En las conversaciones cotidianas, y especialmente en los debates, con frecuencia nos topamos con situaciones en las que una persona expresa cierta opinión o afirmación y otra no está de acuerdo. A veces la discusión deriva en una declaración como: «Si yo afirmo algo, no estoy obligado a presentar pruebas si usted afirma lo contrario». A primera vista, esto puede parecer lógico e incluso justo, pero si profundizamos se hace evidente que tal afirmación contradice los principios básicos de la lógica y del diálogo racional.
1. Error lógico
En primer lugar, conviene considerar cómo funciona la lógica. En cualquier disputa o debate existe el concepto de carga de la prueba (lat. onus probandi). Significa que quien hace una afirmación debe aportar justificación o pruebas de lo que afirma. Por ejemplo, si yo afirmo que hoy el cielo es violeta, soy yo quien debe demostrarlo, y no la otra persona quien deba refutarlo. Esto es lógico, porque las afirmaciones sin pruebas quedan como palabras vacías y no pueden considerarse verdaderas ni dignas de confianza.
La afirmación «no estoy obligado a presentar pruebas» subvierte la propia idea de un debate razonable. Quita al hablante la responsabilidad por sus palabras y la traslada al oponente, lo que crea una situación ilógica e incluso absurda.
2. Violación del principio de racionalidad
El debate racional se basa en que ambos participantes buscan la verdad o llegar a la conclusión mejor fundamentada. Si uno de los participantes se niega a fundamentar sus afirmaciones, se socava la esencia misma del intercambio. En lugar de un diálogo en el que las partes buscan la verdad, tenemos un monólogo en el que una de las partes afirma algo sin pruebas, obligando a la otra parte a gastar esfuerzos en la refutación. Esto no solo es ineficiente, sino que distorsiona la naturaleza del debate.
3. Consecuencias sociales y culturales
Adoptar la postura «no estoy obligado a presentar pruebas» puede tener consecuencias graves para la sociedad en su conjunto. Imaginen que en un juicio el acusado dijera: «No estoy obligado a probar mi inocencia; eso es trabajo del fiscal». Por supuesto, el fiscal debe probar la culpabilidad, pero si el acusado formula contraargumentos o afirmaciones, también debe fundamentarlos. De lo contrario, el juicio pierde su sentido.
Lo mismo ocurre en otros ámbitos de la vida. La investigación científica, la política, el periodismo: en todos estos campos es esencial el principio de fundamentar las afirmaciones. Si empezamos a descuidar masivamente ese principio, corremos el riesgo de hundirnos en un océano de información no verificada y desinformación.
4. Ejemplo de la vida contemporánea: el caso de Nikita Mijálkov
Un ejemplo de cómo una afirmación sin pruebas puede causar daños serios es el caso reciente de Nikita Mijálkov, conocido director y figura pública. En uno de sus programas Mijálkov formuló varias afirmaciones contundentes que no estuvieron respaldadas por pruebas convincentes. Como resultado, esto dio lugar a una oleada de debates y críticas, poniendo en entredicho su autoridad y reputación.
Este caso ilustra claramente la importancia de ser responsable con las propias palabras, especialmente cuando se dispone de una tribuna pública. Al expresar afirmaciones no verificadas, una persona pone en peligro no solo su reputación, sino que también engaña a su audiencia, lo que puede tener consecuencias negativas de largo alcance.
5. Pensamiento crítico
El pensamiento crítico nos enseña a formular preguntas y exigir pruebas antes de aceptar una afirmación como verdadera. Esto es especialmente importante en la era de internet, cuando la información puede provenir de múltiples fuentes, pero no siempre está verificada ni es fiable. La afirmación «no estoy obligado a presentar pruebas» mata el pensamiento crítico, convirtiéndonos en consumidores pasivos de cualquier información, incluso si es absolutamente falsa o manipuladora.
Conclusión
En conclusión, la frase «no estoy obligado a presentar pruebas» no solo es incorrecta, sino destructiva para el diálogo constructivo, la lógica y el sentido común. Crea la ilusión de estar en lo cierto sin asumir responsabilidad, lo cual no solo es miope, sino perjudicial para la sociedad. Si queremos que nuestros debates y disputas conduzcan realmente a la verdad y al entendimiento, cada uno de nosotros debe estar dispuesto no solo a afirmar, sino también a fundamentar sus palabras. Solo así podremos construir un mundo basado en la racionalidad y el respeto mutuo.