Jóvenes y el derecho a la conexión: por qué es peligroso optar por “apagar Internet”

Jóvenes y el derecho a la conexión: por qué es peligroso optar por “apagar Internet”

El intento de «cerrar internet» casi nunca se percibe como un ajuste técnico. Para la generación que creció en línea, se siente como un ataque a su entorno habitual: desde los grupos de estudio y los chats de trabajo hasta pequeños ingresos, la ayuda mutua y la comunicación cotidiana. Por eso son los jóvenes quienes primero convierten la molestia digital en acción en la calle. No porque les falten «me gusta», sino porque por una decisión administrativa se desploma un ecosistema coordinado de prácticas diarias.

Para la generación Z, la frontera entre la «vida real» y la red no está difusa en consignas, sino en habilidades. El teléfono inteligente es su interfaz básica con el mundo. Allí se forma la identidad, se construyen vínculos, se lanzan proyectos, se buscan mentores y clientes. Cualquier plataforma importante, en esa lógica, no es entretenimiento sino infraestructura: transporte de información, escaparate para el pequeño comercio, gestor de actividades compartidas. Cuando se corta esa infraestructura, la juventud pierde no el «ocio», sino herramientas que dan autonomía y sensación de competencia. Y eso politiza de inmediato las acciones cotidianas: el acceso a la sección de noticias se vuelve de pronto una cuestión de derechos civiles.

La coordinación horizontal es otra razón por la que la comunidad joven sale rápidamente de lo en línea a la calle. Quienes están acostumbrados a trabajar en chats grupales y documentos forman al instante el núcleo de una iniciativa, distribuyen roles, crean materiales visuales, llevan la crónica, verifican rumores y abren mapas con carreteras cortadas y puntos de ayuda. Allí también surge la «edición operativa»: un flujo de formatos breves donde memes y clips cumplen la función de octavillas, y términos y hechos se empaquetan en plantillas fáciles de difundir. El entorno algorítmico añade aceleración: cualquier controversia, prohibición o presión excesiva aumenta la implicación y, por tanto, el alcance. Aparece el conocido efecto de rebote: cuanto más dura la tentativa de restringir, más amplio es el resonancia.

Las restricciones de servicios digitales casi siempre se leen como un castigo colectivo a inocentes. Las plataformas dejan de ser «sitios» para convertirse en canales habituales de logística social: allí se fijan encuentros, se buscan médicos, se venden trabajos puntuales, se aprenden idiomas y se recaudan fondos para necesidades urgentes. El corte simultáneo de varias aplicaciones importantes rompe la rutina de miles de grupos. Incluso quienes están lejos del activismo sienten de pronto que les han privado de herramientas habituales, y eso acelera la solidaridad. La reacción adquiere un carácter generacional: quien creció con conexión permanente vota no solo en las urnas sino con sus prácticas cotidianas — sorteando bloqueos, trasladando canales, saliendo a los patios y a las plazas.

Hay además una capa psicológica. Los usuarios jóvenes están habituados a un mundo en el que la retroalimentación es instantánea y el horizonte de justicia es visible. En la misma línea aparecen historias de éxito y ejemplos de arbitrariedad, y eso hace que las medidas desproporcionadas sean especialmente notorias. Cuando se corta el acceso a plataformas habituales con un solo interruptor, surge la sensación de que te han quitado la voz y nadie ofrecerá explicaciones adicionales. Esa combinación —vulnerabilidad de la identidad más sensación de injusticia— se transforma rápido en acción colectiva, porque las herramientas de autoorganización llevan tiempo a mano.

Las prohibiciones también minan la confianza en las instituciones. Si los canales de comunicación se cierran sin procedimientos claros, la gente recurre a vías menos transparentes para transmitir información. Allí empeora la verificación, aumentan los rumores y se acelera el pánico. Las autoridades pretendían «limpiar el campo informativo» y obtienen una escalada no lineal y más caos. Por tanto, la discusión sobre la lucha contra la desinformación no puede darse sin reglas previsibles, plazos claros y posibilidad de apelación. Dicho de otro modo, la regulación debe ser un procedimiento, no un botón punitivo.

Las plataformas no son observadores externos en esta dinámica. De su experiencia local, de la moderación lingüística y de los protocolos de crisis depende que el debate público permanezca visible o se hunda en la sombra. Para ellas, la estrategia de trabajo pasa por la transparencia en los cambios algorítmicos durante periodos de tensión, formas claras de interacción con organizaciones de derechos humanos y con periodistas, y la publicación rápida de informes sobre las solicitudes estatales. Cuando los usuarios entienden que la plataforma registra las presiones, explica sus pasos y no oculta estadísticas, tienen menos razones para dispersar la discusión por canales semisecretos.

A la sociedad civil le conviene invertir en resiliencia por defecto: canales distribuidos de notificación, espejos de información relevante, habilidades básicas de seguridad digital y esquemas claros para verificar hechos y fuentes. No se trata de clandestinidad, sino de preservar un ritmo normal de comunicación ante fallos. Cuanto más fuerte sea esa red, menor la probabilidad de que una prohibición súbita paralice la educación, las iniciativas de voluntariado o los negocios locales, y menor el riesgo de picos repentinos de tensión.

El Estado, por su parte, necesita otra óptica. Las plataformas en la vida de los jóvenes no son solo paneles masivos y programas de debate, sino parte de una infraestructura crítica tan cotidiana como el transporte o los sistemas de pago. Si en una vía se sanciona un fallo de forma puntual y no con el cierre de toda la intersección, en el ámbito digital las medidas deben ser dirigidas, proporcionales y verificables. El principio de intervención mínima, procedimientos claros, auditoría independiente de los bloqueos y la obligación de publicar motivos y plazos: esas reglas no anulan la lucha contra estafas y acoso, pero devuelven la previsibilidad sin la cual cualquier intento de «poner orden» se convierte en chispa para protestas.

La conclusión principal es simple y desagradable para quienes confían en el control por la fuerza. La juventud se volvió un actor político no por la romántica visión de barricadas, sino gracias a habilidades digitales cotidianas: aprendizaje rápido, formación de equipos, capacidad para comunicarse en un lenguaje visual comprensible y distribuir roles sin jefes. Mientras el entorno comunicativo siga siendo un espacio público relativo, el descontento puede discutirse, enfriarse y tramitarse como procedimiento. Cuando se apaga, el descontento casi inevitablemente sale a la calle —no porque «las redes sociales corrompan», sino porque a la gente le han desconectado su forma habitual de vivir y actuar.

En un mundo donde la primera decisión importante a menudo se toma mediante una pantalla, cualquier intento de cortar a toda una generación de sus herramientas laborales obtiene respuesta política. No es una «historia sobre la juventud», sino la descripción de una nueva norma: el entorno digital dejó de ser un canal y se convirtió en el centro de la vida pública. Y si se le habla solo en el lenguaje de las prohibiciones, responde en el lenguaje de la acción colectiva.

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