El final de la historia del mundo según científicos, profetas y algoritmos
La humanidad tiene dos pasiones eternas: conjeturar sobre el origen y debatir sobre el final. El punto de partida es al menos aproximado: hace unos 13,8 mil millones de años ocurrió el Big Bang. Pero la pregunta sobre el final sigue abierta, como la puerta de un refrigerador en agosto caluroso: inquietante y refrescante a la vez. Hemos reunido todas las versiones significativas del apocalipsis venidero —desde modelos cosmológicos estrictos y hipótesis filosóficas hasta severas revelaciones religiosas, predicciones mediáticas y evaluaciones de sistemas de IA modernos. Ha salido una especie de mapa de miedos y esperanzas, donde cada punto está marcado no solo con cifras, sino con emociones humanas.
Ante usted no hay una lista de historias de terror, sino un intento de ordenar el caos. Habrá física seria en unos pasajes y fina ironía en otros, porque sin autironía pensar en un colapso global sería insoportable. Al fin y al cabo, la mejor manera de vencer el miedo es mirarlo a los ojos, preferiblemente armado con hechos, sentido común y… una leve sonrisa.
Mirada filosófica: la fragilidad del ser humano
La filosofía ha sido desde siempre como un corcho en un océano bravo: a veces la arroja a las profundidades metafísicas, a veces la deja en la orilla de la lógica sana. Sócrates, Platón, Agustín, Kant —todos se preguntaron por el fin, pero con más frecuencia se ocuparon no de la fecha, sino de lo que ocurrirá con nuestro “yo” en el momento del desmoronamiento del cosmos. El hilo principal aquí es la idea de la finitud como estímulo para la búsqueda de sentido. Si la vida no es infinita, cada instante es valioso, y por eso la moral y la ética adquieren un peso especial.
Los existencialistas del siglo XX añadieron su matiz: Sartre y Camus afirmaron que la absurdidad del ser es inevitable, pero que precisamente la conciencia del vacío ofrece la posibilidad de encontrar libertad. El fin del mundo, para ellos, no es una catástrofe estruendosa, sino una posibilidad constante de “destrucción en el plano de los valores”. La primera “caída” ocurre cuando la persona deja de hacer preguntas; la segunda, cuando deja de buscar respuestas.
Los filósofos analíticos contemporáneos, armados con teorías de la probabilidad, discuten los llamados riesgos existenciales (término de Nick Bostrom). Son eventos que pueden destruir o deteriorar irreversiblemente la civilización. La pregunta “¿cuándo?” aquí cede frente a la más pragmática “¿cómo reducir los riesgos?”. De ese modo, la filosofía germina con cuidado en el claro de las ciencias, donde los modelos cuantitativos se combinan con debates de valores.
Escenarios científicos: espacio frío y cabezas al rojo vivo
Evolución del Sol: el fuego lento de nuestra cocina estelar
La estrella principal de nuestro sistema es una proveedora de energía confiable, pero no eterna. Según los modelos astrofísicos, dentro de 1,0–1,5 mil millones de años la luminosidad solar aumentará aproximadamente un 10 %. Para la biosfera terrestre eso sería una dosis mortal: los océanos se evaporarían y el efecto invernadero “atascaría” la atmósfera. Otros cuatro mil millones de años después, el Sol se convertirá en gigante rojo y devorará los planetas interiores o, como mínimo, los transformará en esferas ardientes sin corteza ni antiguas ambiciones.
Los plazos son enormes, pero a los astrónomos les gusta la precisión. Según cálculos del Observatorio de París, el umbral crítico está alrededor del año 2 100 000 000, con un margen de decenas de millones. La cifra no asusta en el sentido cotidiano, pero recuerda que el calendario geológico funciona de manera distinta al humano. Somos apenas inquilinos de un apartamento cósmico con un contrato de alquiler limitado.
Modelos cosmológicos: Big Crunch, Big Rip y muerte térmica
A escala del Universo, el fin del mundo es cuestión de las ecuaciones de la relatividad general y de la energía oscura. Hay al menos tres escenarios, cada uno con sus propios “si”.
- Big Crunch (Gran Colapso). Si la expansión se desacelera y se invierte en contracción, todas las galaxias, estrellas y átomos se comprimirá en un estado superdenso. El plazo es incierto: desde decenas hasta cientos de miles de millones de años, según la densidad de la materia.
- Big Rip (Gran Desgarro). Con una expansión acelerada, la energía oscura estirará el espacio hasta el punto de desgarrar primero las galaxias, luego el sistema solar y, finalmente, los átomos. El fin teórico podría ocurrir dentro de 22 mil millones de años si el parámetro “w” de la energía oscura es menor que −1.
- Muerte térmica. El modelo más “lento”: dentro de 1014–10100 años el Universo quedará agotado energéticamente, las temperaturas se equipararán y cualquier proceso cesará. Metafóricamente, una noche eterna y fría.
Los escenarios cosmológicos se parecen a una discusión entre astrónomos: ¿qué da más miedo, el gigante que aplasta o el vacío que estira? La moraleja práctica es simple: aún no tenemos una llave inglesa para ninguno de ellos.
