Nueva herramienta en línea permite rastrear la historia de cualquier lugar del planeta

Los científicos de la Universidad de Utrecht presentaron Paleolatitude.org 3.0 - una herramienta en línea que muestra dónde se encontraba cualquier punto actual de la Tierra en el pasado remoto. Basta seleccionar un lugar en el mapa y el servicio reconstruirá su trayectoria por las latitudes hasta el apogeo de Pangea, el supercontinente que existió hace unos 320 millones de años. Imagínelo: durante cientos de millones de años, el terreno donde ahora se alza su edificio de varios pisos pudo haber estado en el ecuador, en una franja desértica, bajo un mar tropical o junto a antiguos glaciares.
La paleolatitud es la latitud a la que un lugar se encontraba en el pasado. Para los geólogos este parámetro es tan importante como la edad de la roca. La latitud determina el ángulo con que los rayos solares inciden sobre la superficie y, por tanto, influye en el clima. Si en capas antiguas se encuentran indicios de desierto, mar tropical o glaciares, hay que entender qué cambió: si fue el clima de todo el planeta o la posición de la placa, que en millones de años se desplazó a otra franja.
La idea surgió a partir de un enigma geológico concreto. En la región de Winterswijk, en los Países Bajos, se estudiaron flora y fauna de unos 245 millones de años. Los indicios de vida antigua apuntaban a un ambiente similar al del actual golfo Pérsico: clima cálido y seco junto a un mar tropical. A primera vista podría pensarse que entonces la Tierra era mucho más cálida en general. Pero la verificación mostró otra cosa: el territorio de los actuales Países Bajos en ese periodo se encontraba aproximadamente en la misma latitud tropical donde hoy está la región del golfo Pérsico.
Paleolatitude.org sirve precisamente para esos casos. El servicio ayuda a no confundir un cambio climático global con el movimiento habitual de las placas tectónicas. Los continentes no están estacionarios: la corteza terrestre está dividida en placas que se separan, colisionan, se hunden en el manto y forman cadenas montañosas. Por eso una roca encontrada hoy en un clima templado pudo haberse formado en los trópicos, y una futura masa de tierra pudo haber estado alguna vez en el fondo del mar.
La nueva versión de la herramienta se apoya en el modelo paleogeográfico de Utrecht. Este modelo reconstruye no solo el movimiento de los grandes continentes, sino también la trayectoria de placas pequeñas y de fragmentos de tierra desaparecidos. En esta categoría entran Gran Adria, Argoland y los Himalayas téticos. Esos fragmentos de corteza antigua ya han sido subducidos en el manto o casi han quedado ocultos en las zonas de colisión de placas, pero dejaron huellas en las rocas plegadas del Mediterráneo, de los Himalayas y de Indonesia.
La reconstrucción se realiza en dos pasos. Primero, los geólogos «despliegan» las cadenas montañosas hacia atrás. Al colisionar las placas, las rocas se pliegan, se deforman y se superponen unas sobre otras, como hojas de papel tras una fuerte compresión. Para saber dónde estaban las placas antes de la colisión, los investigadores restauran la posición original de esos pliegues y fragmentos de corteza.
A continuación hay que situar las placas restauradas en la latitud correcta. Aquí ayuda el paleomagnetismo: la información sobre el campo magnético antiguo que quedó registrada en los minerales. Cuando se formó una roca, algunos minerales conservaron la dirección del campo magnético terrestre. El ángulo de ese campo cambia desde el ecuador hacia los polos: en el ecuador las líneas de fuerza son casi horizontales y en los polos casi verticales. Por eso la señal magnética en una roca antigua funciona como un navegador geológico y permite estimar en qué latitud se formó la roca.
Como ejemplo, este es el gráfico que dibuja el algoritmo si se señala en el mapa el centro de Moscú. En el eje horizontal está el tiempo en millones de años antes del presente; a la derecha se sitúa el presente y a la izquierda están los 320 millones de años atrás. En el eje vertical aparece la latitud: cuanto más alta es la marca, más cerca estuvo la zona de las latitudes norales.
El fragmento de corteza donde hoy se encuentra la ciudad, hace 320 millones de años estaba aproximadamente en 10° de latitud norte, mucho más cerca del ecuador. Después la futura Moscú se desplazó hacia el norte; hace unos 190 millones de años llegó casi a 60° de latitud norte, y más tarde volvió a situarse más al sur, aproximadamente entre 44° y 46°. En la actualidad la región ha regresado a los habituales 56° de latitud norte de Moscú. Ese gráfico ayuda a comprender que el clima antiguo de un lugar concreto dependía no solo del estado global del planeta, sino también del movimiento de las placas. Las rocas encontradas hoy en una zona templada pudieron formarse en una franja climática completamente distinta.
Este enfoque hace que el mapa sea útil no solo para geólogos. Los paleontólogos pueden entender con mayor precisión dónde vivieron realmente los organismos cuyas fósiles se hallan hoy en zonas climáticas muy distintas. Si se colocan correctamente las rocas ricas en fósiles en el mapa antiguo, es posible seguir cómo las especies sobrevivieron a extinciones masivas, a rápidos calentamientos, a enfriamientos y a los desplazamientos de los continentes.
Especialmente importante es la relación con la biodiversidad. Algunas latitudes en distintas épocas pudieron servir de refugio donde la vida atravesó crisis, mientras que otras se volvieron demasiado calurosas, frías, secas o inestables. La paleolatitud precisa ayuda a entender no solo dónde se encontraban las especies antiguas, sino también por qué algunos grupos sobrevivieron y otros desaparecieron o se desplazaron a nuevas regiones. La biodiversidad actual también responde al cambio climático y al movimiento de las zonas aptas, algo que los ecólogos deben tener muy en cuenta.
Por ahora el servicio retrocede hasta la época de Pangea, hace unos 320 millones de años. Los desarrolladores planean ampliar el modelo hasta la explosión cámbrica, que ocurrió hace unos 550 millones de años. Si la actualización tiene éxito, los investigadores podrán relacionar el movimiento de los continentes con la historia climática y la evolución de la vida en un tramo temporal mucho más largo: desde la temprana diversificación de organismos complejos hasta los continentes modernos.