En 1986, los hermanos Basit y Amjad Farooq Alvi, propietarios de una pequeña tienda de informática en la ciudad pakistaní de Lahore, crearon un programa que cambió para siempre el enfoque de la seguridad informática. Su obra —el virus Brain— se convirtió en el primer virus informático para ordenadores personales IBM PC y dio inicio a una nueva era de amenazas digitales.
Cómo funcionaba el software
Brain infectaba el sector de arranque de los disquetes —una zona pequeña, pero críticamente importante del disco de 512 bytes. En esa área se guarda el código que el sistema básico de entrada/salida (BIOS) lee al encender el equipo, incluso antes de iniciarse el sistema operativo. Allí también están la tabla de particiones del disco y los parámetros del sistema de archivos —información sin la cual el ordenador no puede arrancar.
El mecanismo de funcionamiento del virus, para la época, era sorprendentemente ingenioso. Al llegar a un disquete, el programa malicioso no se limitaba a sobrescribir el sector de arranque, sino que primero trasladaba el código original a otra zona del disco. A continuación marcaba esa zona como dañada para que el sistema no sobrescribiera accidentalmente el código original almacenado. En el espacio liberado del sector de arranque se escribía el propio código del virus, que se activaba cada vez que se intentaba arrancar desde el disquete infectado.
Brain sabía esconderse de los antivirus interceptando las llamadas a la BIOS mediante la interrupción del sistema INT 13h. Cuando algún programa intentaba leer el contenido del sector de arranque, el virus sustituía su propio código por el contenido original que había guardado. Los antivirus de entonces simplemente comparaban el contenido de los sectores con una referencia y no podían detectar esa sustitución.
Arquitectura y soluciones técnicas
Los creadores de Brain implementaron varias soluciones técnicas avanzadas para 1986. En primer lugar, el virus podía comprobar si el ordenador ya estaba infectado, para evitar una reinfección que pudiera provocar fallos. Para ello utilizaba su propio sistema de marcas en la memoria del equipo.
El código del virus incluía procedimientos de cifrado que ocultaban su presencia en el sistema. Cada copia de Brain también recibía un identificador único —esto permitía a los autores rastrear la propagación del programa. En esencia, los hermanos Alvi crearon el primer sistema de telemetría de código malicioso del mundo.
Es curioso que el código incluía un mensaje con la información de contacto de los autores: "Bienvenido al Dungeon... Contáctenos para vacunación...". A continuación se indicaba la dirección postal completa de su tienda en Pakistán. Esa "firma" era una especie de desafío y, al mismo tiempo, una maniobra publicitaria: las víctimas inmediatamente supieron a quién dirigirse para pedir ayuda.
Historia de la creación
¿Para qué se hizo todo esto? Los hermanos Alvi eran empresarios exitosos en Lahore. Su compañía, Brain Computer Services, desarrollaba software médico para clínicas locales —sistemas para gestionar pacientes y documentación médica. El problema de la piratería en Pakistán era grave: los clientes con frecuencia copiaban el software comprado y lo compartían con otras clínicas.
En un principio, Brain se concibió como un sistema de protección de derechos de autor. El virus debía marcar las copias ilegales de programas y dificultar su uso. Sin embargo, el mecanismo de propagación a través del sector de arranque resultó ser demasiado eficaz.
El virus empezó a copiarse en todos los disquetes que se usaban en los sistemas infectados, independientemente de si contenían el software protegido o no. La propagación fue especialmente intensa en campus universitarios, donde los estudiantes intercambiaban constantemente medios con distintos programas y datos. Así Brain se extendió mucho más allá de la base de clientes original de los hermanos Alvi y comenzó su marcha triunfal por el mundo.
Influencia en el desarrollo del software malicioso
Brain estableció varios principios fundamentales que más tarde fueron utilizados tanto por especialistas en seguridad informática como por ciberdelincuentes. La inyección en el sector de arranque daba al virus control sobre el sistema antes incluso de que se activara la protección antivirus. Ese principio todavía se usa en los bootkits modernos —programas maliciosos que infectan el cargador de arranque del sistema.
Las técnicas de ocultación, aplicadas por primera vez en Brain, se convirtieron en la base para la creación de toda una clase de virus stealth. Interceptar llamadas del sistema y sustituir datos al acceder a áreas infectadas —estos métodos siguen siendo relevantes hoy en día.
El uso de soportes extraíbles como vector de ataque también resultó tan eficaz que este principio se mantiene vigente. Basta recordar el famoso Stuxnet, que penetró en redes industriales aisladas precisamente mediante memorias USB.
Revolución en la protección antivirus
Este malware obligó a replantear por completo los enfoques de la protección antivirus. El simple escaneo de archivos en busca de firmas conocidas resultó inútil contra un virus capaz de camuflar su código. Los desarrolladores de antivirus empezaron a crear sistemas de análisis heurístico que supervisan el comportamiento sospechoso de los programas.
Aparecieron las primeras herramientas para comprobar la integridad de las áreas críticas del disco. Los antivirus aprendieron a monitorizar las llamadas a la BIOS y a detectar intentos de interceptar las funciones del sistema. Se desarrollaron utilidades específicas para verificar el sector de arranque y protegerlo frente a modificaciones.
Brain impulsó el desarrollo de toda una industria. Empresas como Symantec, McAfee y DrWeb comenzaron a desarrollar productos antivirus comerciales. Surgieron los primeros laboratorios antivirus especializados dedicados a investigar nuevas amenazas.
Legado en la ciberseguridad moderna
Los principios que los creadores de Brain demostraron por primera vez han evolucionado en los programas maliciosos contemporáneos. Los virus actuales han aprendido a modificar su código para evitar ser detectados (virus polimórficos), a emplear técnicas avanzadas de ocultación e incluso a incorporar elementos de inteligencia artificial para adaptarse a los mecanismos de defensa.
Los virus clásicos de arranque han evolucionado hacia complejos bootkits que infectan UEFI (Interfaz de Firmware Extensible Unificada) —el análogo moderno del BIOS. Estos programas maliciosos, al igual que Brain, obtienen control sobre el sistema en las primeras fases de arranque, lo que hace que su detección sea extremadamente difícil.
La historia de Brain recuerda que, en el mundo de las tecnologías de la información, la línea entre defensa y ataque es muy delgada. Los mecanismos creados originalmente para proteger pueden convertirse en armas peligrosas en manos ajenas. Esta lección sigue siendo pertinente hoy, cuando el desarrollo de redes neuronales y del internet de las cosas abre nuevas oportunidades tanto para la defensa como para el ataque.