Un estudio con escáner cerebral identifica dos procesos distintos que, combinados, generan la sensación de placer estético.

Científicos encontraron dos mecanismos principales mediante los cuales el cerebro, al parecer, construye la sensación de belleza al mirar una obra de arte. Uno determina qué es exactamente lo que la persona ve y qué significado extrae de la imagen; el otro valora cuánto placer produce lo observado. El estudio mostró que estas tareas las realizan sistemas cerebrales distintos, aunque interaccionantes, y por ello no existe, según los datos obtenidos, un «centro de la belleza» único en el ser humano.
En el experimento participaron 34 voluntarios sanos de entre 19 y 28 años. Durante la resonancia magnética funcional con un campo de siete teslas se les mostraron 96 acuarelas tradicionales chinas con figuras humanas y paisajes. Cada imagen permaneció en la pantalla cuatro segundos, y tras la exploración los participantes valoraron cuánto les había gustado la obra. Para el análisis de las valoraciones estéticas se utilizaron las respuestas de 33 personas: los datos de un voluntario se excluyeron debido a una forma inusual de asignar exclusivamente puntuaciones extremas.
Los investigadores no se limitaron a buscar las regiones cerebrales que se activan con más intensidad al contemplar pinturas que gustan. En su lugar aplicaron un enfoque similar a los algoritmos de recomendación. El sistema comparó las valoraciones de distintas imágenes entre participantes y buscó rasgos latentes que explicaran por qué algunas pinturas son percibidas de forma semejante y otras provocan reacciones distintas.
De entre las múltiples posibilidades surgieron dos coordenadas más estables. La primera describía el contenido semántico de la imagen y, de hecho, colocaba las pinturas en una escala que iba desde figuras humanas hasta paisajes. La segunda reflejaba el valor emocional, desde obras que al grupo en promedio no le agradaban hasta las más atractivas. Juntas, las dos características explicaron el 48% de las diferencias en la estructura de las valoraciones estéticas colectivas.
La exploración mostró que el cerebro procesa las dos coordenadas de manera distinta. El contenido de la obra se leía mejor por la actividad de la vía visual ventral, que ayuda a reconocer rostros, objetos, escenas y otras categorías visuales. En cambio, la percepción de cuánto resultaba placentera la imagen se predecía por otro patrón de actividad que abarcaba la corteza prefrontal medial, estructuras subcorticales del sistema de recompensa y parte de las áreas visuales.
Esa separación es importante para comprender la propia naturaleza del placer estético. Al cerebro, al parecer, no le hace falta un mecanismo especializado exclusivo para el arte. La valoración de lo bello utiliza en parte sistemas que en otras situaciones ayudan a determinar el valor de estímulos muy diversos. Los modelos contemporáneos de la percepción estética también relacionan el placer de lo percibido con la transmisión de información sensorial al sistema de recompensa, y la valoración final depende no solo de las propiedades del objeto, sino también de la experiencia de la persona y del contexto actual.
Los autores comprobaron además las señales neuronales encontradas con datos independientes. El patrón de actividad relacionado con el contenido semántico ayudaba a distinguir categorías de objetos visuales, y los rasgos de valor emocional se manifestaron en un experimento con ganancias y pérdidas monetarias. El resultado respalda la idea de que, al evaluar obras de arte, el cerebro activa mecanismos más generales de reconocimiento y recompensa, y no un sistema completamente separado.
La experiencia personal, sin embargo, no desaparece. En las personas con mayor familiaridad con el arte pictórico, la organización de las valoraciones estéticas presentaba mayor diferenciación en las áreas de la llamada red de modo predeterminado. Esa red participa en los recuerdos, la reflexión sobre uno mismo, la imaginación y la construcción de significados personales. Los autores suponen que la experiencia puede modificar la manera en que la persona vincula lo visto con sus asociaciones y conocimientos.
No obstante, el experimento no prueba que la educación artística reconfigure el cerebro. Los investigadores solo hallaron una relación entre el nivel de experiencia y las particularidades de la actividad cerebral, y para comprobar un efecto causal harían falta observaciones de personas antes y después de un aprendizaje prolongado. Tampoco se puede hablar todavía de un «algoritmo universal de la belleza»: la muestra fue pequeña, todos los participantes hablaban el mismo idioma y el conjunto de imágenes se limitó a pintura china con dos tipos principales de temas.
Los autores proponen comprobar el esquema encontrado con pintura occidental y pintura abstracta, y después con música, poesía, danza y otras artes. Si las dos coordenadas básicas se mantienen allí, los científicos dispondrán de una base más sólida para hablar de un principio general de la percepción estética. Por ahora los resultados más bien muestran cómo el cerebro convierte una imagen visual en la sensación de belleza: primero analiza qué hay frente a los ojos, de forma paralela determina el valor de lo visto y la experiencia personal añade a la valoración resultante un sentido propio.