Ingenieros ya preparan un plan para el peor de los casos.

La Estación Espacial Internacional (EEI) ya lleva casi tres décadas orbitando la Tierra, soportando llamaradas solares, fallos de equipos y desacuerdos políticos en la superficie. Sin embargo, el escenario más grave para el complejo orbital no está relacionado con conflictos ni con la edad de los módulos, sino con cualquier diminuto orificio en el revestimiento capaz de desencadenar una cadena de sucesos con un final impredecible.
Alrededor del planeta giran millones de fragmentos de basura espacial —desde restos de cohetes hasta micrometeoritos. Se mueven a velocidades de hasta 27 000 kilómetros por hora y con regularidad colisionan entre sí. La superficie de la EEI ya está cubierta de abolladuras y grietas, pero una penetración real del casco causaría una fuga de aire. Según la estimación de la NASA, un orificio de unos 0,6 centímetros de diámetro dejaría a la tripulación aproximadamente 14 horas para resolver el problema, mientras que un agujero de 20 centímetros reduciría ese tiempo a un minuto.
Para reducir los riesgos, las fuerzas armadas de Estados Unidos emplean una red de seguimiento de objetos espaciales, y expertos de la NASA controlan la llamada "zona pizza" alrededor de la estación. Si la probabilidad de colisión supera uno entre 100 000, se desvía la estación usando sus motores. Desde 1998 se han realizado decenas de maniobras de este tipo. Sin embargo, el sistema solo rastrea un número limitado de objetos grandes, y la protección del casco, incluido el escudo de Whipple, está diseñada para partículas de pequeño tamaño. Así, existe una peligrosa brecha entre las capacidades de monitorización y la protección.
Si un módulo pierde la hermeticidad, la tripulación intentará cerrar compuertas o tapar la brecha. Si la presión cae a valores críticos, los sistemas pueden fallar y las personas correrían el riesgo de sufrir hipoxia. En el peor de los casos, los astronautas abandonarían la estación en naves de rescate y el complejo pasaría a control remoto.
Las acciones posteriores dependen del estado de la tecnología y de los acuerdos entre los socios. En el proyecto participan 23 países de la Agencia Espacial Europea, además de Japón, Canadá y Rusia. Moscú confirmó el apoyo a la EEI hasta 2028 y aceptó ayudar en caso de una reentrada no planificada. El plan básico contempla el uso de una nave estadounidense para un descenso controlado en la parte sur del Océano Pacífico. Si no estuviera disponible, se podrían emplear las naves de carga rusas Progress, pero entonces la zona de caída de los escombros sería más amplia.
El escenario más desfavorable es una entrada no controlada en la atmósfera debido a una falla en cascada de los sistemas. En ese caso, la estación descendería de forma gradual y sería difícil predecir el lugar exacto de impacto. La atmósfera destruiría la mayor parte de la estructura, pero fragmentos del tamaño de un automóvil o incluso de un vagón de tren podrían alcanzar la superficie. La NASA admite que tal escenario supondría un riesgo importante para la población.
Ya hubo precedentes similares. En 1979 la estación estadounidense Skylab reentró y se desintegró sobre Australia sin causar daños personales. Las estaciones soviéticas de la serie Salyut también dejaron rastros ardientes en el cielo sobre Argentina. En 2024, un fragmento desprendido de la EEI perforó el techo de una casa en Florida, aunque tampoco en ese caso hubo heridos.
A pesar de los cálculos alarmantes, la probabilidad de una catástrofe sigue siendo baja. La mayor parte de la superficie de la Tierra está cubierta por océanos, y la estación se somete regularmente a inspecciones y maniobras de evasión. Teóricamente, se podría elevar la EEI más —más de 640 kilómetros—, lo que prolongaría su vida por un siglo. Pero eso exigiría decenas de toneladas de combustible y medios capaces de llevarlo a órbita, y por ahora no se dispone de esas capacidades.
En definitiva, la industria espacial afronta una decisión difícil: garantizar un final controlado para el mayor proyecto orbital de la historia o asumir el riesgo de que la gigantesca estructura acabe cayendo sobre la Tierra y cause daños del todo impredecibles.