Alcohol y cerebro: cómo cada copa puede afectar nuestra personalidad

Alcohol y cerebro: cómo cada copa puede afectar nuestra personalidad

Muchos de nosotros, de vez en cuando, no nos oponemos a permitirnos unas copas de alcohol. Durante décadas, los médicos han levantado banderas rojas: recuerdan que las consecuencias de las debilidades momentáneas no son cosa de broma. Pero, ¿quién les hace caso...? ¿Se han preguntado realmente cómo el etanol afecta al funcionamiento del cerebro? Sí, el daño al hígado ya es ampliamente conocido, pero ¿qué pasa con el sistema nervioso? 

Consecuencias a corto plazo

Deterioro del habla

Uno de los primeros signos de embriaguez es el habla poco clara. La concentración de alcohol en sangre (CAS) alcanza 0,1 %, mientras que el nivel máximo permitido es 0,08 %.

El efecto del alcohol sobre el cerebro está relacionado con la alteración de dos neurotransmisores clave: sustancias químicas que transmiten señales entre las neuronas. El glutamato se encarga de la excitación neuronal, necesaria para la actividad, mientras que GABA (ácido gamma-aminobutírico) inhibe la transmisión de señales, proporcionando equilibrio y evitando la actividad excesiva del cerebro. Cuando una persona bebe, el alcohol potencia la acción de GABA y suprime la del glutamato. Esto conduce a un enlentecimiento de la transmisión de los impulsos nerviosos, lo que explica el efecto sedante del alcohol: sensación de relajación y embotamiento.

Además, el alcohol altera el funcionamiento de las neuronas de Purkinje, localizadas en el cerebelo, que desempeñan un papel importante en la coordinación motora y el procesamiento de las señales motoras. Regulan la conexión entre distintas partes del cerebro y los músculos, ayudando a mantener el equilibrio y movimientos precisos. Bajo la influencia del alcohol se altera el equilibrio iónico (especialmente la concentración de sodio y potasio), lo que deteriora la función de estas células. Como resultado surgen dificultades con el habla y la coordinación, ya que el cerebro pierde la capacidad de controlar eficazmente los músculos de la lengua, la cara y las extremidades.

Pérdida de coordinación

La alteración de la coordinación se hace notable con una concentración de alcohol en sangre (CAS) de 0,18–0,25 %. En esta etapa, el alcohol afecta prácticamente a todas las regiones del cerebro, pero el cerebelo resulta especialmente perjudicado: es la estructura responsable de la precisión y coherencia de los movimientos. El cerebelo coordina el trabajo de los músculos, ayuda a mantener el equilibrio y procesa la información visual y espacial necesaria para orientarse en el entorno.

Cuando el alcohol altera el funcionamiento del cerebelo, las señales entre este y otras partes del cerebro se transmiten con retraso o distorsión. 

Alteraciones de la memoria

Tras una noche divertida, los amigos quizá recuerden tus aventuras en tono de broma, y tú los escucharás y pensarás con horror "¿de verdad fui yo?". Esta situación es familiar para muchos, y no hay nada gracioso en ella. El alcohol provoca lo que se conoce como «lagunas de memoria». No es simplemente despiste: los recuerdos sencillamente no se registran. Las personas pueden encontrarse en un lugar nuevo sin recordar cómo llegaron o enfrentarse a una situación peligrosa sin ser conscientes de lo ocurrido. Tal como en la película de Todd Phillips.

Aquí el protagonista es el hipocampo, la parte del cerebro responsable de formar y guardar nuevos recuerdos. El hipocampo registra la información sobre los acontecimientos presentes y la transfiere a la memoria a largo plazo. El alcohol altera esta función, impidiendo la consolidación de nueva información. 

Pérdida del autocontrol

El alcohol suprime la actividad de la corteza prefrontal, la zona del cerebro responsable del control del comportamiento, la toma de decisiones y la capacidad de juicio. Esta parte del cerebro nos permite contener acciones impulsivas y analizar las consecuencias de nuestros actos. Bajo la influencia del etanol, estas funciones se debilitan, lo que reduce los frenos internos. La persona puede comenzar a decir o hacer cosas que en estado sobrio jamás haría.

