Psicología en incógnito: cómo el anonimato cambia el comportamiento humano

Psicología en incógnito: cómo el anonimato cambia el comportamiento humano

¿Por qué una persona de repente decide hacer las acciones más extravagantes cuando nadie conoce su nombre? ¿Por qué en una multitud se perciben de forma distinta las normas de moral y el sentido común? ¿Y qué ocurre en el espacio de internet, donde cualquier rostro real se puede ocultar fácilmente tras un avatar? Estas preguntas preocupan no solo a observadores curiosos, sino también a psicólogos profesionales que llevan décadas estudiando el fenómeno del anonimato. Hoy intentaremos responder juntos a algunas de ellas.

Historia del incógnito: de la Edad Media a la era digital

La capacidad de permanecer en el anonimato, en esencia, no es nueva: durante siglos la gente ha usado máscaras, seudónimos y sociedades secretas. Recordemos, por ejemplo, los bailes de máscaras medievales, donde una persona podía cambiar completamente su estatus social por una noche, ser alguien distinto. En esas situaciones las normas sociales se desplazaban: un noble podía comportarse como un ciudadano corriente, y un criado a veces se hacía pasar en broma por un dignatario. Ese tipo de “intercambio de papeles” a menudo eliminaba barreras habituales y provocaba un estallido emocional que, en ocasiones, llevaba a consecuencias impredecibles.

Más tarde, con la difusión de la imprenta, los panfletos y folletos anonimizados jugaron un papel importante en movimientos políticos y sociales. Los autores, al no revelar sus nombres, podían criticar a gobernantes, instituciones religiosas y normas sociales sin riesgo de persecución directa. Para algunos, la pluma se convirtió en una forma de luchar por la justicia; para otros, abrió la vía a la manipulación y a la difusión de información falsa.

Como sabemos, con el desarrollo de las tecnologías todo se volvió aún más sencillo. En internet basta crear un apodo y ya existe una identidad, a menudo cuidadosamente construida o imaginada al instante. Al mismo tiempo, cuando somos conscientes de que nadie ve nuestro rostro, las restricciones psicológicas se relajan. Y entonces aparece un amplio espectro de conductas: desde el intercambio constructivo de opiniones hasta una forma de comunicación agresiva.

Por qué el ocultamiento de la identidad cambia nuestras acciones: teorías clásicas

Cuando hablamos de cómo la identidad oculta influye en el comportamiento, lo primero que viene a la mente es el concepto de «desindividuación». Se refiere a un estado en el que la persona deja de percibirse como un individuo autónomo al encontrarse en un entorno de anonimato o en un grupo numeroso. Suele ocurrir cuando falta una identificación personal clara, cuando existe la sensación de “disolución” en el colectivo, cuando la tensión emocional es alta y el riesgo de castigo por acciones incorrectas parece mínimo. En esa situación disminuye el autocontrol habitual, y por eso la gente a menudo comete actos que en la vida cotidiana le resultarían impensables.

Las investigaciones clásicas sobre la influencia del grupo en el comportamiento individual comenzaron con Leon Festinger y sus colegas. Sin embargo, este efecto se hizo particularmente visible en los experimentos de Philip Zimbardo, incluido el famoso experimento carcelario de Stanford (1971). En uno de los sótanos de la universidad recreó el ambiente de una prisión y reclutó estudiantes voluntarios. Los dividieron al azar en “guardias” y “prisioneros”: a los primeros se les entregó ropa de uniforme y a los segundos el atuendo de reclusos. A los pocos días los participantes se sumergieron tanto en los roles asignados que los “guardias” empezaron a mostrar dureza y exigir obediencia absoluta, mientras que los “prisioneros” sentían humillación y estrés. Los sujetos parecían perder la sensación de individualidad, dejando de ver en los demás personas semejantes. El aumento de la agresión fue tan rápido que el experimento tuvo que suspenderse antes de tiempo, pese a que todos los participantes eran estudiantes comunes sin predisposición conocida a la violencia.

