Google Chrome está destruyendo la universalidad de Internet.

Parece que se está gestando un nuevo conflicto en los navegadores en torno a la inteligencia artificial —y no se trata de funciones, sino de las reglas del juego. En Google Chrome se prepara la implantación de una nueva interfaz para trabajar con modelos de lenguaje directamente a nivel web, pero Mozilla se pronunció enérgicamente en contra.
En Mozilla consideran que ese paso puede socavar la compatibilidad y la neutralidad de Internet. La principal objeción se refiere a la dependencia de un modelo concreto. Cuando un desarrollador ajusta el comportamiento de un modelo de lenguaje, inevitablemente adapta las instrucciones a sus particularidades. Como resultado, las peticiones comienzan a funcionar bien solo con un sistema, y al cambiar a otro el resultado empeora drásticamente.
Incluso un ejemplo sencillo muestra el problema. Al intentar forzar a un modelo a hablar "a la británica", al principio ofrece un acento caricaturesco y hace falta corregir las instrucciones durante mucho tiempo. Esos ajustes se afinan para un modelo concreto. Si luego aparece un sistema nuevo y de mayor calidad, los comandos antiguos pueden funcionar peor. Los usuarios concluirán que el nuevo modelo es malo, aunque el problema esté en la configuración.
En Mozilla temen que el mercado pueda consolidarse en torno a las soluciones de Google. A otras empresas, incluida Apple, les tocará o bien licenciar modelos ajenos, o bien copiar su comportamiento para que los sitios funcionen correctamente. Incluso a la propia Google le resultará difícil actualizar sus modelos sin arriesgarse a romper sitios ya existentes. Los desarrolladores que comprendan el riesgo pueden empezar a comprobar con qué modelo trabaja el navegador y adaptar las instrucciones a versiones concretas. En el peor de los casos, bloquearán modelos desconocidos. Ese enfoque recuerda la práctica de principios de los años 2000, cuando los sitios escribían código separado para cada navegador.
Otro problema son las reglas de uso. Para trabajar con la nueva interfaz, el desarrollador debe aceptar la política de uso de la inteligencia artificial generativa de Google. Algunos puntos van más allá de lo que exige la ley. Por ejemplo, la prohibición de crear contenido "inaceptable" o materiales que puedan inducir a error según la política. Surge una cuestión práctica: si el usuario pulsa el botón "comprimir texto" y el resultado infringe las normas, ¿quién tiene la culpa: el usuario, el autor del texto o el propietario del sitio? La incertidumbre sobre la responsabilidad puede empujar a los desarrolladores a revisar los modelos con más rigor y a limitar su uso.
En Mozilla consideran que ese tipo de exigencias crea un precedente peligroso. Si las interfaces web empiezan a depender de las condiciones impuestas por empresas concretas, Internet corre el riesgo de perder su universalidad. También suscita dudas el apoyo que se reclama por parte de la comunidad. En la justificación de Google se habla de una "fuerte reacción positiva de los desarrolladores", pero como pruebas solo se aportan unos pocos comentarios y publicaciones desactualizadas.
Al final, la discusión va mucho más allá de una sola tecnología. Se trata de si la web seguirá siendo una plataforma abierta o comenzará a depender de las normas de determinados actores.