia, y la noción de "magia natural" acabó por desaparecer del vocabulario científico.

Paradójicamente, ni Charles Darwin ni Emily Dickinson aceptaron ni apoyaron esa división rígida entre ciencia y arte. Darwin nunca perdió el sentido de reverencia y asombro ante los misterios del mundo natural, describiendo el origen de las especies como "el mayor de todos los misterios". Por su parte, Dickinson aplicó de forma activa el pensamiento lógico científico y sus profundos conocimientos de diversas ramas del saber en su obra poética. Ambos mantuvieron siempre el asombro por las conexiones invisibles y enigmáticas, pero cruciales, entre los distintos seres vivos en la naturaleza.

Su curiosidad inagotable, la búsqueda constante de la verdad y su amor sin límites por el mundo que les rodea siguen inspirando a las personas hoy. En este momento moderno de múltiples crisis ecológicas, es esencial, mediante esfuerzos colectivos, redescubrir la "magia natural" que anima nuestro mundo común, en lugar de seguir cultivando la división artificial entre ciencia y arte, entre la razón y los sentimientos. Solo así podremos alcanzar una armonía genuina con la naturaleza.
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