Más tarde surgió el llamado modelo SIDE (Social Identity Model of Deindividuation Effects), desarrollado por Steven Reicher, Russell Spears, Tom Postmes y otros investigadores. La esencia del enfoque es que un entorno anónimo no necesariamente provoca conductas antisociales. La identidad social y los valores establecidos del propio grupo desempeñan un papel importante. Si los participantes están unidos por ideales positivos y normas morales claras, la “disolución” en el colectivo puede aumentar la cohesión, llevando a acciones más responsables y solidarias. Pero si la atmósfera interna está impregnada de agresión o posturas radicales, la ausencia de reconocimiento personal solo refuerza las manifestaciones negativas.

Mecanismos psicológicos: por qué perdemos el control

La esencia del comportamiento anónimo se reduce en gran medida a varios procesos clave:

  • Relajación de la autoobservación. Cuando los demás no saben quiénes somos y no pueden juzgarnos personalmente, nos resulta más fácil ignorar las normas sociales habituales.
  • Falta de miedo a perder la reputación. En la vida cotidiana valoramos la opinión de quienes nos conocen. Pero si nadie relaciona palabras y actos con nuestro nombre real, dejamos de temer la humillación pública.
  • Imitación de la norma de grupo. En grandes reuniones o comunidades en línea las personas tienden a comportarse según lo que se considera normal en ese entorno. Si el grupo es amistoso, los miembros se apoyarán mutuamente. Si la atmósfera es agresiva, crece el riesgo de conductas no constructivas.
  • Intensificación de las emociones. La sensación de anonimato o pertenencia a una multitud puede provocar euforia, valentía y, a veces, reacciones extremas. Las emociones positivas pueden convertirse en bullicio descontrolado; las negativas, en agresión.

En conjunto, estos mecanismos hacen que las acciones de una persona sean menos predecibles. Por eso los eventos masivos —ya sean celebraciones pacíficas o protestas políticas— suelen convertirse en escenarios para todo tipo de excesos. Y a veces precisamente la falta de identificabilidad da el impulso decisivo a actos que en la vida cotidiana la persona ni siquiera imaginaría.

La multitud en acción: ejemplos e investigaciones

Cuando muchas personas se reúnen en un mismo lugar, unidas por una idea común o de forma espontánea, surge una dualidad: una masa enorme puede mostrar solidaridad, pero también puede comportarse de manera impredecible y, a veces, agresiva. El ejemplo más ilustrativo son los aficionados al fútbol. Dentro de su grada los hinchas de un equipo están cohesionados y se apoyan, pero ante el encuentro con el rival pueden pasar al conflicto y a la violencia. Aquí actúa el efecto de “disolución en la multitud”: cada participante empieza a pensar que es difícil identificarlo individualmente, de modo que los frenos morales se debilitan.

A mediados del siglo XX Gustave Le Bon y sus seguidores estudiaron el fenómeno de la “pérdida de la individualidad”. Observaron que en la multitud la persona deja de sentir su responsabilidad personal: si todos alrededor corren y destrozan escaparates, al individuo ya no le parece que sea él quien comete el acto vandálico. Se crea la impresión de que actúa el grupo, no sus miembros por separado.

Sin embargo, los científicos contemporáneos no reducen el fenómeno a una simple “despersonalización”. Según las observaciones del psicólogo Steven Reicher, los participantes en movimientos de protesta y acciones masivas pueden pensar de forma racional incluso siendo anónimos. Aquí lo decisivo es la identidad compartida. Si esta se basa en valores pacíficos o constructivos, el nivel de agresión suele ser menor pese a la falta de reconocimiento personal. Pero cuando predominan en el grupo posturas radicales o hostiles, el efecto de “disolución” solo empuja hacia acciones más duras, y cada individuo deja de sentirse personalmente responsable de las consecuencias.

