En la historia de la conquista del espacio hay muchos héroes cuyos nombres conoce todo el mundo. Gagarin, Armstrong, Tereshkova... Pero antes de que los humanos se decidieran a viajar más allá de la atmósfera, los animales les allanaron el camino. Entre ellos ocupa un lugar especial Ham: el primer chimpancé que realizó un vuelo suborbital. Demostró que los primates son capaces de ejecutar tareas complejas en condiciones extremas del entorno orbital y abrió la vía para que el ser humano alcanzara las estrellas.
Número 65: prueba frente a lo desconocido
Meciendo en su asiento familiar, rodeado de personas conocidas que, como de costumbre, le abrochaban los cinturones, el chimpancé con el número 65 pensaba que lo estaban preparando para otro ejercicio de entrenamiento. Le colocaron los cables y los sensores de siempre en el cuerpo y, como siempre, lo sentaron en una cápsula estrecha. «Buen viaje, Chop Chop Chang», se oyó la voz de la persona que cerraba la escotilla.
Allí dentro había poco espacio y, aunque la cápsula tenía una ventana, el chimpancé apenas podía ver. Permanecer inmóvil, con las manos y las piernas inmovilizadas, era incómodo, pero sabía que pronto empezaría el ejercicio y obtendría sabrosas recompensas, como en todos los entrenamientos anteriores.
En la espera de la señal de color que normalmente anunciaba el premio, los minutos se hacían largos. De repente se produjo una explosión atronadora. Eso nunca había pasado antes. El número 65 se asustó. Tras el destello brillante vinieron el fuego y el humo. La presión lo empujó literalmente contra el asiento cuando la cápsula arrancó hacia el cielo a una velocidad increíble.
Todo temblaba con violencia, y el pecho se comprimió como en el abrazo de una serpiente. La presión asfixiante no cedió durante varios minutos, hasta que el cielo azul dio paso a una negrura profunda.
La cápsula quedó envuelta en silencio. Número 65 sentía que caía de un árbol sin llegar nunca al suelo. A pesar de los cinturones que le inmovilizaban, tenía la sensación de flotar en el aire. Le dio mareo.
De pronto brilló una luz azul. ¡Comenzó el ejercicio! Número 65, por instinto, pulsó la palanca y obtuvo la recompensa. A pesar de la descarga eléctrica que recibía cuando tardaba o se equivocaba con la palanca, nada empañaba su placer por el premio con sabor a plátano. Se encendió otra señal: reaccionó con rapidez. Otro bocado. ¡Qué sencillo!
La extraña sensación de caída libre cesó de repente. Ham volvió a notar la gravedad habitual. Primero lo notó su estómago y, un instante después, todo el cuerpo fue atraído con fuerza hacia abajo. En la ventana distinguió una esfera enorme, brillante y azul. Luego vino un fuerte tirón, una descarga abrasadora y una vibración profunda que recorrió toda la cápsula hasta los huesos.
El chimpancé no pudo moverse ni escapar. Volvió un intenso traqueteo. Todo se llenó de luz cegadora; la ventana se tiñó de rojo. Otro tirón más y la cápsula cayó en picado. Cayendo y cayendo, su cabeza se inclinó hacia delante de golpe y se golpeó el hocico contra un cinturón duro.
La cápsula impactó en la superficie y el agua empezó a filtrarse en la cabina. Eso tampoco había ocurrido antes. El agua salpicaba el vidrio, la cápsula se balanceaba arriba y abajo, pero no pasaba nada más. Exhausto, desorientado y todavía sujeto, el primate solo pudo esperar el rescate.
Por fin, un zumbido fuerte cortó el silencio. La cápsula se elevó, empezó a vibrar y volvió a subir. Durante un rato se balanceó de un lado a otro antes de descender con un golpe sordo sobre una superficie firme. La escotilla se abrió y un aire fresco y una luz intensa del sol entraron en la cápsula.
Personas desconocidas miraban al animal con sonrisas. Parecían contentas; le desabrocharon rápidamente y lo sacaron al exterior. Los flashes brillantes y las voces excitadas aumentaban su inquietud. Intentaron devolverlo a la cápsula, pero el Número 65 se resistió. Al final, alguien le ofreció una manzana. Fue, al menos, una compensación por las sacudidas sufridas...
Primeros años del astrosimpancé
Esta historia real narra la vida del chimpancé que el mundo conoce como Ham, el primer primate que conquistó el espacio. Nació en 1957 en el Camerún francés, al oeste de África central. De pequeño lo capturaron cazadores y lo enviaron a EE. UU., donde llegó al Miami Bird and Reptile Farm en Florida, un establecimiento que comerciaba con animales exóticos.
