Malas noticias: te están vigilando. Lo peor: a nadie le importa.

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¿Quién controla realmente el mercado del ciberespionaje en Europa?

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En la UE crece la alarma por la difusión masiva de software espía. A pesar de los escándalos en decenas de países, aún no hay prohibiciones. Programas que convierten los smartphones en instrumentos de vigilancia se venden con calma a entidades estatales y privadas, y las víctimas permanecen sin protección e incluso sin información sobre el hecho de la vigilancia.

Tecnologías similares permiten obtener en secreto acceso completo al dispositivo comprometido —desde la lectura de mensajes hasta la escucha a través del micrófono y la grabación de vídeo. Las vulnerabilidades en los sistemas permiten que esos programas eludan las protecciones, y la falta de control convierte su uso en algo prácticamente indetectable.

La organización de derechos humanos EDRi insiste en la prohibición total del software espía en la Unión Europea. Según sus representantes, esas herramientas son incompatibles con los derechos fundamentales, pues intervienen en la vida privada y privan a las personas de la posibilidad de defenderse. Representan una amenaza particular los casos en que estructuras estatales emplean estos métodos. Mientras no existan restricciones estrictas, se propone prohibir por completo ese tipo de intervenciones.

En 2025, los participantes de EDRi prepararon una justificación de la prohibición, donde se subraya que las violaciones tienen carácter sistémico y que ninguna regulación puede compensarlas. La única salida es renunciar por completo a esas tecnologías.

Mientras tanto, la Comisión Europea evita pasos activos. A pesar de los llamamientos del Parlamento Europeo y del trabajo del comité PEGA, al inicio del nuevo ciclo político no se han producido cambios reales. Esto da luz verde a los proveedores, que continúan obteniendo millones en condiciones de total opacidad.

Ya se han registrado escándalos por vigilancia ilegal en España, Polonia, Hungría, Grecia, Italia, Eslovaquia y Serbia. Entre los objetivos se encuentran periodistas, defensores de derechos humanos, políticos y activistas. El problema adquiere una dimensión transfronteriza y socava la confianza en las autoridades y en la ley.

EDRi recopila documentos, investigaciones y materiales técnicos en una base pública para dar visibilidad al problema, rastrear casos de abuso y exigir responsabilidades.