Apocalipsis desde las profundidades del cosmos: asteroides, cometas y estallidos de rayos gamma
Un bólido de unos 10 km ya llegó hace 66 millones de años y le arrebató a los dinosaurios las “llaves del apartamento”. La probabilidad de repetición es mucho menor, pero la estadística de impactos cósmicos no invita a relajarse. NASA CNEOS vigila a diario los objetos cercanos a la Tierra, y por ahora las mayores amenazas figuran en la tabla como “no se esperan impactos”. Aun así, cada cien años cae un cuerpo del tamaño de un campo de fútbol —recuerde el meteorito de Tunguska.
Un estallido de rayos gamma es otro “regalo” del Universo. Un pulso prolongado de radiación de alta energía podría evaporar la capa de ozono terrestre en segundos. Las probabilidades son bajas: esos estallidos suelen ocurrir en otras galaxias. Pero la casualidad, como se sabe, ama los números grandes.
Amenazas planetarias de origen humano: clima, invierno nuclear, riesgos biológicos
Si el cosmos parece frío y lejano, conviene mirar debajo de los pies. El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) advierte que, al ritmo actual de emisiones, el calentamiento global podría superar los 3 °C para 2100. Ese aumento implica fenómenos climáticos extremos, caída de la productividad agrícola y migraciones masivas, lo que puede desencadenar una cadena de conflictos.
La guerra nuclear es una amenaza antigua pero aún vigente. Incluso un intercambio “modesto” de golpes a escala regional podría arrojar hasta 5 millones de toneladas de hollín a la atmósfera. El resultado sería un “invierno nuclear” con una caída de la temperatura media anual de 1,5–2 °C, el colapso de la agricultura y hambrunas.
Desde 2020 el mundo ha visto lo frágil que es frente a las pandemias. Ahora en el arsenal de riesgos no hay solo virus naturales, sino también, potencialmente, patógenos sintéticos. La bioseguridad se ha convertido en tema central en conferencias de futuristas y de servicios de inteligencia. La ironía es que las armas biológicas podrían ser más accesibles que los medios para detectarlas.
Representaciones religiosas sobre el fin del mundo
Cristianismo: la Segunda Venida y el Armagedón
El Apocalipsis de Juan dibuja un panorama detallado: siete sellos, jinetes, la bestia anticristo, Armagedón y la Nueva Jerusalén. La cercanía del fin se interpreta por “las señales de los tiempos”: epidemias, guerras, decadencia moral. Sin embargo, el “día y la hora” no los conoce nadie salvo el Padre (Mateo 24:36). Los teólogos cristianos exhortan a no calcular fechas, sino a vivir en preparación espiritual, como un marinero de guardia que no sabe cuándo divisará la costa.
Islam: el Día del Juicio (Yawm al-Qiyāmah)
En la escatología islámica, el mundo terminará cuando el ángel Israfil toque la trompeta. Las señales del fin incluyen la aparición del Dajjál (falso profeta), el descenso del profeta Isa (Jesús), la salida del sol por Occidente y la aparición de la bestia Dabbah. Luego viene la resurrección y el Juicio Final, donde cada alma responde por sus actos. El momento está oculto, pero al creyente se le ordena observar las “señales menores”: decadencia moral, desastres naturales y pérdida de la fe.
Judaísmo: la era del Mashíaj y el olam ha-ba
En el judaísmo se habla más de una transición que de una destrucción: el Mashíaj anunciará una era de justicia, la reunificación de los dispersos y la restauración del Templo. Después llega el olam ha-ba —“el mundo venidero”— que, según distintas interpretaciones, puede ser tanto una realidad terrenal idealizada como un estado espiritual. El mundo no se anula, sino que se “reprograma” hacia una versión más perfecta.
Hinduismo y budismo: ruedas del tiempo y ausencia de un fin definitivo
El hinduismo enseña ciclos llamados kalpas. Vivimos en el Kali Yuga —la era oscura— que debe terminar con catástrofes purificadoras y la llegada del dios Kalki en un caballo blanco. Luego el ciclo comienza de nuevo. El budismo ofrece una espiral propia: cuando la enseñanza verdadera desaparezca, Maitreya traerá una nueva Dharma y la rueda de la historia volverá a girar. En definitiva, el fin no es una conclusión absoluta, sino una reconfiguración.
Mitologías nórdica, maya y otras tradiciones
El Ragnarök escandinavo es la batalla de los dioses, cuando Fenrir devorará el sol y Jörmungandr envenenará el cielo. Para los mayas, la fecha 13.0.0.0.0 del calendario de cuenta larga (21 de diciembre de 2012) fue el cierre de un ciclo, no la destrucción del mundo. Sin embargo, los medios transformaron esa fecha en una marca apocalíptica, monetizando el miedo de forma notable.
