A primera vista no parece nada especial: un hotel en Las Vegas, paredes doradas, alfombras de terciopelo, un lounge discreto en el ascensor. Pero al entrar, el ambiente empieza a cambiar de forma extraña. Los botones del panel no responden. El teléfono de repente pierde la señal. La tarjeta llave deja de abrir las puertas. Y entonces te fijas: pasan junto a ti personas con sudaderas con capucha, con cables, tabletas y mirada inquieta, como si siempre estuvieran buscando algo. Has llegado a DEF CON — la conferencia de hackers más alocada e importante del mundo.
Siete ascensores entre tú y la charla sobre el hackeo de microredes, treinta mil personas con portátiles y tarjetas SIM, ataques activos contra cualquier aparato con Wi-Fi: esto no es solo una reunión de geeks. Es un fenómeno cultural que empezó como una fiesta a la que no llegó el invitado principal.
En 1993, Jeff Moss, un adolescente conocido como The Dark Tangent, decidió organizar una reunión de despedida para uno de los participantes de su BBS. Envió faxes — incluso a la oficina del Secret Service en Las Vegas. Entonces todavía no existía el correo electrónico, y la palabra «ciberseguridad» no se usaba. Moss tuvo que pedir prestado un módem al vecino para conectarse a la red. Gestionaba once BBS desde una pequeña habitación en California, donde era estricto con los usuarios: borraba publicaciones, expulsaba sin discutir. Pero fue precisamente eso lo que atrajo a la gente: la señal era demasiado alta y el ruido demasiado bajo.
Se puso el nombre «The Dark Tangent» por error. Quiso referirse al cómic D’Arc Tangent, pero se confundió y el resultado sonó sombrío y épico. Aún no sabía que años después ese nombre se pronunciaría en reuniones cerradas de inteligencia. Entonces solo hacía war dialing —llamaba a números uno tras otro en busca de módems activos—, como en la película WarGames, que conocía de memoria.
Y así, en Las Vegas, en una sala alquilada sin cartel ni programa, la gente empezó a reunirse. Unas cien personas —sin credenciales, sin horario, simplemente por el llamado de la hermandad del módem. Alguien trajo una grabadora y comenzó a registrar las intervenciones. Alguien sacó de la basura bolsas con impresiones de documentos internos de compañías de telecomunicaciones. Los volcaron en el suelo del salón, y pasó una mujer que, como se supo después, era fiscal federal. Solo preguntó: «¿El contenedor estaba dentro de la valla o fuera?» — «Fuera». — «Perfecto. Disfruten».
DEF CON nació en ese momento —no como una estructura, sino como una energía. Caótica, curiosa, ingobernable. Moss ya entonces sintió que empezaba algo que se le iría de las manos. Y así fue.
En uno de los primeros torneos de « captura la bandera» vio a un hombre con una libreta y pegatinas. Escribía y se las pegaba en la mano, luego más arriba, en el pecho. Quedó claro: no estaba allí solo por el conocimiento. En otra esquina estaba un hombre con traje. Moss se acercó y preguntó quién era. La respuesta fue honesta: «Soy de la DIA. Intento entender si aquí reclutan a alguien». — «¿Y cómo lo haces?» — «Me quedo al borde del salón y veo quién observa a quién». Desde ese momento DEF CON dejó de ser solo un punto de encuentro: se convirtió en un escenario donde los servicios especiales y los hackers jugaban entre sí, a veces sin cambiar la expresión facial.
Pero con el aumento del interés llegaron también problemas. DEF CON 3 se recuerda por la invasión de invitados de Los Ángeles que se comportaron de forma agresiva: arrebataban micrófonos, gritaban, los lanzaban al suelo. Un micrófono costaba 150 dólares, y, claro, quien pagaba por ello era Moss. Pero la conferencia sobrevivió. Los participantes empezaron a autoorganizarse: unos se convirtieron en seguridad, otros en moderadores, otros en quienes calmaban a los borrachos. Surgió una cultura, un código de conducta no escrito. Ya no era solo un festival. Se volvió una comunidad.
Luego llegaron ofertas de bancos y corporaciones. Los crackers pasaron a ser consultores. Surgió la era antissec: quienes vendían sus conocimientos al negocio eran acusados de traición. Pero Internet se convirtió en parte de la vida y había que protegerlo. Muchos pasaron al lado de la defensa. Otros se fueron a la clandestinidad.
Moss comprendió que DEF CON había crecido demasiado para seguir siendo solo para los suyos. Fundó Black Hat —una conferencia más seria, formal, orientada a la industria. Allí había diapositivas, código de vestimenta y entradas de 1500 dólares. DEF CON siguió siendo extraño y libre. Uno trataba del trabajo. El otro, del desafío.
Hoy DEF CON —es un indicador del futuro. Aquí se habló de drones cuando aún no se vendían en tiendas. Aquí se expusieron vulnerabilidades en microredes, IA, satélites, dispositivos médicos e incluso en agrotecnología. Cada nueva generación de participantes trae sus juguetes y sus miedos. Alguien estudia cómo hackear tractores. Alguien busca fallos en robots cirujanos. Otros simplemente vienen a escuchar.
Moss ahora participa muy poco. Observa desde la distancia. Pero ve cómo DEF CON sigue cambiando —como un espejo donde se refleja el mundo digital. Dice que echa de menos los tiempos en que todo era más simple, pero también admira lo que ocurre ahora. Porque, como él mismo dijo, «no se puede atrapar un rayo en una botella». Todo continúa evolucionando. Y está bien.
Y a quienes vayan este año —les conviene recordar la regla principal de DEF CON: no confíes en nada. Ni siquiera en el ascensor. Mejor ve a pie. Abajo te espera un mundo totalmente distinto.