Cuando en 1989 un joven programador soviético detectó en su ordenador un extraño virus llamado Cascade, ni siquiera imaginó que aquello sería el punto de partida de un imperio de ciberseguridad. Eugene Kaspersky entonces solo quería entender cómo funcionaba ese código malicioso que hacía que las letras en la pantalla cayeran hacia abajo. Hoy su apellido se ha convertido en sinónimo de software antivirus y él figura entre las personas más influyentes en el ámbito de la seguridad informática.
Pero, ¿quién es realmente este hombre? ¿Por qué su empresa se convirtió en una de las pocas firmas tecnológicas rusas con alcance global? ¿Y cómo logró un joven del bloque soviético crear un producto en el que confían millones de usuarios en todo el mundo?
Comienzos: de la criptografía al primer virus
Eugene Kaspersky nació en 1965 en Novorossiysk. Desde niño mostró interés por las matemáticas y la técnica, lo que en aquella época prácticamente determinaba la ruta hacia una universidad técnica. Tras el instituto ingresó en un centro de formación en criptografía, comunicaciones e informática vinculado a los servicios de seguridad del país, donde estudió lingüística matemática y criptografía. Era una institución que formaba especialistas para trabajar en agencias estatales, por lo que Kaspersky recibió una formación sólida en protección de la información.
Tras graduarse en 1987 comenzó a trabajar en un instituto de investigación multidisciplinario del Ministerio de Defensa como programador, desarrollando sistemas de cifrado. Una trayectoria típica para un especialista soviético, nada extraordinario. Pero el destino tenía otro giro preparado.
El caso del virus Cascade ocurrió en 1989. Eugene no se limitó a eliminar la infección: la diseccionó. Desmontó el código, comprendió su funcionamiento y escribió un programa para neutralizarlo. Fue como una investigación detectivesca, solo que en lugar de pruebas había líneas de código. Kaspersky se apasionó tanto que empezó a reunir una colección de virus y a desarrollar métodos para combatirlos. Sus colegas le pasaban nuevas muestras y él las analizaba por las noches.
Imaginen: finales de los ochenta, la revolución informática apenas comenzaba, no existía internet tal como lo conocemos y este ingeniero ya entendía que las amenazas digitales serían uno de los problemas clave del futuro. ¿Intuición o estar en el lugar correcto en el momento adecuado? Probablemente ambas cosas.
A principios de los noventa Kaspersky ya contaba con una base considerable de conocimientos sobre virus y métodos de defensa. Comenzó a escribir utilidades antivirus que distribuía entre conocidos. Los programas funcionaban y la gente se lo agradecía. Poco a poco comprendió que aquello podía ser algo más que un pasatiempo y convertirse en un negocio.
Nacimiento de una leyenda: del garaje a la marca mundial
En 1991 Eugene Kaspersky, junto con su esposa Natalia y el colega Alexey De-Monderik, fundó una empresa que inicialmente se llamó KAMI (Kaspersky Anti-Virus Mikhailov International) y que más tarde se transformó en la conocida Kaspersky Lab. Todo empezó en un espacio reducido, casi un garaje: una oficina pequeña con pocos empleados. Una historia típica de startup, pero en el contexto del colapso de la URSS y del caótico capitalismo de los noventa.
El primer antivirus comercial apareció en 1992. El producto se llamó simplemente "-V": un guion, la letra V y un punto. Ninguna sofisticación de marketing, pero el programa protegía realmente los ordenadores contra las amenazas conocidas entonces. Se vendía en disquetes a través de tiendas de informática y por contactos personales. Las cifras eran risibles comparadas con las actuales, pero para una compañía emergente cada copia vendida era una victoria.
Kaspersky y su equipo trabajaban con una dedicación obsesiva. Los virus surgían constantemente y las bases de firmas había que actualizarlas casi semanalmente. Eugene analizaba personalmente las nuevas amenazas, escribía código y atendía a los clientes. Era un técnico hasta la médula y lo siguió siendo. Incluso cuando la empresa creció hasta tener cientos de empleados, no dejó de involucrarse en los detalles técnicos, leer los informes de los analistas y estudiar nuevos tipos de malware.
El avance llegó a finales de los noventa, cuando Kaspersky Anti-Virus comenzó a recibir premios internacionales en tests independientes. Expertos occidentales reconocieron que el antivirus ruso funcionaba tan bien o incluso mejor que competidores consagrados como Norton o McAfee. Fue una sorpresa: un producto de un país que muchos en Occidente consideraban atrasado tecnológicamente se colocó entre los líderes del mercado.
La compañía se expandió con rapidez. Se abrieron oficinas en Europa, Asia y Estados Unidos. Kaspersky participaba activamente en conferencias, daba entrevistas y tomaba parte en foros sobre ciberseguridad. Los medios principales empezaron a solicitar su opinión experta. Poco a poco, el nombre Kaspersky se convirtió en sinónimo de protección antivirus para millones de usuarios.
A mediados de los años 2000, Kaspersky Lab era ya uno de los mayores actores en el mercado de la ciberseguridad: oficinas en todo el mundo, cientos de millones de usuarios y una línea de productos en constante actualización. Eugene pasó de ser un programador entusiasta a director ejecutivo de una corporación internacional, sin perder la pasión por su trabajo.
Filosofía del experto: por qué Kaspersky siempre va un paso por delante
¿Qué distingue a un verdadero experto de un buen especialista? La capacidad no solo para resolver problemas actuales sino para anticipar las amenazas futuras. Kaspersky siempre fue un visionario en el campo de la ciberseguridad. Fue de los primeros en hablar sobre el ciberarmamento, la amenaza contra infraestructuras críticas y la necesidad de cooperación internacional para combatir la ciberdelincuencia.