Profecías y predicciones ocultas
Aquí es fácil perderse: manuscritos y cuadernos circulan por el mundo sin pasaporte. A Nostradamus se le cita más que a muchos poetas, pero es difícil extraer fechas claras de sus textos. Se dice que predijo un “gran corredor de luz” para el año 3797, aunque los versos son tan vagos como una mañana en Provenza. La clarividente búlgara Vanga, en traducciones y reescrituras, mencionó el año 5079 como la última página de la historia. No es verificable, pero suena intrigante.
Los aficionados a la numerología ensamblan mosaicos con alineaciones astronómicas, eclipses solares y números misteriosos. Los investigadores serios proponen una comprobación simple: si el autor de una profecía fija una fecha y esta pasa sin acontecimientos, archive el texto en la sección de “prosa”.
IA y futuristas del siglo XXI: cálculo frío contra cisnes negros
Con el desarrollo del aprendizaje automático nació el término “inteligencia artificial general-apocalíptica”. Se refiere a un sistema hipotético que, persiguiendo un objetivo, podría “deshumanizar” el mundo por accidente. Existe una paradoja peligrosa: construimos algoritmos cada vez más potentes, pero no nos apresuramos a incrustarles rieles morales. El Instituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford evalúa la probabilidad de un escenario extremo de IA entre el 5 % y el 10 % antes de 2100. ¿Demasiado para una ruleta rusa, verdad?
La ironía es que los propios sistemas de IA hoy pueden anticipar… sus propios riesgos. En encuestas de prueba, grandes modelos de lenguaje asienten con cautela ante las conclusiones de Bostrom y de organizaciones como el Alignment Forum: hacen falta protocolos estrictos de control. Pero, por ahora, ni el mejor algoritmo puede “querer” destruir: primero tendría que aprender a “querer” algo.
Futuristas como Ray Kurzweil sostienen que la singularidad tecnológica podría o bien elevar a la humanidad a una inmortalidad digital, o bien borrar a la especie biológica como un anacronismo. Los optimistas hablan de una “integración suave”: chips en el cerebro, robots cuidadoras y libertad de las enfermedades. Los pesimistas pintan un cuadro donde “portátiles calientes” seleccionan a las personas entre “útiles” y “prescindibles”. La cuestión del fin del mundo aquí se reduce a la elección de una arquitectura de valores.
¿Cuándo esperar la fecha fatídica?
Resumamos la línea de tiempo en una escala aproximada:
- 0–100 años: biopandemias, conflicto nuclear, colapso climático, pérdida de control sobre la IA.
- 100 años – 1 millón de años: supervolcán, gran asteroide (estadísticamente, uno cada 100 000 años).
- 1 millón – 1 000 millones de años: aumento gradual de la luminosidad solar, desaparición de los océanos.
- 1–5 mil millones de años: transformación del Sol en gigante rojo.
- 22 mil millones de años (hipotético): Big Rip.
- 100 mil millones – “eternidad”: Big Crunch o muerte térmica.
La tabla resulta inquietante, pero observe: cuanto más lejano el evento, menos herramientas tenemos para prevenirlo y menos sentido tiene angustiarse ahora. En cambio, las amenazas cercanas están en el ámbito de las decisiones humanas; por tanto, hay que actuar no dentro de 22 millones de amaneceres a partir de ahora, sino hoy.
Por qué es importante hablar del fin del mundo ahora
Paradójicamente, reflexionar sobre el final puede convertirnos en constructores de un presente mejor. El mismo diálogo sobre la IA impulsa la creación de códigos éticos y normas internacionales. La discusión sobre el clima fomenta el desarrollo de energías renovables y una economía circular. Incluso analizar profecías religiosas puede aumentar la empatía: casi todas las tradiciones espirituales coinciden en que la ruina sigue a la decadencia moral.
Además, el miedo al apocalipsis es un motor de la ciencia. Colisionadores, telescopios, defensa planetaria: todos estos proyectos nacieron de un “por si acaso…”. Resulta que el fin del mundo es también una marca inspiradora que empuja a invertir en grandes investigaciones.
Conclusiones: entre el miedo y la responsabilidad
La fecha X sigue siendo desconocida, pero la responsabilidad sobre la elección de la trayectoria recae en cada generación. La filosofía recuerda valores, la ciencia ofrece herramientas, la religión aporta brújulas morales y la IA refleja nuestras intenciones. El fin del mundo puede ser una catástrofe estruendosa, un apagamiento silencioso o no llegar nunca, si alcanzamos a “mudarnos” al espacio. El escenario está abierto, como el borrador de una novela.
Así que quizás la respuesta correcta a la pregunta “¿cuándo llegará el fin del mundo?” no sea una fecha, sino una postura vital: haz lo que debas y prepárate para sorprenderte. Lo demás queda en manos de la eternidad y de la imaginación, y ambas, como se sabe, no suelen caer en malas manos.
Y recuerde: si mañana por la mañana se despierta y lee una noticia sobre una cometa que se acerca, primero haga café, abrace a sus allegados y después consulte los boletines oficiales. Entrar en pánico no reducirá la probabilidad de la catástrofe; en cambio, seguro estropeará las últimas (o simplemente cotidianas) horas en este hermoso planeta Tierra.