Encerraron entre dos espejos a un agujero negro del que ni siquiera la luz puede escapar. Y obedeció.

Encerraron entre dos espejos a un agujero negro del que ni siquiera la luz puede escapar. Y obedeció.

Sueño cumplido para los astrofísicos: ya pueden estudiar en laboratorio las propiedades del abismo.

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Los físicos reprodujeron en el laboratorio un comportamiento inusual de las ondas cerca del horizonte de sucesos de un agujero negro. Para el experimento solo hicieron falta una nube de átomos de litio ultraenfriados y dos espejos formados por luz láser. Los investigadores confirmaron por primera vez la predicción sobre cómo los espejos en movimiento hacen que las ondas se agrupen en densos cúmulos, y obtuvieron un método para estudiar algunas propiedades de los agujeros negros sin la enorme gravedad ni las distancias cósmicas.

Lo más interesante ocurrió cuando los investigadores hicieron oscilar uno de los espejos de luz a unas cien veces por segundo. Los átomos, inicialmente distribuidos por todo el espacio entre los espejos, empezaron a reunirse en una nube compacta y a moverse siguiendo una trayectoria estable. Independientemente de la posición inicial, las partículas convergían gradualmente hacia una misma senda, como si un límite invisible guiara su movimiento. Ese comportamiento fue predicho por modelos matemáticos del espacio‑tiempo cerca de los agujeros negros. Los resultados se publicaron en Physical Review Letters.

Para entender la singularidad del experimento basta recordar qué sucede cerca de un agujero negro. Su gravedad es tan intensa que, más allá de cierto límite, ni siquiera la luz puede escapar. Los físicos llaman a ese límite horizonte de sucesos. Existe también la hipotética contrapartida, el agujero blanco, del que la materia y la luz pueden salir pero no entrar. Ambos casos describen movimiento en una dirección determinada, y patrones similares los científicos llevan tiempo intentando reproducir en un laboratorio común.

Teóricamente, para el experimento bastan dos espejos entre los que la luz se refleja repetidamente. Si uno de los espejos comienza a moverse con el ritmo adecuado, las ondas luminosas deberían concentrarse gradualmente en un pulso corto y potente. El problema es la velocidad: un espejo ordinario debería acelerarse hasta una fracción importante de la velocidad de la luz en nanosegundos. El equipo experimental actual no puede desplazar superficies reflectantes masivas tan deprisa.

Los investigadores hallaron una solución inesperada y cambiaron la luz por la materia. En lugar de ondas luminosas, usaron átomos de litio enfriados casi hasta el cero absoluto. A esas temperaturas tan bajas los átomos exhiben propiedades cuánticas que permiten describir su movimiento como propagación de ondas. Una rejilla especial de luz láser hizo que las ondas atómicas se desplazaran casi a velocidad constante, como la luz, pero mucho más lentamente, por debajo de 1 m/s.

Luego los físicos colocaron los átomos entre dos barreras delgadas de luz. Los láseres retenían las partículas en el interior, haciendo el papel de espejos, y una de las barreras podía moverse hacia delante y hacia atrás. Cuando la frecuencia de oscilación se aproximó a 95 Hz, la nube se empezó a compactar rápidamente. Tras solo unos ciclos, los átomos se concentraron a lo largo de la trayectoria estable predicha por los cálculos. Con los espejos inmóviles no ocurrió nada parecido.

Los científicos quisieron comprobar hasta qué punto podían controlar el movimiento atómico. Al duplicar la frecuencia de oscilación, en vez de un cúmulo apareció dos, cada uno desplazándose por su propia senda. Después los investigadores cambiaron bruscamente el ritmo del movimiento de la barrera luminosa, desplazando la fase de las oscilaciones. La nube atómica cambió de dirección y volvió hacia la trayectoria anterior. De ese modo los físicos pudieron controlar un movimiento que reproduce matemáticamente algunas características de los horizontes de agujeros negros y agujeros blancos.

En cualquier caso, no crearon un agujero negro real. El montaje de laboratorio no curvó el espacio‑tiempo por gravedad, y los átomos no penetraron en una región de la que físicamente sea imposible salir. El experimento confirmó determinadas regularidades del movimiento de ondas descritas por las mismas ecuaciones que se emplean al estudiar horizontes de sucesos. Los investigadores también observaron pequeñas desviaciones respecto al modelo ideal: la velocidad de las ondas atómicas cambiaba al interactuar con la barrera en movimiento.

El hallazgo puede ser útil más allá de la física fundamental. Los autores del artículo sugieren que controlar el movimiento de ondas permitirá comprimir señales ópticas en pulsos cortos y luego recuperar su forma original. En el futuro, espejos móviles podrían sustituir a materiales cuyos propiedades ópticas cambian bajo la acción de un campo eléctrico.

Hay también una perspectiva más inusual. Los físicos quieren estudiar cómo el movimiento rápido de espejos puede hacer que el vacío cuántico genere pares de fotones. La teoría permite la aparición de luz incluso donde inicialmente no había partículas luminosas reales, si se cambian con suficiente rapidez las condiciones del campo electromagnético. Hasta ahora los investigadores no han observado ese efecto en la nueva instalación, pero ya disponen de un método experimental para acercarse a la comprobación de predicciones que antes resultaban prácticamente inaccesibles.