La Fuerza Aérea de Estados Unidos compró al futuro astronauta por 457 dólares (aproximadamente 4 500 dólares en la equivalencia actual) y lo envió a la base aérea Holloman en Alamogordo, Nuevo México. Allí iba a ser parte importante del proyecto Mercury de la NASA, un programa que investigaba el efecto de los vuelos espaciales en animales.
Claro que Estados Unidos no fue el primero en enviar animales al espacio. Ya en 1957 la Unión Soviética lanzó al espacio a la perra Laika, y en 1960 las perras Belka y Strelka regresaron con éxito a la Tierra tras su misión. Sin embargo, lanzar al espacio a un primate superior supuso un paso nuevo: los chimpancés están mucho más cerca del ser humano en estructura corporal e inteligencia que los perros.
Preparación para el vuelo espacial
Mientras lo entrenaban en Nuevo México, llamaban al chimpancé simplemente “Número 65”. Se hizo así deliberadamente para que el público no se encariñara con el animal, dado que la probabilidad de fallo de la misión era bastante alta. Entre los adiestradores lo apodaban “Chop Chop Chang”. El apodo hacía referencia a los supuestos orígenes orientales del animal y a su rapidez de reacción en los entrenamientos.
Chop Chop Chang resultó ser el mejor de los 40 chimpancés seleccionados para la preparación del vuelo espacial. El neurobiólogo Joseph Brady desarrolló una metodología especial para asegurarse de que los primates superiores conservaran la claridad mental incluso en condiciones extremas. Enseñaron a los animales una tarea sencilla pero esencial: cuando se encendía un indicador de color en la cabina, debían accionar una palanca concreta. Y tenían que hacerlo en menos de cinco segundos.
Esta prueba era determinante para futuras expediciones. En órbita la persona debe reaccionar de inmediato a las señales de advertencia y controlar los sistemas de la nave, incluso bajo enormes esfuerzos físicos o flotando en ingravidez. Los investigadores necesitaban comprobar si nuestro organismo podía realizar estas tareas.
Por ejecutar correctamente las órdenes, los sujetos recibían una golosina: comprimidos con sabor a plátano. Si se demoraban o equivocaban, recibían una ligera descarga eléctrica en las extremidades.
El programa de preparación se fue complicando. Colocaban a los animales en réplicas exactas de las naves y simulaban el atronador estruendo del despegue. Los sometían a centrifugados en equipos que reproducían las fuertes aceleraciones del lanzamiento. Los habituaban a pasar largas horas en espacios reducidos, sujetos con cinturones de seguridad y con numerosos sensores médicos en el cuerpo.
Lo más difícil para los monos eran los entrenamientos en condiciones de ingravidez. Para ello se usaban aeronaves especiales: cuando el avión realiza una trayectoria parabólica descendente de forma pronunciada, durante unos treinta segundos desaparece la gravedad en la cabina. En esos breves intervalos los sujetos debían seguir realizando con precisión las tareas con las palancas.
Incluso en las situaciones de mayor estrés, Número 65 mantuvo la sangre fría y cumplió las instrucciones a la perfección. Por eso fue seleccionado para el experimento emblemático Mercury-Redstone 2, destinado a demostrar definitivamente que el ser humano podría operar eficazmente fuera de la atmósfera terrestre.
El vuelo histórico
El 31 de enero de 1961 ataron al Número 65 en la cápsula hermética dentro del cohete Mercury-Redstone 2 en Cabo Cañaveral, Florida. Según el plan, el cohete debía alcanzar una altitud de 185 kilómetros y acelerar hasta 7 000 kilómetros por hora.
Sin embargo, a causa de una válvula defectuosa la empuje resultó mayor de lo previsto. El cohete superó la altura prevista, alcanzando 253 kilómetros, y aceleró hasta 9 400 kilómetros por hora. La avería también provocó una serie de sucesos que hicieron que la cápsula perdiera el paquete de retrocohetes, el conjunto de pequeños motores destinado a frenar la nave. A causa de esto Ham experimentó sobrecargas enormes: hasta 17 g en el despegue y 14,7 g al reentrar en la atmósfera (para comparar: los cosmonautas suelen soportar entre 4 y 5 g como máximo).
