Hola, amigos!
Imaginen que su organismo es un ordenador de alta tecnología. ¿Le pondrían combustible de baja calidad o instalarían un software dudoso? Probablemente no. Pero eso es precisamente lo que hacemos cada día al consumir productos ultraprocesados.
En un mundo donde la tecnología avanza a velocidad de rayo, nuestra comida también se ha vuelto «más inteligente». Pero, al parecer, no para mejor. Averigüemos qué se esconde realmente detrás de los envases llamativos y por qué incluso los informáticos más avanzados pueden verse indefensos ante las amenazas de la industria alimentaria moderna.
¿Qué es NOVA y por qué importa?
Cuando intentas poner orden en un ordenador desordenado, creas carpetas y ordenas los archivos por categorías. Más o menos así, en 2010 el epidemiólogo brasileño Carlos Monteiro decidió poner orden en nuestra comprensión de los alimentos modernos.
Él elaboró la clasificación NOVA, que divide todos los alimentos en cuatro grupos según su grado de procesamiento:
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Alimentos sin procesar o mínimamente procesados: incluye alimentos como frijoles envasados y leche pasteurizada.
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Ingredientes culinarios procesados: son aceite, aceite de oliva, azúcar y otros ingredientes utilizados en la preparación de alimentos.
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Alimentos procesados: aquí entran cereales y verduras en conserva, mermeladas y pasta de tomate.
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Productos ultraprocesados: son productos sometidos a procesos agresivos, como bebidas carbonatadas, galletas y pizzas congeladas.
Productos ultraprocesados: comida rápida para nuestro organismo
Entonces, ¿qué son exactamente estos productos ultraprocesados? Si hacemos una analogía con el mundo informático, es como si tomaras un programa normal, lo desarmaras en partes, añadieras mucho código innecesario que queda bonito pero no hace nada útil, y luego lo volvieras a ensamblar.
Según Monteiro, los productos ultraprocesados se crean no para proporcionarnos los nutrientes necesarios, sino para sustituir la comida fresca por algo rápido y cómodo. Para ello se emplean métodos industriales agresivos: hidrólisis, hidrogenación, extrusión, etc. Y para que estos productos sean sabrosos y duraderos, se les añaden diversos aditivos alimentarios.
No suena muy apetitoso, ¿verdad? Pero los fabricantes hacen todo para que no lo notemos. Ocultan la verdadera naturaleza de los productos ultraprocesados con envases llamativos, sabores atractivos y promesas de marketing estridentes.
Evidencia científica: cuando los datos hablan más fuerte que las palabras
Ahora pasemos de la teoría a la práctica. Como en el mundo de la seguridad informática, en dietética importan no solo las hipótesis, sino los datos reales. Y esto es lo que muestran las investigaciones:
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Una revisión sistemática publicada en febrero de 2024 analizó datos de más de 9 millones de participantes. ¿El resultado? Una relación directa entre el consumo de productos ultraprocesados y 32 parámetros de salud, incluyendo mortalidad, cáncer, problemas de salud mental, enfermedades cardiovasculares y gastrointestinales.
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El estudio de Monteiro mostró que, en países desarrollados, los productos ultraprocesados aportan alrededor de la mitad de las calorías consumidas. En países de ingresos medios esa proporción es menor, pero está creciendo rápidamente.
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Las personas que consumen muchos productos ultraprocesados a menudo ingieren más de 5000 calorías al día. Es como descargar gigabytes de archivos innecesarios que solo ralentizan el sistema.
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Alrededor del 14% de los adultos y el 12% de los niños en EE. UU. muestran signos de adicción a estos productos. Algo parecido a la adicción a las redes sociales, ¿no?
El experimento que lo cambió todo
Pero lo más interesante comenzó cuando el escéptico investigador canadiense Kevin Hall decidió comprobar la teoría de Monteiro por medio de un experimento.
En su experimento participaron 20 personas con peso estable. Se repartieron en dos grupos: uno consumía productos ultraprocesados que constituían el 83% de su dieta, y el otro, alimentos mínimamente procesados. Los resultados mostraron que las personas que comieron ultraprocesados consumieron 500 calorías más al día; ganaron peso, mientras que quienes comieron alimentos mínimamente procesados perdieron peso.
¿Y ahora qué? La lucha contra la «comida rápida digital»
Monteiro propone combatir los productos ultraprocesados de la misma manera que combatimos el software malicioso:
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Lanzar campañas a gran escala para informar a la población sobre los riesgos.
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Introducir advertencias obligatorias en los envases (como los avisos de antivirus al descargar archivos sospechosos).
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Prohibir o restringir estrictamente la publicidad de estos productos.
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Aumentar los impuestos sobre los productos ultraprocesados y usar ese dinero para subvencionar alimentos frescos.
Suena sensato, pero, como en la ciberseguridad, nos espera una larga batalla. Los fabricantes de productos ultraprocesados, al igual que los creadores de software malicioso, no se rendirán sin luchar.
Conclusiones: la alimentación saludable como antivirus para el organismo
La tecnología ha cambiado todos los aspectos de nuestra vida, incluida la alimentación. Los productos ultraprocesados se han convertido en una especie de «comida rápida» para el organismo, con riesgos potenciales para la salud.
Pero cada persona tiene elección. Si nos convertimos en consumidores más conscientes, podemos preferir alimentos frescos y mínimamente procesados. Prestar atención a la propia dieta es la clave para mantener la salud.