Por qué los animales nos parecen tiernos: ciencia, cerebro y evolución

Por qué los animales nos parecen tiernos: ciencia, cerebro y evolución

¿Por qué con solo mirar a un cachorro nos entran ganas de sonreír, mientras que el rostro de un hámster provoca un ligero gemido de ternura? No se trata solo de emociones o educación: la ternura está integrada biológicamente en nosotros. Nuestro cerebro se ha adaptado evolutivamente para reconocer ciertas señales visuales como «tiernas», y esas señales desencadenan una compleja cascada de reacciones: hormonales, conductuales y culturales. Analizamos cómo funciona exactamente.

Esquema de bebé — código innato de cuidado

El término esquema de bebé (esquema de bebé) fue introducido en 1943 por el etólogo austríaco Konrad Lorenz. Observó que ciertos rasgos de los lactantes — cabeza grande, ojos grandes, nariz corta, mejillas regordetas — provocan automáticamente en los adultos una sensación de ternura y la necesidad de cuidar.

Desde entonces la neurociencia ha confirmado este hallazgo. Estudios mediante resonancia magnética funcional (fMRI) han mostrado que ver rostros con un marcado esquema de bebé activa zonas del cerebro relacionadas con la recompensa, entre ellas el núcleo accumbens y la corteza orbitofrontal. Esas mismas zonas se activan cuando experimentamos placer — por la comida, la música o interacciones sociales positivas.

¿Por qué funciona también en los animales?

Nuestro cerebro es bastante generoso en sus juicios: «reconoce» el esquema de bebé no solo en infantes humanos, sino también en animales — especialmente en crías. Cachorros, gatitos, polluelos e incluso crías de roedores poseen justamente esas proporciones que encajan con los criterios del esquema de bebé.

Experimentos han demostrado que, por ejemplo, los perros con rasgos más «infantiles» suelen ser adoptados con mayor frecuencia en los refugios. Las personas se sienten atraídas de forma inconsciente hacia aquellos que parecen indefensos, suaves, redondeados e «inocentes» — incluso si se trata de un erizo con una zanahoria.

Domesticación y evolución de la ternura

Es interesante que en el proceso de domesticación nosotros mismos potenciamos la ternura en los animales. Perros, gatos, conejos — todo ello es resultado de la selección, también por apariencia. Intuitivamente elegimos y criamos animales que parecían más «amigables» y «tiernos» — con ojos grandes, formas suaves y un comportamiento menos agresivo.

Así el esquema de bebé dejó de ser solo una reacción y se convirtió en un rasgo fijado evolutivamente. Nos rodeamos de seres que, visual y conductualmente, nos provocan cuidado — y eso les dio una mejor oportunidad de sobrevivir junto al humano.

Qué sucede en el cerebro: hormonas y circuitos neuronales

Al ver un ser tierno se activan de inmediato varias vías en el cerebro. En primer lugar, el sistema dopaminérgico mesolímbico, que responde por la motivación, el placer y el apego. Incluye:

  • El núcleo accumbens — centro del placer;
  • La corteza orbitofrontal — analiza el valor emocional del estímulo;
  • El hipotálamo — regula la respuesta hormonal.

Se desencadena la liberación de oxitocina — «la hormona del apego», que genera sensación de cercanía, confianza y cuidado. También se activa la vasopresina, que refuerza los instintos protectores. La combinación de estas sustancias literalmente nos hace sentir ternura y ganas de cuidar.

Agresión por ternura: por qué dan ganas de «estrujar»

La extraña sensación de querer no solo admirar, sino apretar, pellizcar o «estrujar» se conoce como agresión por ternura. No es agresión verdadera, sino una forma en que el cerebro equilibra una sobrecarga emocional.

Un impulso de ternura demasiado intenso puede resultar agotador, y el cerebro activa una «válvula»: un componente agresivo que reduce la excitación interna. Estudios con electroencefalografía (EEG) han mostrado que esta reacción ocurre ya entre 200–300 milisegundos después del estímulo visual y se acompaña de actividad en varias áreas cerebrales.

La ternura y la atención: un beneficio inesperado

Un efecto curioso de la ternura es la mejora de la concentración. En un experimento de científicos japoneses mostraron imágenes de animales tiernos antes de realizar tareas precisas. Los participantes que vieron cachorros y gatitos resolvieron las tareas mejor que quienes vieron imágenes neutrales.

La explicación está en el aumento de la atención y la lentitud en las acciones. El esquema de bebé incrementa la delicadeza y la precaución, porque eso es importante al interactuar con un bebé. El cerebro activa no solo las emociones, sino también el control cognitivo.

La ternura cultural y el marketing

Desde tiempos antiguos la ternura se ha usado de forma inconsciente — en la escultura religiosa, la iconografía, los juguetes infantiles. En el siglo XX alcanzó un nuevo nivel: la cultura japonesa kawaii, los personajes de Disney, la publicidad, el diseño de interfaces y los memes — todo ello se apoya en el esquema de bebé y su efecto neuronal.

No solo amamos lo tierno: pagamos por ello, damos «me gusta» y compartimos. La ternura se ha convertido en una moneda de atención y en una herramienta de influencia. No es una mera manipulación, sino el aprovechamiento de nuestras reacciones naturales e innatas.

Conclusión

La ternura no es debilidad ni estupidez. Es una poderosa herramienta evolutiva integrada en nuestro cerebro para la supervivencia, el apego y el cuidado. Y cuando por enésima vez te sorprendes queriendo abrazar con fuerza a un cachorro peludo o a un inocente lechuzón, eres simplemente humano. Uno de los que heredó un antiguo mecanismo de amor y protección.

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