Durante los 16,5 minutos del vuelo suborbital, el chimpancé pasó un total de 6,6 minutos en ingravidez, pero siguió accionando las palancas con empeño. Su tiempo de reacción solo se retrasó ligeramente respecto a las pruebas en tierra. De este modo los científicos comprobaron que los primates, y por tanto los humanos, pueden trabajar en el espacio casi tan bien como en condiciones normales.
Cuando la cápsula amerizó en el océano Atlántico, quedó a 675 kilómetros del punto previsto. Además, el escudo térmico dañó la cápsula en el impacto, y esta empezó a encharcarse.
El regreso a casa
Al equipo del USS Donner le llevó casi tres horas localizar y recuperar la cápsula con el desafortunado Ham. Si hubieran tardado un poco más, el chimpancé podría haberse ahogado. El primate exhausto padecía deshidratación, tenía un hematoma en el hocico y había perdido peso, pero por lo demás su estado físico no despertaba alarma y su vida no corría peligro.
En las imágenes de la cronometraje se le ve mostrando los dientes en lo que muchos interpretaron como una sonrisa de felicidad. Sin embargo, especialistas, entre ellos la primatóloga inglesa Jane Goodall, explicaron después que esa expresión en realidad indicaba miedo y estrés. Según el respetado periódico británico The Guardian, Goodall afirmó que «nunca había visto tanto horror en el rostro de un chimpancé».
Cuando los adiestradores intentaron meterlo de nuevo en la cápsula para las fotos promocionales, se resistió, entró en pánico y hubo que sujetarlo por la fuerza. Poco después del retorno, la NASA dio oficialmente al chimpancé el nombre “Ham”, tomado de las primeras letras de Holloman Aerospace Medical Center (Centro Médico Aeroespacial Holloman).
A pesar de todos los problemas técnicos, la NASA consideró el vuelo un éxito y utilizó los datos obtenidos para preparar el vuelo de Alan Shepard del 5 de mayo de 1961, el primer estadounidense en el espacio. Cabe señalar que entre el vuelo de Ham y el de Shepard ocurrió otro hito histórico: el 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin fue la primera persona en el espacio al dar una vuelta a la Tierra en la nave Vostok-1.
La vida después de la fama
Tras su regreso Ham pasó dos años más en la base aérea Holloman, donde lo examinaron los médicos. Después lo trasladaron al Zoológico Nacional de Washington. Allí los visitantes lo irritaban y no soportaba la atención de los periodistas. Vivió en una jaula individual durante 17 años, aunque el personal intentó mejorar sus condiciones.
En 1980 la opinión pública se preocupó por la soledad de Ham, y el pequeño astronauta fue trasladado al zoológico de Carolina del Norte, donde por primera vez desde su captura en África pudo vivir entre otros chimpancés, aunque la socialización no fue muy exitosa debido a los largos años de aislamiento. Vivió allí hasta su muerte por enfermedades del corazón y del hígado en 1983.
En los 26 años de cautiverio Ham experimentó muchos cambios: pasó de ser un sujeto anónimo a una celebridad nacional y volvió a la relativa oscuridad.
Destino póstumo y controversias
Tras la muerte de Ham se desataron debates sobre qué hacer con su cuerpo. Al principio el Museo Smithsonian planeó disecarlo para una exposición, como hizo la Unión Soviética con sus perras espaciales Belka y Strelka. Sin embargo, luego se descartó la idea porque al público le resultó demasiado cruel.
Finalmente, los tejidos blandos y la piel de Ham fueron enterrados en el Salón Internacional de la Fama del Espacio en Alamogordo. Su esqueleto fue exhibido en el Museo Nacional de Salud y Medicina en Maryland, donde se encuentra todavía hoy.
Hoy se contempla la historia de Ham desde múltiples perspectivas. Por un lado, fue un hito del progreso científico y un paso importante en la exploración espacial. Por otro, es un recordatorio de cómo los humanos utilizaron animales para alcanzar sus metas, no siempre preocupándose por su bienestar y dignidad. A diferencia de los astronautas humanos, que son enterrados con honores en cementerios nacionales, el destino de los astronautas pertenecientes a otras especies fue distinto.
No obstante, el aporte de este valiente chimpancé a la ciencia y al progreso es indiscutible. Demostró que los seres vivos no solo pueden sobrevivir en el espacio, sino también realizar tareas complejas, lo que abrió la puerta a las misiones espaciales tripuladas. En ese sentido, el pequeño chimpancé se convirtió en un gran puente entre la Tierra y el espacio, inscribiendo su nombre para siempre en la historia de la conquista espacial.