Investigadores demuestran que el tacto puede transmitir información química al cerebro

Imagine que de repente la comida se convierte en solo un conjunto de texturas, los lugares favoritos parecen perder parte de su carácter, y las señales habituales de peligro —humo, fuga de gas o comida en mal estado— comienzan a desvanecerse. La pérdida del olfato rara vez suena como una historia dramática, pero para millones de personas modifica de forma silenciosa la vida diaria. Y lo más incómodo es que recuperar el olfato a menudo resulta muy difícil: el sistema es frágil y las vías dañadas se restauran con dificultad. Por eso algunos científicos decidieron no optar por la reparación, sino por la evasión. Y plantearon la pregunta de otra manera: ¿es posible transmitir al cerebro la información sobre los olores por otro medio?
La anosmia, es decir, la pérdida del olfato, afecta a decenas de millones de personas en todo el mundo. Suele aparecer tras infecciones virales, traumatismos craneales o en el contexto de enfermedades neurológicas. El olfato no está organizado como la vista o el oído: se apoya en conexiones neuronales delicadas que están vinculadas directamente con áreas del cerebro responsables de la memoria y las emociones. Por eso la desaparición de los olores no es solo la pérdida de un sentido. Para muchos, supone un cambio en la forma de percibir el mundo, en lo que resulta familiar y en lo que transmite sensación de seguridad.
En un estudio, publicado en Science Advances, los científicos probaron una idea inusual que en la práctica evita el sistema olfatorio dañado. En lugar de intentar devolver el olor en sí, se centraron en lo que los olores aportan a la persona en sentido práctico: información sobre el entorno químico. Si se simplifica, intentaron separar dos cosas: cómo se detectan los olores y cómo se experimentan. Y averiguar si es posible restaurar la percepción al menos a nivel de discriminación y reconocimiento, incluso si el olfato clásico no funciona.
El prototipo del dispositivo funciona más o menos así. Primero, sensor artificial capta las moléculas en el aire y las convierte en una “huella” digital. Luego esta información se transmite al cerebro no a través del nervio olfatorio, sino por otro canal que en muchas personas sigue siendo funcional incluso cuando se pierde el olfato. Se trata del nervio trigémino: un sistema sensorial en la cavidad nasal que responde a las sensaciones de tacto, temperatura e irritación. Por eso sentimos la “punzante” sensación del wasabi o la frescura del mentol: no es exactamente un olor en el sentido habitual, sino una vía de percepción distinta.
Cuando el dispositivo estimula el nervio trigémino, la persona percibe en el interior de la nariz una sensación física característica. Esto no devuelve los olores como tales. Pero con entrenamiento el cerebro aprende a asociar ciertos patrones de estimulación con fuentes concretas de olor. Se produce un efecto inusual: la persona empieza a distinguir olores mediante sensaciones, no por el aroma. En esencia, el cerebro construye un nuevo mapa en el que el papel de la “visión química” lo asume en parte el tacto.
Este enfoque se basa en la idea de sustitución sensorial: cuando la información procedente de un sentido ausente o alterado se transmite a través de otro conservado. La nariz es especialmente adecuada para esto porque ambos sistemas —olfatorio y trigémino— están próximos. Los investigadores intentaron aprovechar esa vecindad y lograr que la información química alcanzara el cerebro sin pasar por las rutas dañadas.
Para comprobar el concepto, el equipo realizó experimentos con 65 personas, entre las que había individuos con olfato normal y participantes con pérdida parcial o total. Los voluntarios, mediante el dispositivo, pudieron detectar la presencia de odorantes, y la mayoría distinguió con confianza unos olores de otros. Lo especialmente importante es que el sistema funcionó igual de bien tanto en quienes no sienten olores como en quienes conservan el olfato. Esto sugiere que el canal trigémino puede convertirse en una “entrada de reserva” estable para la transmisión de estas señales.
Los desarrolladores subrayan: el dispositivo no devuelve la riqueza de los olores ni su profundidad emocional. El olfato está estrechamente ligado a los recuerdos, al estado de ánimo y a los matices finos de la percepción, y sustituir eso de forma mecánica resulta extremadamente difícil. En la etapa actual se trata más bien de una demostración de principio que de una “prótesis olfativa” lista. Pero la demostración es importante: el cerebro puede aprender a recibir información química mediante sensaciones cuando el olfato habitual no está disponible.
En un sentido más amplio, el trabajo refleja un cambio notable en los enfoques sobre las alteraciones sensoriales. En lugar de reparar a toda costa el sistema dañado, puede intentarse reconstruir la propia percepción traduciendo la información entre los sentidos. Para las personas con anosmia esto no supone la recuperación instantánea de los olores, pero sí una perspectiva real: aprender a orientarse de un modo nuevo en el “mundo químico” que les rodea, apoyándose en la adaptación del cerebro y en el aprendizaje.