Tomemos el caso de Stuxnet. Cuando en 2010 se detectó ese complejo gusano diseñado para sabotear instalaciones nucleares iraníes, los expertos de Kaspersky Lab realizaron una investigación detallada. Eugene declaró públicamente que se trataba de un arma cibernética de nivel estatal, una afirmación audaz en su momento. Muchos lo consideraron exagerado, pero el tiempo demostró que tenía razón. Stuxnet abrió la era de las ciberguerras y Eugene fue uno de los primeros en comprenderlo.
O su postura sobre el Internet de las cosas. A principios de la década de 2010, cuando todos celebraban neveras y cafeteras inteligentes, Kaspersky advertía del peligro: cada dispositivo conectado era una posible brecha de seguridad. Sus palabras entonces parecieron paranoia, pero tras varios ataques notables explotando dispositivos IoT empezaron a tomarlas en serio.
Kaspersky nunca temió expresar opiniones incómodas. Criticó a fabricantes por fallos de seguridad, discutió con colegas del sector y se pronunció en contra de la vigilancia estatal masiva. Siempre mantuvo un enfoque pragmático y técnico: sus argumentos se basaban en hechos, en código y en análisis de amenazas, no en política.
Eugene impulsa iniciativas educativas. Kaspersky Lab lanzó numerosos programas para formar especialistas en ciberseguridad, organiza conferencias y publica investigaciones. Kaspersky está convencido de que sin la formación de nuevas generaciones la industria no podrá afrontar el creciente número de amenazas. Aporta no solo recursos económicos de la empresa, sino también tiempo personal.
Otra característica del experto es la cercanía. Mantiene un blog, es activo en redes sociales y publica informes sobre sus viajes (ha visitado todos los continentes, incluida la Antártida). Algunos se preguntan por qué el director general de una gran empresa comparte en Instagram sus excursiones a volcanes o sus viajes a rincones remotos. Esa humanidad lo convierte no solo en un empresario, sino en un experto vivo, interesado por el mundo en todas sus manifestaciones.
Escándalos, acusaciones y una reputación complicada
Sería injusto hablar de Kaspersky sin mencionar las sombras que de vez en cuando se han cernido sobre su empresa. Uno de los episodios más serios tuvo lugar en 2017, cuando las autoridades de Estados Unidos acusaron a Kaspersky Lab de tener vínculos con servicios de inteligencia rusos y prohibieron el uso de sus productos en dependencias gubernamentales. Las acusaciones fueron graves, pero no se aportaron pruebas concluyentes.
Kaspersky negó rotundamente cualquier relación con el gobierno ruso en términos de espionaje. Propuso abrir el código fuente de sus productos para su revisión, invitó a expertos independientes y trasladó centros de procesamiento de datos a Suiza. La compañía lanzó la iniciativa Global Transparency Initiative para disipar dudas. Aun así, el daño reputacional fue notable.
Esta historia evidenció lo difícil que es operar en la industria de la ciberseguridad cuando se procede de Rusia. Cualquier producto ruso suele ser automáticamente objeto de sospecha, sobre todo en periodos de tensión internacional. Kaspersky se convirtió en rehén de la geopolítica, aunque siempre se presentó como un experto independiente preocupado por la seguridad de los usuarios y no por juegos políticos.
Hubo otros capítulos incómodos. Por ejemplo, rumores de que Kaspersky Lab habría colaborado con autoridades rusas en investigaciones contra activistas, o la mediática separación entre Eugene y Natalia Kaspersky, que estuvo rodeada de acusaciones públicas. Todo ello recordó que incluso los grandes expertos son personas comunes con problemas y contradicciones.
A pesar de todo, Kaspersky siguió trabajando. La empresa no abandonó por completo los mercados occidentales, aunque perdió parte de su clientela. Eugene no permaneció en silencio ni se ocultó. Continuó participando en foros, escribiendo y defendiendo sus posturas. Y hay que reconocer que, en la comunidad tecnológica, sigue siendo respetado por su experiencia, aunque no siempre por las implicaciones políticas.
Legado y futuro
Hoy Eugene Kaspersky tiene casi sesenta años. Para la industria de TI es una edad avanzada; muchos de sus contemporáneos ya se retiraron. Sin embargo, sigue siendo un participante activo en todos los procesos. Kaspersky Lab permanece entre las empresas líderes en ciberseguridad y Eugene sigue siendo uno de los expertos más citados.
Su contribución a la industria es difícil de sobreestimar. Fue pionero en la protección antivirus, creó una compañía de alcance mundial y formó a toda una generación de especialistas en seguridad de la información. Kaspersky Lab realiza algunas de las investigaciones más profundas sobre ciberamenazas y publica informes que se convierten en referencia del sector.
Eugene demostró que los especialistas rusos pueden crear productos de clase mundial. Que la tecnología no tiene nacionalidad y que la calidad del código es más importante que el origen del desarrollador. Su historia es un relato de éxito contra las adversidades, los estereotipos y la presión política.
¿Qué le espera a Kaspersky en el futuro? Sigue dedicado al desarrollo de la compañía, al estudio de nuevas amenazas y a proyectos educativos. El mundo de la ciberseguridad cambia cada día: aparecen ataques con inteligencia artificial, computación cuántica y nuevos métodos de cifrado. Y Kaspersky, como siempre, está en la vanguardia de esos cambios.
Quizá dentro de décadas su nombre se recuerde como el de uno de los fundadores de la ciberseguridad moderna, la persona que entendió la amenaza de los virus digitales antes que muchos y dedicó su vida a combatirlos. O quizá algún joven programador ahora esté analizando otro virus y soñando con crear su propia empresa, tal como hace más de treinta años lo hizo un joven ingeniero soviético llamado Eugene Kaspersky.