La historia de la tarjeta bancaria: quién la inventó y qué pasa cuando la acercas al termina

La historia de la tarjeta bancaria: quién la inventó y qué pasa cuando la acercas al termina

Pagamos con la tarjeta casi sin mirar: la apoyamos en el terminal, oímos el familiar «pip» y seguimos con nuestras tareas. Parece que en este ritual no hay nada complicado: un rectángulo de plástico, un par de cifras y una tira magnética. Pero detrás del parpadeo del terminal se esconde un siglo de avances tecnológicos, aventuras de marketing y verdaderas pequeñas tragedias cotidianas.

Cuando todo empezó

Antes incluso de que existiera el término «tarjeta de crédito», los comerciantes buscaban la forma de asegurar la promesa del comprador de «pagaré después». A finales del siglo XIX eso tenía un aire romántico: al cliente habitual se le entregaba un tóken metálico con un número grabado. El cajero trascribía el número en el libro de cuentas, y la deuda se anotaba con una caligrafía tosca junto al precio de la tela o del queroseno. Nada de plástico ni ordenadores: pura confianza en la persona y una ficha de acero en el bolsillo interior.

Pero el verdadero impulso al mundo de los pagos sin efectivo fue un incidente prosaico. El 28 de febrero de 1949, el empresario neoyorquino Frank McNamara cenaba en el prestigioso restaurante «Major’s Cabin Grill». Cuando el camarero trajo la cuenta, McNamara descubrió que había olvidado la cartera. La situación la resolvió su esposa, pero la vergüenza fue tan grande que el empresario decidió: eso no debería volver a ocurrirle a él ni a nadie más. Junto con el abogado Ralph Schneider y un socio comercial fundó Diner’s Club — un club de confianza para pagar en restaurantes.

La primera tarjeta de Diner’s se hizo de cartón rígido y permitía pagar la cena «a crédito» en 27 establecimientos de Nueva York. El periodo de liquidación duraba un mes: el club pagaba la cuenta de inmediato y luego enviaba al cliente un sobre con el importe adeudado. En 1951 ya había más de 20 000 titulares —la idea de «cenar sin llevar efectivo» resultó contagiosa. Curiosamente, McNamara introdujo desde el principio una comisión del tres por ciento, y justamente ese porcentaje décadas después se transformaría en la conocida tasa de adquirencia.

Experimento masivo BankAmericard: millones de sobres, decenas de demandas

Si Diner’s Club fue en cierto modo elitista, el paso siguiente convirtió el producto en algo masivo hasta la audacia. En 1958, el director de marketing del Bank of America en San Francisco, el enérgico Joseph Williams, lanzó la operación «Drop»: el envío por correo de 60 000 tarjetas BankAmericard a residentes seleccionados de la ciudad. En el sobre había plástico con un límite de crédito aprobado: bastaba con sacar la tarjeta y empezar a comprar. La compañía subestimó algo: los estafadores también recibieron sobres. Al cabo de un año, el banco se enfrentó a una avalancha de morosidad y a un aluvión de fraude, pero el efecto de marketing se consiguió: toda América empezó a hablar de la «revolución de las tarjetas».

BankAmericard evolucionó, agruparía a bancos pequeños y formaría una infraestructura de procesamiento. En 1976 la marca cambió de nombre a Visa, subrayando la idea de una «visa» global al dinero. Casi en paralelo, en 1966 los competidores organizaron la asociación Interbank Master Charge, que luego se convirtió en Mastercard. Así nació la duopolio global que conocen todos los titulares de tarjeta.

Cómo la banda magnética se impuso gracias... a una plancha

Durante mucho tiempo los datos del titular se imprimían en relieve: el cajero insertaba la tarjeta en un deslizador manual, colocaba papel para copiar y «rodaba» un cilindro metálico. El procedimiento era lento y propenso a errores. El ingeniero de IBM Forrest Parry propuso en 1960 usar una cinta magnética, parecida a la de las grabadoras de carrete. Tocaba fijar la cinta de forma segura a la pieza de PVC. El pegamento derretía el plástico y la cinta se arrugaba. Parry llegó a casa y se lo comentó a su esposa. La señora Parry, al ver las dificultades del marido, tomó una plancha doméstica y «soldó» la cinta a la tarjeta: quedó uniforme y limpia. Así nació la tecnología que perdura más de cinco décadas.