Dimensión digital

Hoy internet es el espacio principal para “esconderse” tras seudónimos o avatares. Redes sociales, foros, mensajerías y diversas plataformas permiten crear en un par de clics una cuenta nueva y vivir bajo un nombre ficticio. A primera vista esto parece ideal si alguien quiere desahogarse, buscar apoyo, hablar de sentimientos que en el mundo real diría en voz baja o, por el contrario, criticar con dureza a un superior sin temor a un despido inmediato o al juicio de amigos. Muchas personas encuentran en la red lo que les es inaccesible fuera de línea: una comunidad que escucha, comparte el dolor y ofrece consejos útiles.

Por supuesto, hay muchas manifestaciones negativas. Por ejemplo, los haters que provocan peleas o humillan a otros. Cambian fácilmente de seudónimo y no cuidan la reputación, porque no existe el riesgo de encontrarse con la otra persona en persona. Precisamente la percepción de impunidad subyace al fenómeno que los psicólogos denominan “efecto de desinhibición en línea”: en la comunicación escrita las personas liberan emociones y afirmaciones que en una conversación cara a cara habrían contenido. John Suler, uno de los investigadores en ciberpsicología, destacó que en la red a menudo emerge la “sombra” de la persona: los aspectos de la personalidad que en un entorno real permanecen reprimidos.

También hay aspectos positivos. La historia recoge numerosos ejemplos en los que la intervención anónima provocó un impacto social y ayudó a impulsar reformas positivas. Publicaciones anónimas sobre corrupción, violaciones de derechos humanos o problemas ecológicos a menudo se convirtieron en catalizadores del cambio.

En la esfera creativa, los seudónimos y el ocultamiento del nombre real a veces ofrecen a los autores una libertad apreciable para experimentar. No temen que su entorno cercano o la comunidad profesional conozca sus ideas inusuales y pueden buscar un estilo propio e inconfundible. Algunas obras maestras de la literatura y las artes visuales nacieron precisamente porque sus autores trabajaron bajo un nombre enigmático.

¿Y la darknet?

La darknet —una red inaccesible a través de los motores de búsqueda habituales y no regulada por los mecanismos tradicionales de control— funciona como refugio para el comercio de bienes y servicios prohibidos: desde drogas y documentos falsos hasta bases de datos hackeadas y ataques cibernéticos por encargo. El factor principal que permite la existencia de estos mercados es la privacidad de los participantes. Compradores y vendedores emplean mensajerías cifradas, anonimizadores de tráfico y criptomonedas para ocultar tanto su identidad como las transacciones financieras. Como resultado, la actividad se vuelve extremadamente difícil de rastrear y sancionar.

Al mismo tiempo, esas mismas herramientas de privacidad se usan con fines legítimos —por ejemplo, por activistas civiles, periodistas o disidentes políticos en países con altos niveles de censura y represión. Para ellos es importante mantener la privacidad para no ser perseguidos por publicaciones, filtraciones o participación en protestas. Así, las tecnologías creadas para garantizar la libertad digital se convierten a la vez en medio de protección y en arma en manos de delincuentes.

El problema radica no tanto en el anonimato en sí como en la brecha técnica y legal entre las herramientas digitales en desarrollo y las capacidades de las fuerzas del orden. Con frecuencia las estructuras estatales no disponen ni de las tecnologías necesarias ni del marco jurídico para rastrear y contrarrestar eficazmente la actividad criminal en redes cerradas. Mientras no exista un consenso internacional sobre la regulación de estos espacios, los esquemas delictivos seguirán explotando las vulnerabilidades de la infraestructura. Esto genera debates intensos sobre dónde trazamos la línea entre la protección de los derechos humanos y la intervención necesaria para la seguridad pública. Y si al aumentar el control no corremos el riesgo de perder la esencia misma de la libertad digital.

