Groenlandia: la historia de la isla y por qué Estados Unidos mira con tanto interés hacia el norte

Groenlandia: la historia de la isla y por qué Estados Unidos mira con tanto interés hacia el norte

Groenlandia parece un «nada» blanco en el globo hasta que uno empieza a pensar que no es el «fin del mundo», sino un cruce. Entre América del Norte y Europa, entre el Atlántico y el Ártico, entre la era de los balleneros y la era de los satélites. Y de pronto se descubre que la isla, donde vive un número de personas comparable al de una pequeña ciudad, puede poner nerviosas a las mayores potencias del mundo.

La historia de Groenlandia no es la de un «rincón tranquilo». Es la historia de oleadas de personas y tecnologías. Primero llegaron en kayaks y drakkars, luego en transportes y rompehielos, y ahora la isla se discute en términos de alerta temprana, vigilancia espacial y cadenas de suministro de elementos de tierras raras.

Y ahora la pregunta principal que inevitablemente aparece en las conversaciones sobre Estados Unidos: ¿por qué Washington necesita tanto a Groenlandia? La respuesta no será aburrida, porque allí hay tres capas a la vez: geografía, infraestructura militar y recursos. Y otra capa más, la más humana: quién tiene derecho a decidir el destino de ese lugar.

Sagas, colonias y autonomía: cómo Groenlandia llegó a ser como es

Si se simplifica mucho, Groenlandia es una vitrina de cómo la gente se adapta a lo imposible. Los antepasados de los actuales inuit llegaron en oleadas, con tecnologías de supervivencia que para los europeos durante mucho tiempo parecieron magia: trineos tirados por perros, caza de mamíferos marinos, una vida «al ritmo del hielo». Más tarde se entrelazaron los vikingos: Erik el Rojo fundó asentamientos europeos alrededor del año 985, y es uno de esos raros casos en que la saga y la arqueología apuntan en la misma dirección.

Pero Groenlandia no es una crónica de marchas triunfales de la civilización. Los asentamientos noruegos desaparecieron hacia el siglo XV, y las causas siguen siendo objeto de debate: enfriamiento climático, aislamiento económico, conflictos, enfermedades, cambios en las rutas comerciales. Al final, sobreviven a largo plazo quienes estaban adaptados al Ártico, no a la agricultura al borde de un glaciar.

La época colonial danesa suele contarse desde 1721, cuando el misionero Hans Egede empezó a «reintegrar» la isla a la órbita de la corona y del comercio europeo. A partir de ahí comienza el repertorio típico del colonialismo del norte: monopolios, gobierno desde fuera, intentos de «transformar» la vida local para que sea más conveniente para la metrópoli. Y sí, eso no es solo historia: sigue siendo política y memoria.

Tras la Segunda Guerra Mundial la evolución política de Groenlandia se aceleró. Primero la integración al reino y luego el crecimiento de la autonomía: el autogobierno entró en vigor el 1 de mayo de 1979, y en 2009 se aprobó la ley de autogobierno, que reconoce a los groenlandeses como pueblo con derecho a la autodeterminación y amplía las competencias de las instituciones locales. En la práctica eso significa que la isla no es «territorio vacío», sino un sujeto político con voluntad, intereses y una agenda concreta.

Para no perderse en los hitos, aquí una breve cronología, sin romanticismo pero con hechos:

  • alrededor del año 985: inicio de los asentamientos noruegos en el sur de Groenlandia (época de Erik el Rojo)
  • 1721: inicio de la era colonial danesa, misión de Hans Egede
  • 1979: entrada en vigor del Home Rule, primer gran paso hacia la autonomía moderna
  • 2009: ley de autogobierno, ampliación de competencias y reconocimiento del derecho a la autodeterminación

Cuando la isla se convierte en radar: cómo Estados Unidos «se instaló» en Groenlandia y por qué ya no es solo cuestión de aviones

Para entender el interés estadounidense, olvide por un momento los minerales y recuerde un mapa. Durante la Segunda Guerra Mundial Groenlandia se volvió crítica para el control del Atlántico Norte y la logística. En 1941 se firmó un acuerdo de defensa de Groenlandia que otorgó a Estados Unidos una base jurídica para desplegar infraestructura cuando Dinamarca estaba ocupada por la Alemania nazi. Fue ese momento en que lo «lejano» se volvió «cercano» por la guerra y las rutas.

La Guerra Fría solo acentuó el efecto. En 1951 Estados Unidos y Dinamarca formalizaron un acuerdo de defensa sobre cuya base se desarrolló una de las principales instalaciones estadounidenses en la isla. Así surgió la base conocida durante décadas como Thule Air Base. Hoy se llama Pituffik Space Base, y el cambio de nombre en 2023 es simbólico: la isla no quiere ser solo un lugar con una placa de otro.

¿Por qué la necesitan Estados Unidos y la OTAN? De forma clara y sin misticismo: alerta temprana sobre lanzamientos, elementos de defensa antimisiles, vigilancia del espacio, comunicaciones y trabajo en altas latitudes, donde la física y la geografía imponen sus reglas. El norte no es exótico, son trayectorias, «ventanas» de visibilidad y segundos que en la planificación militar a veces valen más que miles de millones.