La banda magnética (ISO 7811) almacena tres pistas de datos, incluyendo el número de la tarjeta (PAN), el nombre del titular y una suma de comprobación CRC. El comercio de los años setenta instaló lectores motorizados, y IBM —los primeros terminales en línea que conectaban la tienda directamente con el banco. Por primera vez la autorización dejó de ser cuestión de recibos en papel y pasó a medirse en segundos.

Tarjeta inteligente y la criptografía francesa

La banda magnética hizo el pago instantáneo, pero dejó una talón de Aquiles: los datos de las pistas se pueden leer con cualquier escáner de $5 y escribir en un plástico en blanco. Aparecieron los skimmers, pequeñas cubiertas para cajeros automáticos: el aparato copia las pistas y una cámara oculta graba el PIN. La combinación «banda + PIN» permite clonar una tarjeta en minutos.

Para tapar ese agujero, en Francia, a mediados de los años setenta se propuso una solución radical: reemplazar la cinta pasiva por un microprocesador integrado en el plástico. La idea la formuló el inventor autodidacta Roland Moreno. Sus primeros prototipos contenían solo memorias ROM con claves, pero pronto evolucionaron a un controlador completo con algo de memoria operativa y un sistema de archivos. El banco Société Générale lanzó un proyecto piloto entregando tarjetas «inteligentes» a empleados para cajeros automáticos.

El avance comercial llegó una década después, cuando los competidores — Europay, Mastercard y Visa — acordaron un protocolo común. Así, en 1994 nació el estándar EMV, que describe el chip físico, la estructura de archivos y los escenarios de interacción con el terminal. Ahora, en cada operación el chip realiza un intercambio criptográfico:

  • el terminal envía un número aleatorio y parámetros del pago;
  • el chip genera una criptograma única — ARQC (Authorization Request Cryptogram) — mediante una clave simétrica conocida solo por el emisor;
  • el banco verifica la criptograma y devuelve una respuesta TC (Transaction Certificate) o AAC (rechazo).

La principal ventaja es la autenticación dinámica. Incluso si un atacante intercepta la ARQC, no podrá reutilizarla: el siguiente número aleatorio requerirá una firma nueva. Europa migró al chip más rápido que Estados Unidos, de modo que ya a comienzos de los 2000 el skimming físico en cajeros se volvió raro y los talleres clandestinos de clonación quedaron atrás.

Qué hace la tarjeta mientras el terminal parpadea

Desde fuera el proceso de pago parece un instante. En realidad, en 300–500 milisegundos ocurre una cadena compleja de eventos:

1. Lectura de datos. El terminal activa la antena NFC o los pines de contacto, solicita el identificador de la aplicación (AID) e inicia el comando GENERATE AC. El chip devuelve la criptograma y la solicitud de autorización.

2. Envío a la adquirente. El terminal POS empaqueta los datos en un mensaje ISO-8583 y lo envía por un canal protegido a la adquirente —el banco que da servicio al comercio.

3. Red de pago. Visa o Mastercard actúan como despachantes del tráfico: descifran el campo clave 35 (pista 2), identifican el banco emisor por el BIN y enrutan la solicitud. Paralelamente entra en juego el antifraude —desde un simple «scoring» hasta sistemas de aprendizaje automático.

4. Emisor. El banco del titular comprueba el saldo disponible, los límites diarios y el historial de operaciones sospechosas. Si todo está bien, genera la respuesta de autorización y la criptograma TC o acepta la ARQC.

5. Cadena de respuesta. La aprobación vuelve por la misma ruta, el terminal muestra OK y el cajero entrega el recibo. La transferencia real de fondos (clearing + settlement) ocurre durante la noche en los centros de compensación de la red.

Variedad de plásticos: por qué tantos subtipos

Las tarjetas de débito cargan fondos propios, las de crédito ofrecen una línea de crédito del banco, y las prepago funcionan como monederos electrónicos sin vinculación a una cuenta. En los años 2010 surgieron tarjetas virtuales para pagos en línea, cuyos datos existen solo en la aplicación y pueden eliminarse tras la compra. Este recurso complica mucho la vida de los phishers.

