En 2025 los nuevos álbumes salen no solo en las plataformas de streaming y en vinilo, sino también en casetes. Taylor Swift publicó «Life of a Showgirl» en formato digital, en vinilo y en una caja de plástico con cinta magnética —con todas las alegrías asociadas, como la cinta que se enreda y el rebobinado infinito en busca de la canción favorita. ¿Por qué vuelve algo que parecía definitivamente olvidado?
Los lanzamientos en casete se han convertido en parte de una nueva ola de nostalgia. Crece el interés por los soportes y dispositivos antiguos: junto con los casetes regresan ordenadores emblemáticos como el Commodore 64 y el ZX Spectrum, además de todo un mercado de accesorios y modificaciones. Muchas personas aún conservan casetes y reproductores MP3, y hay quienes siguen manteniendo colecciones de VHS. Los televisores con teletexto también figuran entre las tecnologías nostálgicas que a veces todavía se usan.
Un programador incluso fundó un negocio basado en los recuerdos. El hobby de Luke Malpas empezó pintando carcasas de Game Boy y terminó en la producción completa de consolas "de prestigio" con pantallas modernas, sonido mejorado y baterías nuevas, pero con la electrónica original en su interior. Ahora recopila y modifica sistemas retro por encargo y los envía a todo el mundo, ofreciendo incluso una Amiga 1200 desde cero o un Game Boy con diseño personalizado.
La comunidad en torno a la tecnología retro está creciendo. En YouTube se cubren proyectos como Fujinet —un adaptador abierto para ordenadores de ocho bits que añade soporte para TCP/IP y Wi‑Fi. Placas asequibles como Raspberry Pi, la impresión 3D y foros activos permiten a los entusiastas llevar a cabo ideas que hace diez años eran imposibles.
Para muchos no es solo equipo, sino parte de la vida. En lo retro participan no solo asistentes a festivales, por ejemplo el Vintage Computer Festival, sino también jóvenes de 18–25 años que nunca tuvieron un Game Boy en la infancia. Les atrae la estética, la fisicalidad y el carácter único de los dispositivos.
Sin embargo, con la popularidad llega otra cara: el aumento de precios y la elitización. Esto ya ocurrió con el vinilo: un formato que antes era accesible se volvió caro y se transformó en un atributo de estatus. En el segmento de cámaras retro ocurre lo mismo: las cámaras digitales de la época Y2K se encarecieron de forma pronunciada y dejaron de formar parte de la contracultura.
La tecnología antigua tiene además dos grandes ventajas: durabilidad y reparabilidad. Las consolas de finales de los setenta y los ochenta siguen funcionando, mientras que un smartphone comprado hace un año puede averiarse en el plazo de dos. Las placas de circuito sencillas con componentes de gran tamaño permiten reparar equipos durante décadas, algo que ya no ocurre con las placas multicapa modernas ensambladas por robots.
También hay una cuestión filosófica: ¿llegará la electrónica moderna a suscitar el mismo interés? ¿Podrá alguien dentro de 30 años sentir afecto por un portátil de marca anónima o por un smartphone de serie que existen por millones? El Atari ST o el Apple II tenían individualidad, algo que los dispositivos nuevos suelen perder.
El pasado tiene futuro. Mientras los entusiastas sueldan, imprimen carcasas y reprograman procesadores antiguos, la tecnología retro no solo devuelve emociones, sino que obtiene una segunda vida en el siglo XXI. Los casetes, el Game Boy y el teletexto vuelven a situarse en el centro de la atención —y esto no es solo una moda, sino una manera de preservar una cultura única de la historia digital.