Cómo usar el formato anónimo con criterio

Por supuesto, no es posible eliminar por completo los riesgos relacionados con el “camuflaje”. Pero hay varios principios que pueden ayudar a mantener un equilibrio saludable entre la seguridad privada y el comportamiento responsable.

  • Respete normas éticas. Aunque esté oculto, eso no le da derecho a engañar, acosar o incurrir en actos indecorosos. Formule sus ideas con claridad, evite insultos y provocaciones.
  • Evalúe las consecuencias. Antes de publicar algo, piense en las posibles repercusiones. Las palabras tienen peso, incluso si no van firmadas con un nombre visible.
  • Use herramientas seguras. Si necesita protegerse (por ejemplo, al denunciar actos ilegales), recurra a servicios fiables que ofrezcan cifrado y protección de datos. No confíe en aplicaciones dudosas.
  • Respete los límites ajenos. En la comunicación anónima es fácil traspasar una línea, sobre todo si su interlocutor es vulnerable. Procure mantener la empatía, aunque nadie sepa quién es usted.
  • Formación en alfabetización digital. Cuanto mejor entienda las tecnologías, más fácil le resultará mantener la privacidad sin vulnerar derechos ajenos. Comprender cómo funciona la seguridad en internet evitará acciones imprudentes.

Qué nos espera en el futuro

En un futuro próximo el interés por las tecnologías que permiten ocultar la identidad probablemente seguirá creciendo. Las personas buscan cada vez más proteger sus datos personales, conservar el control sobre su huella digital y minimizar las intromisiones externas —ya sean estatales, corporativas o de otros usuarios—. Al mismo tiempo aumentan las preocupaciones: una migración masiva hacia la “invisibilidad” puede facilitar la actividad de cibercriminales, grupos extremistas o difusores de desinformación. Existe la sensación de que un grado excesivo de anonimato puede servir no solo para proteger, sino también como un escudo cómodo para la manipulación y el delito.

Paralelamente surgen tendencias opuestas. En distintos países se prueban sistemas que endurecen la identificación de usuarios —por ejemplo, vinculando cuentas a datos biométricos o a servicios estatales. Estas soluciones se presentan a menudo como formas de luchar contra las noticias falsas, el fraude y la violencia en la red. Pero también plantean serias preguntas: ¿hasta qué punto es aceptable restringir la posibilidad de expresar una opinión sin revelar la propia identidad? ¿No podría la verificación obligatoria convertirse en un medio de presión y deprimir la disidencia?

Lo más probable es que sigamos un camino de compromiso. La confidencialidad dejará de ser un derecho absoluto para convertirse en un régimen flexible: en algunos ámbitos (operaciones financieras, votación electrónica) se exigirá identidad comprobada, mientras que en otros (comunidades de interés, foros temáticos) se mantendrá la posibilidad de interactuar con seudónimo. Se discuten ideas de plataformas distribuidas en las que la propia comunidad pueda establecer reglas: quién puede permanecer anónimo y quién debe verificar su autenticidad. También avanzan tecnologías de transparencia selectiva —por ejemplo, sistemas de cifrado que permiten al usuario ser anónimo para la mayoría, pero verificable para personas de confianza o estructuras independientes. Eso permitirá conciliar privacidad con garantías básicas de seguridad y confianza.

En última instancia, como ocurre con la mayoría de herramientas sociales, el anonimato es neutro en sí mismo. Lo importante es con qué propósito se utiliza. Puede ayudar a sacar a la luz esquemas de corrupción y a salvar a personas de la persecución, o puede dar lugar a calumnias despiadadas y conducir a rincones oscuros de la red criminal. Cada quien decide cómo usar este recurso. Y si aprendemos a respetar los límites ajenos, a ser conscientes de las consecuencias de nuestros actos y a proteger a quienes realmente necesitan defensa, la “máscara” servirá no solo a intereses individuales, sino también al bien común.

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