Sin contacto y tokenización: cuando la tarjeta se oculta en el reloj

La tarjeta sin contacto es el mismo chip EMV, pero equipado con una fina antena de cobre incrustada en el plástico. El terminal crea un campo electromagnético (según la norma ISO/IEC 14443) y «alimenta» la tarjeta a 2–4 centímetros: el chip despierta, intercambia datos y genera la criptograma en décimas de segundo. El usuario solo acerca la tarjeta y oye el «pip» conocido.

Los primeros proyectos piloto arrancaron en 1997: Mastercard probó PayPass en torniquetes del metro de Nueva York y en la cadena de restaurantes Subway. El chip pasivo resultó más seguro que la banda magnética: no se puede «leer» con un skimmer, y los datos se transmiten en paquetes cifrados y breves.

La tecnología se hizo masiva con los teléfonos inteligentes, que ya contaban con una bobina NFC para el intercambio a corta distancia. Los monederos móviles Apple Pay (2014) y Google Pay (2015) convirtieron el teléfono en una tarjeta virtual, pero añadieron dos capas de protección:

  • en el servidor de la red de pago se crea un DPAN —un número proxy dinámico que se sustituye por el PAN real en cada transacción;
  • el DPAN se guarda en un módulo seguro: el Secure Enclave (iPhone) o un elemento seguro de hardware/emulación HCE (Android).

Tarjeta sin número en el anverso: moda del plástico limpio

La última tendencia de diseño son las tarjetas con cara limpia, sin número visible. Todos los datos se ocultan en el reverso o únicamente en la banca móvil. La idea es simple: una foto descuidada o una tarjeta perdida no revelan el PAN, la fecha ni el CVV. Varios bancos fintech rusos y europeos ya ofrecen ese formato.

El futuro del «trozo de plástico»

A los futurólogos les gusta enterrar la tarjeta, pero las cifras son tercas: según Nilson Report, en 2024 las tarjetas bancarias registraron 421 000 millones de operaciones. Hoy se puede pagar con un reloj, un teléfono o incluso un llavero del coche, pero todos esos dispositivos usan los mismos protocolos EMV y la infraestructura de red de Visa/Mastercard. La forma cambia; el fundamento permanece.

La próxima gran actualización se espera en la intersección de la biometría y la criptografía. Ya se prueban tarjetas con un escáner de huella integrado: no hace falta retener el PIN —el dedo se aplica al chip y la tarjeta verifica la identidad del titular de forma local. La otra dirección es el CVV dinámico. En el reverso de la tarjeta hay una pequeña pantalla LCD o un segmento de e-ink con un código de tres dígitos que se actualiza cada pocas horas. Si un atacante copia los datos, habrán quedado obsoletos antes de la siguiente compra en línea.

En los laboratorios de grandes bancos y redes de pago ya se experimenta con el intercambio cuántico de claves para las líneas interbancarias. La idea es sencilla: incluso si alguien intercepta el tráfico de autorizaciones, la física cuántica impide copiar la clave de cifrado sin ser detectado —la línea «sabe» que la están escuchando y la transacción se rechaza. El objetivo es el mismo que con la biometría y el CVV dinámico: hacer que el breve lapso entre acercar la tarjeta y la respuesta del banco sea inaccesible para los atacantes.

Conclusión: por qué es útil conocer la historia de tu tarjeta

Entender la mecánica de la tarjeta es como leer un libro de cocina antes de cenar: no es obligatorio, pero hace el proceso más consciente. Sabiendo que el lector toma un token y no el número, pagamos con el reloj con más tranquilidad. Conociendo el chip EMV, no nos alarmamos al ver una banda magnética desgastada. Y recordando la vergüenza de Frank McNamara, comprendemos que el progreso técnico a menudo arranca con un simple «ay, olvidé la cartera».

La próxima vez que acerques la tarjeta al terminal, recuerda esta cadena de 76 años: desde el restaurante de la calle 52 hasta la microsegunda inalámbrica del NFC. Detrás de un «pip» tan breve sigue existiendo una larga sinfonía clásica de ingeniería, criptografía y comodidad cotidiana.

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