Consecuencias a largo plazo

Dependencia al alcohol

Muchas personas consumen alcohol sin consecuencias graves, pero sigue siendo una sustancia con alto potencial adictivo. Tres mecanismos principales subyacen en el desarrollo del trastorno por consumo de alcohol (AUD):

  • El alcohol activa el "sistema de recompensa" del cerebro, relacionado con la dopamina, lo que aumenta el deseo de seguir bebiendo.
  • Con el tiempo, el consumo se transforma en un hábito que escapa al control consciente, lo que hace que dejarlo sea extremadamente difícil.
  • El alcohol reduce temporalmente la actividad de la amígdala, responsable del estrés y las emociones negativas, lo que impulsa a beber más para repetir ese alivio.

Si se explica con más detalle, en el primer mecanismo el alcohol provoca la liberación de dopamina, un neurotransmisor que genera sensación de placer y satisfacción. El aumento de dopamina activa los ganglios basales, regiones cerebrales implicadas en la formación de hábitos. Con el tiempo, el cerebro se adapta a los niveles elevados de dopamina, y para obtener el mismo efecto se necesita más de la sustancia dañina, lo que se denomina tolerancia.

En el segundo caso, se suprime la actividad de la corteza prefrontal, que controla nuestra capacidad para tomar decisiones conscientes y contener impulsos. Como resultado, la persona bebe con cada vez más frecuencia de forma automática, sin ser plenamente consciente de la razón.

El tercer mecanismo está relacionado con el efecto del alcohol sobre la amígdala, la estructura encargada del procesamiento de las emociones. El alcohol reduce la actividad de esta zona, disminuyendo temporalmente la sensación de ansiedad o estrés. Sin embargo, tras el cese de la intoxicación el nivel de estrés aumenta, provocando un círculo vicioso: la persona vuelve a recurrir al alcohol para aliviar su estado. Estos procesos interconectados hacen que dejar el alcohol sea extraordinariamente difícil y explican por qué la dependencia se forma de manera gradual pero tan persistente.

Encefalopatía de Wernicke

El consumo crónico de alcohol conduce a una condición conocida como encefalopatía de Wernicke. Esta enfermedad se desarrolla por déficit de vitamina B1 (tiamina), necesaria para los procesos metabólicos en las neuronas. El alcohol dificulta la absorción, el metabolismo y el almacenamiento de tiamina, lo que lleva a la disfunción cerebral y la muerte celular.

Los síntomas incluyen:

  • Deterioro del estado mental;
  • Problemas de coordinación motora hasta la pérdida de la capacidad para caminar;
  • Trastornos de los movimientos oculares, como el nistagmo.

Si la encefalopatía de Wernicke no se trata, puede ser mortal. En la mayoría de los pacientes que sobreviven, hasta el 85 %, la enfermedad progresa a una forma crónica: el síndrome de Korsakoff. Esta enfermedad se caracteriza por una grave pérdida de la memoria a corto plazo, dificultades para aprender cosas nuevas y tendencia a crear recuerdos falsos (confabulaciones). En fases avanzadas puede producirse un deterioro de otras funciones del organismo, lo que agrava aún más el estado del paciente.

Síndrome de Korsakoff

El síndrome de Korsakoff a menudo sigue a la encefalopatía de Wernicke. El síntoma principal es una pérdida severa de la memoria a corto plazo, aunque en algunos casos también se ve afectada la memoria a largo plazo.

Es notable que muchas personas con este síndrome no son conscientes del problema y mantienen la interacción social a un nivel habitual. Sin embargo, la progresión de la enfermedad puede afectar a otros sistemas del organismo, incluidos los cardiovasculares.

En casos graves, entre el 10 y el 20 % de los pacientes con el síndrome de Wernicke-Korsakoff caen en coma y mueren, según datos de la Organización Nacional para Enfermedades Raras.

¿Puede el cerebro recuperarse tras el consumo de alcohol?

Aunque el síndrome de Wernicke-Korsakoff es el caso extremo, incluso un episodio aislado de consumo excesivo afecta negativamente al sistema nervioso. 

No obstante, el cerebro posee una notable capacidad de recuperación. Investigaciones muestran que en personas con dependencia de larga duración el grosor de la corteza cerebral vuelve a la normalidad tras 7,3 meses de abstinencia. Otros estudios indican mejoras significativas en las funciones cognitivas ya a los 18 días de cesación del consumo.

Conclusión

El alcohol ejerce un efecto complejo y multidimensional sobre nuestro órgano más importante y valioso. Desde alteraciones temporales del habla y la coordinación hasta consecuencias a largo plazo como la dependencia y estados neurodegenerativos, la influencia del alcohol no debe subestimarse. Sin embargo, dejar de consumir y la recuperación son posibles si se detiene a tiempo. La moderación y la consciencia son factores clave para evitar consecuencias graves para la salud.

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