También existe un lado oscuro que suele recordarse tarde. La infraestructura militar en el Ártico casi nunca se construyó «en el vacío». Historiadores y medios han descrito con detalle el traslado forzado de pobladores locales en la zona donde se construyó la base a principios de los años 1950, así como las consecuencias políticas y sociales posteriores. Además está el legado de la Guerra Fría: proyectos subglaciales e incidentes que todavía aparecen en debates sobre responsabilidad y medio ambiente.

Si se resume el sentido de Pituffik en cinco líneas, quedaría más o menos así:

  • la geografía ofrece vista y tiempo de reacción donde más al sur no lo hay
  • el Ártico conecta rutas cortas entre continentes, y alguien las vigila
  • «espacio» en el nuevo nombre no es marketing, sino un cambio real de prioridades
  • la presencia estadounidense se sostiene formalmente en acuerdos con Dinamarca, pero políticamente afecta a la Groenlandia autónoma
  • cualquier historia militar en la isla choca inevitablemente con intereses y memoria locales

Por qué Estados Unidos «necesita» Groenlandia hoy: tres motivos y una pregunta incómoda

El primer motivo es banal y por eso poderoso: la posición. En una era en la que el Ártico se calienta más rápido que el resto del planeta, el interés por las rutas septentrionales y por la vigilancia desde el «cielo» aumenta. Eso no significa que mañana habrá una autopista de portacontenedores, pero sí que la planificación estratégica mira cada vez más al norte como un teatro real de operaciones y no como un campo en blanco.

El segundo motivo es más tecnológico: misiles, satélites, alerta, comunicaciones. En altas latitudes las trayectorias y las zonas de visibilidad funcionan de otro modo, y por eso la infraestructura en Groenlandia ofrece a Estados Unidos y a sus aliados una combinación rara: proximidad a rutas potenciales de amenaza y posibilidad de vigilancia desde puntos donde otros tienen menos alcance. Por eso las conversaciones sobre «necesitar Groenlandia» suelen reducirse, si se quita la retórica política, a algo muy concreto: dónde están los sensores y cuánto tiempo ganan.

El tercer motivo es económico y nervioso a la vez: minerales críticos. Groenlandia se menciona regularmente como prometedora en tierras raras y otros recursos, pero «prometedora» no significa «fácil». Hay pocas carreteras, logística dura, limitaciones sociales y riesgos ambientales, y dentro de Groenlandia hay debates reales sobre qué y cómo es posible extraer. Por ejemplo, en 2021 se aprobó una prohibición que limita proyectos con alto contenido de uranio, y en torno a eso sigue habiendo mucha política y conflicto jurídico.

Al mismo tiempo, Estados Unidos intenta construir cadenas de suministro alternativas. Un ejemplo significativo: en 2025 se discutió la posibilidad de financiar un proyecto de extracción de tierras raras en Groenlandia a través del banco EXIM estadounidense, lo que por sí solo indica cuánto se ha convertido este tema en asunto de Estado y no solo comercial. Es decir, no se trata de la romántica idea de «tesoros del norte», sino de pragmática: depender menos del dominio de China en el procesamiento y el mercado de tierras raras, aunque eso sea caro y lleve tiempo.

Y aquí surge la pregunta incómoda que a menudo se oculta bajo palabras bonitas sobre seguridad. Incluso si a Estados Unidos le son vitales los radares, las rutas y los recursos, «necesitar» no equivale a «poder». Groenlandia vive políticamente vinculada a Dinamarca, pero tiene autonomía y derecho a la autodeterminación recogido en los documentos del reino. Por eso cualquier conversación del tipo «compremos la isla» choca no con fantasías de compra, sino con la realidad: obligaciones aliadas, derecho internacional y la opinión de la gente que vive en la isla.

Si se quiere abreviar, los motivos de Estados Unidos se pueden resumir así:

Motivo Qué aporta a Estados Unidos Dónde choca con la realidad
Geografía control de los accesos y rutas del norte clima, hielo, infraestructura, costo logístico
Defensa y espacio alerta temprana, vigilancia, comunicaciones sensibilidad política, consecuencias locales
Minerales diversificación de tierras raras y materias primas críticas leyes, ecología, consenso público, plazos

Mi conclusión personal es sencilla y un poco cínica. Estados Unidos necesita a Groenlandia no porque «la isla sea bonita», sino porque es un caso raro en el que la geografía se convierte en tecnología. Pero cuanto más fuerte suena la palabra «necesitar», más importante es recordar: en la isla existe una entidad política propia y un precio por las decisiones. Ignorarlo convierte cualquier estrategia en una historia de conflictos, agravios y cuentas pendientes por el pasado.

En ese sentido Groenlandia es muy contemporánea: es a la vez cuestión de satélites y de memoria, de defensa y de ecología, de inversiones y del derecho a decir «no». Y, honestamente, por eso el mundo volverá a esta isla una y otra vez. Porque de ella dependen demasiadas cosas.

Alt text